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"No
soy una teórica. Yo me baso en lo que considero que es relevante
en arte y lo que creo que está cambiando en el mundo del arte.
Me importa el discurso crítico del arte así como los temas
relacionados con el contexto". Con estas palabras, publicadas en
el catálogo de la segunda edición de la Bienal de Berlín,
respondía Saskia Bos, su comisaria, a las preguntas de Annie Fletcher
acerca de las premisas teóricas que habían determinado la
selección final de los artistas participantes. Ciertamente, el
discurso de esta bienal no puede ser menos pretencioso teóricamente
hablando. Consciente del desfase entre los presupuestos teóricos
y las resoluciones formales que la mayoría de estos eventos sufre
(y la tercera edición de Manifesta en Ljubljana fue un buen ejemplo
de ello), Bos ha optado por la claridad y la amplitud de miras a la hora
de establecer unos pocos conceptos que, a modo de puntos de referencia,
articulan los trabajos presentados a la vez que se convierten en el a-b-c
que define el panorama artístico del momento.
Conectividad,
compromiso y colaboración son las tres nociones clave que, según
Bos, resumen las direcciones de la práctica artística contemporánea.
No cabe duda que se trata de un amplio paraguas conceptual en el que posturas
absolutamente opuestas quedan no tanto reconciliadas como justificadas.
Así, los "objetos de deseo" de Swetlana Heger y Plamen
Dejanov pueden compartir espacio con las pintura híbridas de Fred
Tomaselli o las imágenes de vigilancia que nos acercan a múltiples
historias de Ann-Sofi Sidén conviven con las operaciones de reciclaje
y autoabastecimiento de Dan Peterman, por mencionar sólo un par
de ejemplos.
No cabe duda que la actividad de Saskia Bos al frente de la Fundación
de Appel en Amsterdam y, muy especialmente, del International Curatorial
Training Programme, que dirige desde 1994, le ha brindado la oportunidad
de seguir muy de cerca el rumbo de las prácticas artísticas
contemporáneas, de la mano de artistas y comisarios de jóvenes
generaciones. Precisamente, en esta edición de la bienal se reflejan
las diferentes direcciones, tentativas, contradicciones y reafirmaciones
que han definido la década de los 90: el retorno "a lo real",
anunciado por Hal Foster, que ha ido derivando en un acercamiento a la
realidad más diaria y cotidiana, las estéticas relacionales
acuñadas por Nicolas Bourriaud, quien además firma uno de
los textos del catálogo, la apropiación de códigos
procedentes de otras esferas de la sociedad, la transformación
del espacio expositivo en una plataforma de discusión, el compromiso
con el contexto, la búsqueda de "utopías a pequeña
escala" (en contraposición con los grandes ideales de los
60 y 70) o la exploración de los códigos narrativos tanto
desde su vertiente documental como de ficción, entre otros.
Esta
bienal se presenta, pues, como una propuesta de confirmación más
que de riesgo. Lo cual no merece necesariamente una valoración
negativa, sobretodo, si tenemos en cuenta que una de las principales funciones
de este tipo de eventos es el convertirse en catalizador de encuentros
("la exposición como excusa para estimular el encuentro entre
artistas, críticos, comisarios, galeristas, etc.", como lo
definía Christoph Tannert en alguna ocasión). Finalmente,
el gran acierto de esta bienal se descubre a posteriori cuando pasada
la intensidad del momento, la memoria aún retiene media docena
de imágenes de trabajos excelentes: las imágenes congeladas
de David Claerbout que, como un germen, suscitan el desarrollo subjetivo
de narrativas; el vídeo Rosa de Christian Jankowski, cuyo interés
radica tanto en la ficción que narra como en su estrategia como
proyecto y unas implicaciones que van mucho más allá del
ámbito artístico; la disolución de fronteras entre
realidad y ficción, en la que la realidad que aparece es, finalmente,
una construcción, en el caso de João Penalva; la adaptación
de códigos documentales para ofrecer una verdadera experiencia
artística por parte de Kutlug Ataman; la transformación
del espacio de exposición en una plataforma de discussión
y comunicación a través del Superchannel de Superflex y,
finalmente, el espacio de negociación/encuentro propuesto por Liam
Gillick.
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