Maria Zárraga. Otras Economías.*

Avelino Sala
Galería Salvador Diaz, Sánchez Bustillo 7, Madrid.
Enero + Febrero 2002.

La carrera de Maria Zarraga comenzó en la ciudad del Turia, donde realizó estudios de Bellas Artes, entre 1996 y 1998 disfruto de una beca en la casa de Velázquez de Madrid y en el 2000 residió en Nueva York gracias a una beca de la Fundación Botín.

Durante los últimos años el inicial punto de partida  de sus inquietudes creativas se ha desplazado hacia la técnica fotográfica montada sobre caja de luz o impresa sobre vidrio galvanizado y la instalación videográfica, moviéndose desde unos parámetros pictóricos y escultóricos que han ido derivando hacia unos trabajos reflexivos con la imagen como principal elemento comunicativo, una evolución presupuestaria que se desplaza en el medio elegido hacia una narrativa documental muy sugerente.

El motor creativo de María Zarraga se apoya en la propia mirada de la artista, en un saber observar lo circundante, el mundo que nos rodea, mirar en primer lugar y después devolvernos esas miradas en dosis objetuales que se mueven entre la fotografía y la escultura, dosis que problematizan acerca de cuestiones sociales, dosis que cuestionan el mundo desde la mirada de la autora.

Con un uso casi agresivo del objetivo de la cámara en cuanto al uso del color y unas sugerencias en cuanto al retrato de los personajes que conforman la obra, Maria Zarraga nos entrega una modulación de la realidad laboral más cotidiana, un ejercicio de voyeurismo en el que el ojo del artista a través de la cámara  transforma lo vulgar y diario en algo más interesante, una dotación de energía y fuerza a actos vulgares y normales.

La temática de la actividad laboral es el medio escogido para desarrollar un discurso quizás cercano  a algunas fases productivas del trabajo del artista Alfredo Jaar  en cuanto a temática y formato con la diferencia que mientras por un lado Jaar centraba sus ejercicios en  las clases más desprotegidas de la sociedad Zarraga retrata a gente de una clase social menos precaria.

Maria Zarraga  sugiere personajes que están colocados en el limite de la fotografía, se muestran a medias, se entreven, puede que como metáfora de sus propias vidas, unas vidas que se entreven, medio fuera medio dentro, sin tener muy claro donde se encuentran, vidas que fluctúan en esas aguas intermedias, en esa tierra de nadie. Maria nos seduce gracias a su capacidad para desarrollar un lenguaje de insinuación en vez de la posibilidad de mostrar lo obvio, unas sugerencias que se conjugan con una estructuración de la escenificación de esos lugares, inquietantes escenas de los interiores de las fabricas y tiendas donde se lleva a cabo una tarea repetitiva, desoladora y triste, una insoportable condición humana de condena vital.

El trabajo de María Zarraga obedece a un análisis descarnado de la cotidianeidad, en la que nos informa con sus imágenes de una clara incertidumbre de las posibilidades futuribles,  una nueva definición de la figura del fisgón, donde la incandescencia de la mirada del voyeur se transforma aquí en una objetividad distanciada que permite al espectador asisitir a esas actividades como si su posición fuera la de un ser anónimo que tiene la seguridad de que nadie lo ve mirar.

Un voyeur que asiste a su vez a un espectáculo un tanto frio y  distante, donde las imágenes ejercen de narraciones escenográficas lo bastante fuertes como para conmovernos, para  mostrarnos pequeñas obras teatrales donde se nos muestra el desasosiego que puede llegar a producir la propia existencia, la vida misma.

* [Esta reseña se publicó originalmente en SUBLIME. Agradecemos a los editores su autorización para publicarla aquí]

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