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Abre bien los ojos, mira
Julio Verne.
Warhol
creía profunda, pasionalmente en los clichés. Sus palabras,
sus obras, sus amigos, su propio mundo, su América, no era sino
tierra de nadie, un descomunal y sofisticado relato sin historia: un inmenso
standard. Inquieta, al menos, la ingenuidad de John Herzeld, al encabezar
el título de su último film con otro de los demoledores
aforismos de Warhol. Probablemente Herzeld no intuyó la velocidad
con las que las cosas transcurren en el viscoso terreno en el que rondaba.
Esa incapacidad de generar nostalgia, de provocar memoria que posee la
imagen redimensionada, amplificada, recorrida en todas sus posibilidades,
es finalmente, la película Fifteen minutes . Y ese cuarto de hora
de Warhol, trasmuta y arrolla todo lo que se le acerque. Es otro standard:
quizás el último y postrero -el más brutal y enérgico-
de Andy Warhol que arrebata cualquier lectura dócil de esta película.
Nada certifica de mejor manera la transitividad entre lo público
y lo privado en la era del capitalismo posfordista que la naturaleza del
standard. En esta categoría quedan concentradas todas las nociones
que rodean nuestro imaginario colectivo: caos, ley, iterabilidad, audiencia,
poder, legitimidad, autofuncionalidad, mediación... El standard,
como fuerza molar, reifica la tosca racionalidad instrumental de la mercancía
más allá de las discontinuidades de la información
y la publicidad, implica una infinita institución de estrategias
circulares de mediación y negociación que pueden generar
a través de la representación, nuevos principios de universalidad.
Recoge por sí misma, la inclusión del acontecimiento en
el espacio del espectador, pero como insurgencia remediada, como elusión
del simulacro a favor de otra confrontación con lo real, que construye
un nuevo significado de las transformaciones que definen la experiencia,
ya sea común o global, del imaginario espacio/temporal contemporáneo.
Hay pues, una suerte de naturalismo que repotencia el momento fenomenológico
en el que el espectador habita dentro y fuera del espacio donde la representación
se genera; y que de alguna forma, la imagen en movimiento, la imagen temporalizada
reenuncia y convierte en standard. En una lógica del deseo, el
standard es balísticamente, el éxtasis de la representación.
En la lógica de lo simbólico, es la nulidad representacional:
cúanto más invisible, cúanto más interiorizada,
con más determinación se intituye en un espacio sin funciones,
absolutamente estetizado.
En
este límite entre la imagen y el lenguaje, ese espacio vacío
viene a ser cubierto por el espectador como sujeto último de la
representación. Evidentemente, la experiencia estética acaba
tematizándose como mera experiencia de deseo, como ejercicio liso
de relación. En el seno de las sociedades del conocimiento, parece
como sí el sujeto fuese arrojado a devenir imagen en un imperfecto
becoming, suponiendo en cada uno de nosotros un suplemento de significación
potencial. En el seno de esta nueva topología, la imagen mediática
debería ser concebida como la última victoria de la convención
naturalista, quizás la última, aunque no definitiva articulación
estable entre las dimensiones social e individual de la propia representación.
La heterogeneidad implosiva de los personajes de Fifteen minutes, perfectos
stocks types (Anne Rorimer) se traduce en la estructura de sus acciones:
el delincuente cinéfilo, el psicópata ambicioso, el policía
alcohólico, la emigrante fashion... Y sin embargo, son sólo
pura exposición, potencia que se transforma incluso en exasperación.
Son lo que ven, o en lo que desean verse: puros arquetipos de lo que nos
es contemporáneo, identidades de duración salina, de obsolescencia
programada. Pero habitar sus apariencias -nuestras apariencias- supone
operar desde un timing of space que la densidad de las imágenes
concede. Flujo que mantiene y produce al sujeto tanto en los espacios
económico-políticos como en los mediáticos, sometiéndolo
a las propias leyes del mercado y de los diferentes estilos de vida (Giddens).
De
ahí que todo ese universo de billboards, showmagazines y jumbotrons
construya el paisaje "imaginario" de los personajes de fifteen
minutes diseminándose hasta una alteridad ensimismada ad infinitum.
Un exceso ontológico espacio/temporal que sólo es posible
en el tiempo edípico de lo performativo: aquel que engendra no
sólo su propio discurso, sino su irreductible, fractal, aura temporal.
La objetivación del tiempo y la deconstrucción de la cronología
narrativa de la historia constituyen algunos de los aspectos que el pensamiento
de estos últimos treinta años ha intentado cartografiar
en relación al imaginario colectivo. Pero esta anamnesis performativa
en el orden de la representación sólo es posible concebirla
como potencia que obliga a derivar cualquier acontecimiento en una lucha
a-dialéctica contra el orden de la representación. ¿Y
no es esta precisamente la naturaleza regular del standart? ¿Simultanear
lo sucesivo, producir -más allá del sentido estrictamente
posmarxista- la distribución incasable de diferencias? Incluso
cualquier intento ético resulta aquí escurridizo, cuando
no peligroso, sumergido en la voracidad de sútiles epimeleias que
se ven abocadas a la depredación de las propias maquinarias del
mercantilismo, cada vez más capilarizadas y fractales.
Herzeld ha reflexionado sobre nuestro imaginario colectivo al más
puro estilo holywoodiense: subestimando toda esta rizomática política
del standard. Ese paisaje "imaginario" de los rincones de lo
posmedial está diseñado para indistinguir arte y vida, acontecimiento
y representación y engendra todo un nuevo régimen escópico
del deseo. "El Deseo como fundamento o esencia del sujeto real ha
dejado de operar al modo de la épica iluminista y ya no pone en
movimiento el cuerpo de lo imaginario. El proceso es exactamente el contrario"
(L. Castro Nogueira). Oleg,
en su humilde esquizofrenia, filma cada uno de los crímenes de
su colega sin otra intención qua la de "hacer cine".
El quiere, desea ser Frank Capra y desde el interior de esa apariencia
percibe toda ese magma eidiético donde circulan todas las imágenes
posibles. Una realidad que no se agota en nuestra mirada: como subespecie
ha devenido marginal. El Deseo de Oleg, The Zone ese mundo imaginario
de Chris Marker o incluso The Matrix de los Wachowski son -con distancias-
paradigmas de ese territorio expansivo donde el sujeto es interpelado
por su propia bildswollen hasta lo inabarcable, sin que lo real sea ya
nada más que otra figura de una narración de la desmemoria
colectiva.
Fifteen minutes acaba sin generar nostalgia, pero si multiplicaciones,
suplementos: toda una lógica de iterabalidad difusa. Herzeld cayó
en la trampa que inició el propio Warhol y quizás, quizás
deliberadamente. Pues si los objetos de Andy Warhol vaciaron toda esa
imaginería blanda de la publicidad para llenar sus cuadros, Herzeld
recreó esa "realidad" de visibilidades y presencias en
los media para llenar su película. Pero "toda celebridad es
también un plebeyismo": pura ceniza, reluciente scotoma posmoderno.
A la misma velocidad que pintaba sus retratos Warhol desaparece de la
memoria toda imagen, toda identidad, toda representación posible.
Y esta es la topología de nuestro imaginario: standards en contracción
permanente, un nuevo mundo de lo visual que no parece necesitarnos para
existir.
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