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Desde
que Platón planificara su "ciudad feliz", Calípolis, urbe en la que reinara
la armonía social, muchos novelistas han imaginado escenarios en los que
la humanidad pudiera residir en paz. Estas localizaciones, además de limar
las desigualdades económicas de sus habitantes, persiguen que cierto desarrollo
intelectual (y moral) se extienda por las capas desfavorecidas. Son por
ello utópicas, término que inventó Moro a partir del prefijo "topos" (lugar)
de donde "utopía" vendría a ser un lugar ideal al que debemos aspirar
y que podría existir verdaderamente si los hombres se lo propusieran.
Las utopías fueron, desde ese momento, diversas proyecciones de la ciudad
ideal, representaciones futuras de las sociedades hacia las que estamos
abocados. Por desgracia, en el siglo XX han sido más abundantes (casi
diremos que exclusivas si nos referimos a la literatura para adultos)
las fantasías de carácter antiutópico; la mayoría muestran la amenaza
de los excesos totalitarios, encabezados por la presencia de un Estado
que controla los individuos. En Un mundo Feliz (1932), Huxley muestra
cómo los humanos están determinados desde su nacimiento debido a los avances
de la programación genética. George Orwell, tras parodiar el estalinismo
en Rebelión en la granja, realiza una dura crítica al control por las
instituciones de la manipulación interesada de los medios de comunicación.
Llevada al cine por Radford, 1984 es una de las visiones más terroríficas
del futuro. Tampoco Truffaut ofrece una visión precisamente optimista
cuando decide filmar la adaptación de la novela de Ray Bradbury Farenheit
451, en la que las autoridades deciden la quema indiscriminada de libros
para eliminar la capacidad de raciocionio sin la que resulta más fácil
doblegar la voluntad y aspiraciones de los ciudadanos.
Todas
estas adaptaciones cimematográficas dan cuenta de la vigencia en nuestros
días del fatalismo con el que últimamente se ha imaginado el futuro. Sin
embargo, 2001, Una odisea en el espacio y Solaris, a quien José Maldonado
rinde homenaje en [*]11111010001 -versión de la obra ya expusiera el año
pasado en La Gallera de Valencia- no comparten del todo este sombrío cariz.
Siguiendo los pasos que en las novelas originales describieran Arthur
C. Clark y Stalisnaw Lem, en los filmes de Kubrick y Tarkosky aún permanece
la esperanza de que nuestro mundo pueda ser capaz de corregir sus muchos
males en unas cuantas generaciones. La instalación de Maldonado nos descubre
un horizonte moderadamente feliz a pesar de que (o precisamente porque),
en este caso, lo que mueve a los interesados es principalmetne el deseo,
la compleja pulsión de los instintos hacia la consecución del placer.
Un placer que no debe entenderse únicamente como el aliciente del deber
reproductivo o, en el otro extremo, como mera satisfacción hedonista,
sino que abarca el contexto social que surge del intercambio entre semejantes.
En una relación asimilable a la que mantiene el erómenos con el erastés
-si eliminamos lo que tiene ésta de jerárquica- así estos amantes que
aparecen en el proyecto se enriquecen mutuamente de una experiencia. Con
ayuda de la Soft Machine diseñada por Ricardo Echevarría, la imagen proyectada
muestra un primer plano de una pareja besándose inscrito en una simbólica
esfera sobre un pentágono que sirve de pantalla. Estos besos que, como
tales, exigen del contacto físico de un compañero permiten, sin proponérselo,
el aprendizaje de las normas de la seducción y, en un segundo nivel, el
aprendizaje de las normas derivadas del contacto social. Como acto específicamento
humano, se pretende condensar en él la voluntad de cambio y de emprender
otros caminos que conduzcan a nuevas metas y, lo que es más importante,
que muevan a nuevas formas de pensamiento. Despojándose de cualquier signo
de violencia, el beso funciona como instrumento de cohesión entre individuos
libres e iguales, sin distinciones de ninguna clase, incluidas las sexuales.
Completan
la instalación multimedia una mesa circular desde la que se emiten haces
de luz configurando series de números inconexos, palabras interrumpidas
por imágenes, códigos binarios y asteriscos de colores. Toda una proyección
poética de signos algebraicos y lingüísticos que aluden a la capacidad
de adaptación de los hombres que deriva del experimento lúdico mediante
el cual es posible la transmisión de conocimiento.
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