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Cada cual puede imaginar su lugar perfecto, y es obvio que la idea de perfección que cada uno tenga será en siempre distinta a la de cualquier otro. Pero la perfección de este lugar excede esa dimensión estimativa, personal. Quiero decir que la perfección del lugar de que hablamos es casi estructural, apriorística, kantiana (si se me entiende). Podríamos dudar del juicio valorativo según el cual una rosa es hermosa, pero difícilmente podemos poner en cuestión un teorema (passoliniano, desde luego) o una afirmación tan tautológica como la célebre steiniana: una rosa es una rosa es una rosa, y ante ello hasta Joseph Kosuth asentiría. La perfección de este lugar que produce Fragateiro es de misma esa índole analítica, la propia de un enunciado que justamente se atribuye una característica que él mismo define. Con eso quiero decir, y destapo definitivamente mi carta callada, que este fascinante trabajo es no sólo una indagación lucidísima sobre la propia noción de lugar -y toda la economía simbólica que está en su construcción implicada: puesto que estamos hablando de la tradición occidental, y sin ignorar que ella pueda tener por fondo de contraste otras que no se le han sometido, la economía simbólica del lugar moderno- sino también sobre la misma noción de perfección. O, digamos, sobre la característica de toda "perfección" -desde su definición secularizada- como justamente vinculada a la noción de espacio construido. Construir el lugar perfecto es en efecto el "motto" de toda una tradición (no sólo de la arquitectura: es un proyecto histórico, social, civilizatorio) que Fragateiro retrata impecablemente, sin ironía ni retórica alguna, sin tropo que distancie lo que se quiere decir de lo que efectivamente se enuncia (esto tendré que explicarlo, sí, sé que a la mayoría de los espectadores les gustaría pensar que el título que Fragateiro utiliza es fuertemente irónico: yo no lo creo así). Me refiero a la tradición moderna, por supuesto, y es difícil imaginar una puesta en escena que más brillantemente exponga, muestre, los elementos consustanciales a su canon (mido mis palabras). Podría pensarse algún lugar que mejor epitomice esa tradición -el Pabellón de Mies, algún pabellón de Graham y casi diría que pare usted de contar- pero es imposible imaginar un lugar que la exprese mejor en extensión (en el sentido en que, en lógica, se dice dar una definición de un conjunto "por extensión": es decir enumerando sus miembros). Haciendo una reducción selectiva de algunos de sus mejores momentos, eso sí, una perfección implacable caracteriza a los dos bancos minimales acolchados con cojines-"mondrian", enfrentados a un límpido espejo post-velazqueño que absorbe -y desestabiliza allí- todo el espacio de lo real atraído al de la representación. Lejos, frente a él, lo otro, aquello que es excedido en este marco de aprioris matemáticos inapelables: lo indómito, ese dominio selvático de lo profundo, del oscuro, de un afuera que el límpido caminar poético de la rectitud vanguardista ha arrasado, como un terreno aparentemente vencido, pero amenazadora y aún suculentamente ahí ("enmarcados en un espejo retrovisor", contra-avisa poéticamente la artista citando a Mitchell, "están más cerca de lo que parecen"). Sea como sea, el verdadero inventario de lo moderno se hace residir en otro lugar, en el lugar que verídicamente le es propio: la escritura. No podría en efecto construirse un lugar perfecto de lo moderno que no fuera un espacio textual, una biblioteca, un lugar de lectura. Así, la maravillosa estantería Warchvchik que preside el espacio no es sólo un elemento más dentro de esta genealogía desplegada de lo moderno: es el soporte mismo de su desarrollo. Quiero decir que los libros allí contenidos no son sólo algunos "elementos más" de esa construcción de lo moderno que se despliega como espacialización, como ocupación de la tierra por el pensamiento, sino que son en sí mismos la semilla que la abona. Si podríamos decir -y podemos decirlo, vaya si podemos- que modernidad es el modo en que la escritura ha roturado la tierra, cómo podría presentarse ese lugar perfecto que culminaría un proceso que traduce el sentido y el significado a espacio si no fuera construyendo, como aquí, un lugar de lectura. Modernidad era cuando se leía, podríamos escribir, y esta magistral alegoría de la lectura -uno de los muy escasos títulos verdaderamente merecedores de estar ahí que la decisión selectiva de la artista ha dejado fuera- evidencia sus claroscuros provocándonos un escalofrío incontenible. Lean los lomos de autores y libros y -más aún si los leyeron en su juventud en una proporción razonable- reconoceran poquísimas ausencias: lo que ha sido lo moderno (lo que ha sido la aventura en que como humanos hemos nacido- está escrito ahí, con toda precisión, sin duda. Tan pronto como se descubre la regla de la relación seleccionada, el vértigo no puede por menos que apoderarse de nosotros. Todos esos textos imprescindibles, cada uno de ellos, los auténticos lugares perfectos, han sido escritos por autores suicidados El claroscuro de lo moderno, todo el violento contraste de pulcritudes teóricas y profundidades recónditas profundamente indomeñables, ese contrapunto agonístico de líneas claras, perfectas, y estallidos profundos de la vida señalando siempre sus insuficiencias, tiene en el epitafio -en el puro nombre escrito en esos lomos preciados- de cada uno de estos egregios su mejor expresión. Y no ya porque de esa violencia contrapuntística supieron escribir con tinta precisa cada uno de estos Arenas, Debord, Deleuze, Drieu, Fassbinder, Ian Curtis (mi adorado Ian Curtis, jamás pensé que nadie se acordaría nunca más de él), Lafargue, Lowry, Mishima, Plath, Trakl, y tantos otros. Sino porque su propia vida, extinta en un ejercicio final de extremación de la exigencia, fue testimonio brutal del más radical anhelo de una vida más perfecta -y la consciencia completa y perfecta ella también de la imposibilidad absoluta, radical (matemática) de realizarla Así, esta alegoría de la lectura lo es también de la ilegibilidad, testimonio de cómo una gran aventura de la historia quiere leer y hacer legible el mundo, pero de cómo también sabe en todo momento lo imposible que ello es. Quien se sienta en este espacio de lineas puras, construidas como homenaje a un proyecto luminoso e impecable como ni ha habido ni conocerá ya nunca otro la humanidad, escucha perfectamente el canto de guerra que lo otro, ese subsuelo oscuro de la selva que se asoma en nuestro retrovisor, irradia como una línea de sombra que contrapuntea lo que ese diseño formal postula. Sólo ello -este saber cuánta hermosísima e invencible imperfección contiene, este saber que nunca podría dejarla fuera- lo hace perfecto, inapelablemente perfecto, como seguramente la mejor expresión y el mejor testimonio que nuestro tiempo -un camposanto de suicidas- puede dar de sí mismo |
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