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“La fonction reférentiale est un piège, mais inevitable” Paul de Man “Basta de locura, basta de gente, basta de espíritu, sobre todo, basta de nada” A. Artaud. El Cine. Lacan y su lata de sardinas. Ese brillo, esa evidencia flotando en el gris plomo del mar de Normandía, aquella potencia invertida, implosionada –esa vez sí- en signo terrible y bello en el puro centro del deseo. Jacques Lacan joven y su lata de sardinas. Vio claro el proceso, la estructura “real” de la infinita alteridad de las cosas y sus signos, sus imágenes, sus representaciones debían ser realojadas y reducidas formalmente a “la Verdad del Discurso”. La verdad es el símbolo: Lacan scotomizado recomienda el paseo más largo: el de la Dialéctica, el del signo, el del Imaginario hipersimbolizado. Michael Haneke juega con los brillos de la representación, dilapida ese aún lacaniano en la búsqueda de esa inexorable tarea que es la de hacer cine en un contexto movedizo: el de la propia sociedad del conocimiento, en un espacio de identidades hiperestetizadas que transcurren, infinitamente, en el tiempo edípico del acontecimiento. Última maniobra de ruptura entre la imagen y el sujeto. Si el sujeto ha sido arrojado hacia un interminable devenir-imagen, cabe esperar un pequeño quiebro en este pacto de significaciones, de iterabilidades contnuas y difusas. Cabe esperar digo, una suerte de esperanza benjaminiana en un mundo que no nos necesita necesariamente, para seguir apareciendo. Sobre esta posible solución, sobre la imagen, mejor, sobre el mismo cine Code inconnu: recit incomplet de divers voyages de Michael Haneke, irrumpe como potencial recurso, cuando menos de debate, sobre nuestro imaginario colectivo. Básicamente, la tarea de Haneke en Código Desconocido es acometer una aporía completa, teniendo en cuenta su responsabilidad al intentar una certera experiencia de posibilidad de lo imposible. Terapias del secreto. Haneke se atreve a indagar en la estructura cruda y arrogante de nuestro silencio, en la indescriptible necesidad de referencias en un mundo ontológicamente indomable. Si existe una forma de hacer cine, de mostrar políticamente una topología del imaginario de lo social, ésa es, sin duda, esta película, su sombra de ensimismamiento radical y deliberado, su arrojamiento sin cesión a la autorreflexividad más aséptica, casi al borde de un nuevo palimpsesto sobre el azar. Otros ejercicios de Haneke (El video de Benny o la brutal Funny Games) han sido leídos, precisamente, dentro de esta órbita de performatividad desarrollada como única lectura posible de esa ceniza de lo real que ha sido tomada por Haneke como bandera natural de análisis de lo contemporáneo. En Código Desconocido entramos en la órbita de Haneke (literalidad, tiempos muertos, juegos ininterrumpidos de elipsis, retórica de planos secuencia, ritmos asimétricos con intensidades dislocadas...) pero en este caso, asistimos a un auténtico ejercicio de rebasamiento no sólo estilístico, sino también conceptual. Sin duda, este filme analiza nuestra relación con los dispositivos de visibilidad, con nuestras propias estrategias del aparecer. A través de una anomalía (un pequeño accidente callejero) Haneke despliega todo un archipiélago fractal de acontecimientos que se reducen a puras exhibiciones de aquello que nutre al transcurso de la ficción: el azar, el propio tiempo planeando sobre los personajes. En sí mismo, podría tener relación (quisiera ver, directa) con la sequedad
de las recurrencias en la ficción de los relatos de T. Bernhard, la estructura
fragmentada de La vida: instrucciones de uso de Georges
Perec (curiosamente desarrollada en el mismo escenario que este filme
de Haneke) o la nihilista descripción de todo ese territorio de lo normativo
que es casi toda la literatura de Onnetti. Sin embargo, y más allá de
participar en cualquier ontocronología de la crisis de la narración,
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