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El texto hace una lectura magnífica del film, pero me ha sorprendido el énfasis que hace en su naturaleza programática y en el establecimiento de una dualidad entre los poderes del bien y del mal. Creo que el film más que una búsqueda de culpabilidades lo que consigue es hacer entrar en escena a la fatalidad , no como disfraz de la maldad sino como destino, como existencia. No sólo en su ficción baila Selma con el cadáver del hombre al que acaba de asesinar, sino que, ya antes, este, nos merece compasión. Con esto se nos desarma, se inutiliza nuestra ira y crece el drama. Creo que Selma no es una heroína contra un sistema sino un estado de la sensibilidad. Su rebeldía tiene forma de excesiva mansedumbre a veces y a veces de obstinación, desde el principio ha asumido su derrota vital, sólo aspira a deslizarse por sus dos puntos de fuga: la fantasía musical y la proyección en su hijo. Es su propia entrega al proyecto de salvar la visión de su hijo la que quita al sistema la posibilidad de redimirla y redimirse. ¿Toda la parafernalia desplegada por dogma no será, tal vez , una respuesta al debilitamiento del principio de realidad y, por lo tanto, el camino de dogma será el de la formulación del más crudo de los dramas, la recuperación de la visión, de la visión de lo real y , no podrá esto traernos algunos peligros? A riesgo de parecer demasiado cándido, creo que es, precisamente, esta presentación de un estado de la sensibilidad la que hace a la película despegar de lo programático y ser pura experiencia hasta que nos hace pensar, como a Selma, en algún ruido, en el ruido del proyector de la sala, para que nos salve de la crudeza de la historia que estamos viviendo. Tal vez se trate de que escojamos entre Selma o Trier. |
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