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Uno.
`Esto no es una pipa´, habrá dicho Michael Foucault a un
grupo de amigos, mientras sostenía en su mano una indudable pipa,
en alguna noche de juerga parisina. `Este trozo de madera barnizada, con
esta forma particular, el cual se usa para un no menos particular rito,
tiene circunstancialmente, y para nosotros, el nombre de pipa. Pero llévenlo
a alguna comunidad en la que el fumar en pipa sea algo totalmente desconocido,
y pregunten acerca del nombre del elemento que llevan en mano, una indudable,
hasta ese momento, pipa, y solo recibirán respuestas sobre su forma,
sobre el material de la que está hecha, sobre su color, sobre su
tersura, pero nadie la llamará como ustedes la llaman. Y entonces
qué. ¿Deja de ser una pipa? ¿Tenemos que tratar a
los integrantes de esa comunidad como ignorantes? Ambas cosas. Deja de
ser una pipa, aunque de hecho nunca lo fue. Me explayo: la pipa es pipa
porque nosotros la reconocemos como pipa, no porque intrínsecamente
sea una pipa. La construimos para que sea una pipa, la nombramos pipa
para que siga siendo pipa, nuestros hijos nos preguntan y nosotros respondemos
`es una pipa´, pero solo desde la significancia que nosotros le
otorgamos a ese trozo de madera de forma y uso particular, `eso´
es una pipa. ¿Y los miembros de esa comunidad son ignorantes? Si,
desde nuestra perspectiva cultural, si lo son. Pero tanto como nosotros
lo somos ante elementos que ellos nombran y usan y que a nosotros nos
parecen inservibles y extraños. Por lo que ambas sociedades tenemos
zonas de ignorancia. Pero intentando ser algo más estrictos en
el análisis, no hay ignorancia, lo que hay es costumbre, lo que
hay es cultura. Y esta cultura nos otorga unos refinados anteojos que
solo nos permiten ver lo que queremos ver, o lo que nos han enseñado
a ver, o lo que nos hemos acostumbrado a ver. Así, una pipa, es
y no es un pipa. Así, la normalidad, es normalidad y es locura,
según que tipo de anteojos estemos usando´, concluyó,
un Foucault algo ebrio, ante ya pocos interlocutores interesados en sus
palabras, salvo dos borrachos que abrazados lo escuchaban, y en una noche
en la que lo abarcaba una evidente falta de pulido a sus conceptos teóricos.
Dos. Un hotel lleno de freaks. Un lenguaje freak. Vestimentas freaks.
Modos, maneras freaks. En suma, un universo freak. O lo que es lo mismo,
un hotel con gente normal, al que llega un verdadero freak: un tipo de
traje y con buenos modales, al cual la corriente gente del hotel lo observa
con desconfianza, con extrañeza. Habla cortésmente, sonríe:
un auténtico freak. Aspecto de buen padre de familia, gesto adusto
y confiado, buen traje, serio y bien hablado, en ése hotel: un
demente. Se acerca al lobby, donde están reunidos los habitués
del lugar (un barbudo con lentes pequeños, que dice ser el verdadero
y nunca reconocido líder de los Beatles; un eterno borracho con
gafas de policía y camisa pegada al cuerpo y abierta dejando ver
una abundante vello; un sujeto con pelos largos y cara con rasgos indígenas,
que dice ser el último líder de la tribu desvastada de los
Navajos; un hiperquinético y cuidadosamente mal peinado muchacho,
que no para de servir a los distintos requerimientos de sus amigos, a
través de su skate; una bellísima y pseudo-autista lectora
incansable de libros). El recién llegado, mira con recelo y desprecio
tal escena, y hace algunas preguntas. Silencio. El choque de dos mundos
se ha producido. El (para ellos) freak está hablando. Los (para
él) freaks están escuchando. Lo freak, pasa a ser la situación,
por anulación de fuerzas contrapuestas. Al rato, el estar observando,
por fuera esa situación, por costumbre, se vuelve freak. Ahora,
nosotros y no el farsante beatle, somos los freaks. En unos instantes,
mi acompañante. Más luego, el colectivero. Por último,
siempre yo.
Tres.
Millon Dollar Hotel. Wenders, Bono, Gibson, Mila. Belleza, locura, amor,
hermandad. Poesía (previsible), desvaríos (exagerados),
antihéroes (remanidos): un auténtico Wenders (ayanquizado).
Bajo un sutil y subrepticio juego de opuestos, se logra una agraciada
ambientación (a traves de una atractiva y explicita sordidez) enmarcada
en lo marginal, lo distinto, lo otro. Historias enmarañadas que
se encarrilan a través de el intento de elucidación de un
asesinato, que de no ser por la imponente presencia de la televisión,
hubiera quedado como uno más de los cotidianos sucesos en un hotel
de sospechosos freaks. La condición humana como sustrato indispensable
de historias que aparentan desvarío, pero que se encumbran como
humanitarias loas hacia un mundo de amor y hermandad (claro, Bono metió
mano en el guión). Lo normal y lo anormal se entrecruzan. El espectador
tiene que tener a mano las distintivas gafas. Mel Gibson, sí, Mel
Gibson, ingresa a escena como Mel Gibson (rudo, atractivo, seguro, perfecto,
`el hombre ideal´, dijo alguien por ahí). Su postura de absurda
perfección se va desdibujando (humanizando) cuando muestra una
espalda recorrida por profundas cicatrices, provocadas, quizá por
la incorporación, vía fórceps, del chip que lo hizo
el Mel Gibson por el que las chicas suspiran. Un silencioso, introvertido
y vergonzante sufrimiento, lo hace el más freak entre los freaks
(y todos sonreímos socarronamente). La locura, se convierte en
cotidianeidad, y lo cotidiano (neurosis crítica de patológicos
ciudadanos Gibsons) se devela en psicosis.
Cuatro. `Yo tuve una amante/ una amante como ninguna otra/ Ella tenía
alma, una dulce alma/ y ella me enseñó como cantar/ Me mostró
colores, donde yo no veía nada/ Me dio esperanza, cuando yo ya
no creía en ella/ Por primera vez, sentí amor´. First
Time es el tema de U2 que abre Millon Dollar Hotel. Un canto más
de Bono, al amor y a la esperanza. Una letra, que resume lo más
intenso del film, o por lo menos, a lo que Bono, una vez más, le
quiso cantar (esta vez, como co-guionista cinematográfico). `Yo
tuve un hermano/ Cuando yo estaba necesitando uno/ Me pasé un montón
de tiempo corriendo/ y el corrió detrás de mí/ Cuando
me siento caído/ Yo solo lo llamo y él viene/ Por primer
vez, sentí amor´. Bono-Wenders. Wenders-Bono. Una sociedad
agradable a la vista, a los oídos, y por qué no, al sentimiento.
Una dupla, tan eficiente y amena, como redituable. Pero en la que los
integrantes de dicha pareja no se fertilizan uno a otro con la misma dosis.
Bono, se asienta felizmente en el ámbito cinematográfico,
y Wenders queda algo alejado de sus perfectas alas del deseo, al ingresar
en las vulgares circularidades hollywoodenses.
Cinco. Esto no es una pipa. Esto no es una crítica. Esto no es
un escrito. Esto no es lo que parece. No sé que parece, no sé
qué es, ni siquiera sé si es. Solo sé, o creo saber,
que la normalidad es solo un flanco de esa moneda que gira desquiciada,
y que la locura, pasa a ser un concepto cínicamente útil,
para tranquilizar a ingenuos cuerdos, que así, catalogando, distinguiendo,
pueden reposar plácidamente, cigarro en mano y mirando la tv, deleitándose
con el contoneo de quinceañeras, mientras masajean sutilmente sus
miembros erectos, pensando en lo mal que está el freak de la otra
cuadra.
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