YOU TOO.
Xose-Lois Gutierrez
Ester Partegás y Laura Torrado - Galería TRINTA, Santiago de Compostela
11 de enero hasta el 28 de febrero

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Gottfried Benn


Es un hecho creer que la humanidad haya logrado poseer a través de la técnica, la posibilidad de reproducir, manipular, reconstruir e incluso habitar sus apariencias. Si el lenguaje se ha alejado lo más posible de sí mísmo, nosotros hemos conquistado ese espacio abandonado para crear, fuera de la dinastía de la representación, un "nuevo pensamiento del afuera" a través del poder heurístico de la ficción; justamente en ese espacio intermedio entre el "ver-como" y el "ser-como", donde irrumpe la naturaleza productiva de la propia "síntesis de lo heterogéneo": metáforas televisas, metáforas comunitarias, metáforas traumáticas y también vitales, que forman parte, de algún modo de una "economía política de la felicidad" que nos seduce y nos mantiene.

Y es que en ese "espacio intermedio" hemos descubierto que la distancia metafísica entre realidad y representación, se ha salvado -insisto- a través de la mediación de la técnica como (re)productora de la representación. El superdesarrollo de medios técnicos de manipulación de la imagen ha consolidado a ésta como dispositivo que refuerza de algún modo la positividad de lo aleatorio. La imagen invade y coloniza nuestra experiencia estética hasta el límite de lo posible, donde la certeza de una estetización generalizada, ritual, ubicua, nos asalta hasta el margen mismo de todo acontecimiento extra-estético. Toda esta "fiesta hiperreal"se celebra en un espacio/ tiempo específico, que sólo es posible topografiar en términos estrictamente ontológico-políticos: en las condiciones del capitalismo, bajo la figura autosignificativa de la mercancía. Allí, cualquier maniobra de aprehensión de valores, se desvanece entre la pegajosa viscosidad de una estetización difusa: el espectáculo se exhibe como la sociedad misma, como instrumento común, como esa perturbadora política sumergida bajo contínuas reificaciones y velocísimas estructuras operativas del consenso.

Conviene percibir, sin embargo, aquellas prácticas artísticas que dejan entrever un cierto acercamiento a narrativas que pretenden salvaguardar un pacto quebradizo entre el sujeto y el mundo como sistema de representación. Pequeñas escaramuzas gnómicas que reelaboran las categorías y los modos en que organizamos nuestra construcción de lo real, la estructura lógico-simbólica de nuestras amenazas, de nuestras aflicciones, de nuestros deseos. En este sentido, la exposición que la galería Trinta (Santiago de Compostela) presenta, con las artistas Ester Partegás (La Garriga, 1972) y Laura Torrado (Madrid,1967), propone advertir sobre la necesidad de repensar dichas categorías en una sociedad reducida a Mercado como sistema integral de representación, ("donde el individuo olvida su humanidad". Santiago Alba) bien sea desde un exteriror marcadamente mediatizado -el "espacio público", la publicidad, el consumo…- (Partegás) o desde un registro más íntimo, de donde emerge una individualidad discontínua, hierática de la que afloran aún pulsiones de gran intensidad -retratos, autoretratos- (Torrado).

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Toda la política representacional de las nuevas sociedades se reproduce en las prácticas de producción de "transmisión del sentido y circulación de los afectos y los conceptos en el dominio público". Sociedades del conocimiento entonces, asentadas en una semiosis comunicacional blanda, expuestas a contínuas ritualizaciones estéticas y persistentes derivas ontológicas. Marcas corporativas, logotipos, etiquetas o skectchs, componen el paradigma identitario e imponen las señas de identidad común, dentro del mercado como "único" espacio público posible. Ester Partegás, conoce (perfectamente) este espacio liso relacional, de donde deduce el desarrollo narrativo de sus dibujos e instalaciones para inciar su exploración de la condición subjetiva en la era postfordista, narcotizada en el eritis sicut dii medial, rastreando nuestros extravíos asumidos, nuestros engaños necesarios…

Cohabitar en un contexto como éste, donde se reclama la impersonalidad, la intangabilidad de unos agentes de producción invisibles, obliga al individuo a producir vendiéndose y a reproducirse consumiendo. Ese individuo mercantilizado, plano, oculta su rostro con el logotipo que le constituye, atiende eucarísticamene al aforismo eficaz de la valla publicitaria. Este deslizamiento entre lo común y lo propio, en el marco de los mecanismos de producción de lo real, es examinado por Partegás para patentar toda una iconografía mercantil de lo social. En el caos y la indeterminación de este rastreo panorámico, la elección del dibujo, del silencio obsoleto del dibujo, cuestiona de alguna forma nuestras tácitas certezas de progreso. Como si de una arqueoescritura se tratase, (en el sentido conceptual más derridiano posible) la realidad en estas obras se escapa más allá de los límites estrictos del lenguaje, para remitirse a allí donde se producen todas las imágenes, todas las ideas: el flujo del mundo, el territorio mismo de los afectos, que como tales debemos aceptar en toda su fragilidad.

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En las fotos de Laura Torrado hay como un asalto a la representación más mórbida -por íntima, por hiperprivada, absolutamente secreta-, que provoca una molestia tan sencilla coma la que sucede al entrar en el plano del espacio ajeno que delimita la fotografía que dispara un extraño. En el reconocerse y propagar los acontecimientos que son suyos, Laura Torrado aprovecha, en un juego histriónico de apariencias y semejanzas, para indagar sobre la misma futilidad de la imagen, las tramas invisibles de quien se sabe observado. En este instante de detención, de parada, de tiempo, efectivamente suspendido; sus fotografías nos desplazan a ese aún todavía, que pertenece a una enigmática retórica elíptica del tiempo del aparecer. Un tiempo imaginario que moldea los intersticios de la ficción, que desvanece la dureza real de la escena, como un ejercicio de memoria donde pudiésemos recobrar a antojo nuestra identidad de entrada.

Del horror a la ignominia, de la seducción a la soledad, sus mujeres, las mujeres que pueblan los interiores de las fotografías de Laura Torrado, parece que conciertan en la privacidad de un tanteo especular, un lugar de apertura sutilmente velada, que deja entrever el espacio donde el accidente ocurre con las actitudes que lo conforman. Si el tiempo se escapa para ellas, aún detenido, permite al menos diferir este encuentro más allá de su propia longevidad, más allá incluso de su propia consitencia de vanitas fatal, como el desengaño final ante una promesa de belleza infinita. Y en este tránsito, el espacio entre el espectador y la imagen no se limita, no se anula, simplemente existe, secretamente, como si esas mujeres, susurrasen "tú también".

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