"Beber Coca-cola es... sensación de vivir”.
Es curioso como uno se acostumbra a calcular
el tiempo tomando como referencia los viajes. Así, con cara de tonto,
me doy cuenta de que ha pasado ya mucho tiempo desde aquel primer viaje
a una vieja capital del este, al otro lado del telón de acero. Paseando
por aquella ciudad tuve un particular y constante sentimiento de extrañeza.
A los pocos días, cuando descubrí la causa de mi desazón me sentí, si
cabe, aún peor: de forma inconsciente estaba echando de menos la publicidad
frenética y colorista de todas las calles que hasta entonces había conocido.
Pero cómo no hacerlo. Al fin y al cabo hace muchísimo que abandonamos
la naturaleza para a ir a vivir a la ciudad, y hace ya bastante que
abandonamos la ciudad para venir a vivir a la publicidad. Cómo no echar
de menos el hogar en el frío invierno de Budapest. Para el hombre contemporáneo
no existe refugio semejante al que le ofrece la publicidad. Ningún mundo
como el mundo de la publicidad, poblado de seres felices, hombres atractivos
e intrépidos, mujeres despampanantes y liberadas, y donde solamente
existen tres problemas dignos de interés: el de la camisa sucia, la
preocupación por el mal aliento y la cuestión menstrual (paso por alto
la problemática hemorroidal considerando que, gracias a Dios, tan sólo
afecta a una minoría). El mundo de la publicidad no es un mundo donde
ir a comprar, sino un mundo donde ir a vivir. La publicidad no pretende
en última instancia vendernos ningún producto, sino ofrecernos las estrictas
coordenadas de nuestro existir. Pero dejemos los eufemismos, pues el
artículo debería ser breve: el motivo principal del mensaje publicitario
ya no es la propaganda del producto sino el intento organizado y sistemático
de imponer una concreta ideología a la que el individuo se vaya adaptando
hasta perder la conciencia de lo real, y con ella, toda capacidad crítica
y de reacción. La publicidad es la variante más extrema, descarada y
obscena de la propaganda ideológica, vertida desde una clase dominante
poseedora no tanto de los medios de producción como sobre todo de los
medios de comunicación, y recogida ineludiblemente (pues nadie puede
aislarse del mensaje publicitario y sus implicaciones) por una clase
dominada que se convierte paradójicamente en una clase perfectamente
cómplice de su propio proceso de sometimiento. La paradoja se completa,
para generar esa opacidad casi infinita del poder en la que cualquier
oposición resuelta casi instantáneamente reabsorbida, cuando son las
propias elites las que quedan igualmente abarcadas por la propia maquinaría
de un poder autosuficiente que podríamos identificar con el concepto
foucaultiano de disciplinas[1],
un poder que rehuye contemporáneamente toda antigua focalización
o centralidad. O en palabras de Adorno: “las masas engañadas sucumben,
tanto como los afortunados, al mito publicitario del éxito. Las masas
tienen lo que desean y se aferran obstinadamente a la ideología mediante
la cual se las esclaviza”[2]. Si no puede olvidarse que los
rascacielos de todas nuestras grandes ciudades, a pesar de su aparente
ausencia de contenido simbólico e informativo, son la arquitectura propagandística
del nuevo poder económico que rige el mundo, igualmente la publicidad
es el espacio contemporáneo destinado a la creación y difusión de estos
mismos valores. Para entender esto leamos algunas observaciones de uno
de los mejores publicistas de nuestro siglo:
"Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente
popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad del más limitado
de aquellos a los cuales está destinada. De ahí que su grado netamente
intelectual deberá regularse tanto más hacia abajo cuanto más grande
sea el conjunto de la masa humana que ha de abarcarse (...). Toda propaganda
eficaz debe concentrarse en unos pocos puntos y saber explotarlos, hasta
que el último individuo pueda formarse una idea de aquello que se persigue.
En el momento en que sacrifique este principio la propaganda quedará
debilitada en su eficacia, por la sencilla razón de que la masa no es
capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece”.
¿Qué publicista sería capaz de rechazar
estos principios a la hora de realizar una campaña de gran alcance?.
Creo que ninguno. Estas palabras pertenecen, por supuesto, a Mi lucha,
de Adolf Hitler. Es necesario entender que la publicidad es pura manipulación
ideológica y propagandística de las conciencias y de los cuerpos, en
forma de fascismo mutado y mutante, imágenes y palabras que hacen sangrar
tanto como la peor de las violencias: “finalmente, el dictado de la
producción, el anuncio publicitario específico, enmascarado bajo la
apariencia de la posibilidad de elección, puede convertirse en la orden
abierta del führer”[3]. La publicidad ha hecho del hombre una perfecta unidad de consumo
que afirma a cada gesto su humillación ante el sistema, sin ser ni siquiera
capaz de desear en último extremo lo que compra, sino que compra lo
que se le ha enseñado a desear. El sistema ya no vende objetos sino
deseos, de modo que, tal como recuerda Baudrillard, la opulencia no
debe ser entendida como posesión material de riquezas, sino como posesión
de los símbolos estandarizados de la riqueza. El hombre ha perdido,
incluso, el habla mismo, su propio hablar, que queda allanado y esterilizado
por la ciega repetición y la rápida difusión de las palabras y los usos
propios de la publicidad: el lenguaje se resuelve en mera comunicación,
la palabra deja de significar para pasar a designar, e incluso las más
cotidianas expresiones quedan colonizadas por lo visto o lo oído en
la televisión o en la radio, formas de expresión que no son nuestras,
palabras ajenas que nos convierten en insospechados slogans andantes.
Pasamos a hablar las palabras de otros, aquellos otros que desde su
posición dominante tienen control sobre el código o los códigos que
dan a difundir, sobre los canales de difusión y sobre las modalidades
de decodificación. Pero éstos, a su vez, tampoco son poseedores de un
lenguaje propio, sino el que impone la maquinaria retroalimentada del
poder y la lógica intrínseca del beneficio. Quien quiera hablar sus
propias palabras está condenado de antemano al ostracismo o a la marginación.
Frente a un estado semejante de las cosas,
el arte debería constituir una posibilidad consciente para afianzar
posiciones críticas y de reacción, en donde el compromiso del artista
con su propio trabajo no fuera independiente de un sentido de responsabilidad
social y de afirmación de una intelectualidad verdaderamente insurrecta.
Si bien es cierto que al echar un vistazo al panorama general de la
creación artística, marcada por el sello de un mitologización cada vez
más facilona de las experiencias propias, o por el hermetismo onanista
de un discurso político que lo reduce a pura retórica, o por la mera
tendencia a la acumulación fútil de una “transgresión” tras otra...
entonces nos damos cuenta de que incluso en este punto estamos, valga
la presura, pillados por los cojones. Tan sólo de vez en cuando aparecen
destellos que, sin que parezcan anunciar ninguna buena nueva, merecen
el elogio propio del salmón que nada contracorriente, hoy que casi siempre
comemos ya salmón de piscifactoría. Y algunos de esos salmones pueden
verse actualmente en la Galería Helga de Alvear, donde se exponen obras
de Daniele Buetti, Robin Collyer, Silvie Fleury, Damien Hirst, Esther
Partegás, Daniel Pflumm y Pietro Sanguineti, entre las que destacamos
las siguientes.
Robin Collyer presenta tres fotografías
que sirven de ejemplo del trabajo que el artista viene realizando desde
1992, centrado en la manipulación de las imágenes hasta eliminar todo
rastro de texto en lo fotografiado: las marcas de los productos que
se amontonan en las estanterías de un supermercado, los logotipos y
mensajes de los anuncios publicitarios, los distintivos que identifican
las distintas cadenas televisivas... La reflexión del artista se conduce
a un proceso de desenmascaramiento a través del cual poner en evidencia
algunos de los principios que rigen la opresión escandalosa a que es
sometido diaria y cotidianamente el individuo: dar a entender cómo el
principio de libertad al amparo de nuestras supuestas democracias se
resuelve en el más envenenado de los regalos. Fundamentamos así nuestra
libertad en la posibilidad de elección entre una marca u otra de sardinas
o de automóvil, entre ver un telediario u otro, quedándonos en el primer
escalón de la escalera, y olvidando que “el esquematismo del procedimiento
se manifiesta en que, finalmente, los productos mecánicamente diferenciados
se revelan como lo mismo. El que las diferencias entre la serie Chrysler
y la General Motors son en el fondo ilusorias es algo que saben incluso
los niños. Lo que los conocedores discuten como méritos o desventajas
sirve sólo para mantener la apariencia de competencia y de posibilidad
de elección”[4]. La ilusión fatal de la libertad
que anula toda disposición crítica.
Destaca igualmente el trabajo de Daniele
Buetti, que presenta dos piezas consistentes en la intervención de imágenes
publicitarias de “top models” recreando supuestas escarificaciones sobre
la piel. La reflexión del artista se sitúa, entre el dramatismo y la
ironía, en la lúcida conciencia de una pérdida, que no es otra que la
de nuestro propio cuerpo: la cultura de los medios de masas ha conformando
una profunda desafección entre el sujeto y su propia realidad corporal,
sin que por ello debamos pensar en contradicciones patológicas o situaciones
traumáticas. En este sentido, la presión ejercida por la fotografía
comercial, en tanto que glorificación eterna de la juventud y de una
canon convencional de belleza, ha supuesto una notable influencia no
ya en cómo deberíamos ver nuestros cuerpos, sino de hecho, en cómo los
vemos. Se han deformado todos los espejos y el principio de identidad
se hace añicos, pero no precisamente en el sentido deleuzeano, sino
en el de una búsqueda frenética de imágenes externas en las que poder
reconocernos. Sólo nos queda, tal como sentía Artaud, vivir al día siguiente
de una desposesión, y recordar con Barbara Kruger que nuestro cuerpo
es un campo de batalla. Ser al menos consciente de la lucha soterrada
que estamos obligados a librar.
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Esther Partegás
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También merece la pena hacerse eco de las
obras de otros tres artistas, todas ellas con un punto en común a la
hora de tratar el referente de la alienación lingüística dentro del
contexto de la publicidad y los medios de masas: Esther Partegás presenta
una serie de dibujos donde sobre una realidad urbana angustiosamente
gris se alzan coloridas vallas publicitarias cuyos mensajes recogen
palabras y registros que poco tienen que ver con la cultura mediática,
sino que son más bien la exteriorización de una intimidad maltrecha
que pugna por recobrar una topografía propia, expoliando aquellos lugares
desde donde se la hace más débil; Pietro Sanguineti expone su trabajo
de animación donde se recurre a la estética habitual de los rótulos
de presentación de concursos y demás programas televisivos para emitir
ahogadas peticiones de auxilio: allí, palabras como Help quedan
descontextualizadas y enfriadas hasta pasar a no significar nada, tal
como sucede constantemente en la esfera de la publicidad y los mass-media
(piénsese en la nula densidad de significado que mantienen palabras
habituales de los anuncios comerciales como “libertad”, “revolución”,
“vida”...); Sylvie Fleury dirige su reflexión en forma paralela, jugando
con la palabra “egoiste”, distintivo de la marca Chanel, y parodiando
el mundo de los escaparates comerciales y su relación con la esfera
artística mediante la entronización patética de un frasco de perfume
en un pedestal empeluchado.
Las obras de estos tres artistas ayudan
a entender que la palabra, en brazos de la publicidad, es un cadáver
al que se le vence la cabeza. Es en último extremo, nuestro propio cadáver,
algo menos que un cuerpo al que le han arrebatado el rostro y lo han
dejado sin habla. No hay ninguna voz detrás de las palabras de la publicidad,
ni ningún mensaje, son puro diseño, puras señales vacuas, como palabras-fantasma,
errantes, desposeídas de su destino y de su fuerza. Son palabrería estéril
que da lugar a un ruido ensordecedor al que ya nos hemos acostumbrado
como cuando nos quedamos dormidos con el despertador sonando. Hemos
olvidado el sonido del silencio y el tono de nuestra propia voz. Y entre
tanto cacareo es necesario hacer un esfuerzo para volver a tomar la
palabra.