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 He
oído muchas veces la expresión "perder la cabeza"
al referirse a alguien que en un momento de locura transitoria, alumbrado
por la irracionalidad, ha llevado a cabo actos sin pensar en las consecuencias
porque en ese momento no sabía lo que hacía. Dicho así,
la cosa adquiere un matiz peyorativo, pero no hay que olvidar que en similar
actitud de locura o en total ausencia de la razón, se realizan
también cosas extraordinarias que en estados normales de conciencia
no serían posibles como el enamoramiento, el arrebato místico
e incluso, en algunos casos, el proceso de creación artística.
La antigüedad clásica consideraba a sus rapsodas, sus más
nobles artistas, como locos transitorios. La nobleza de su arte radicaba
en que sólo ellos eran capaces de comunicarse con los dioses a
través de una especie de locura mística que les permitía
hablar en su nombre en el momento del recitado de sus poemas en presencia
de multitudes. Ya nunca podré desprenderme de aquel impacto que
me provocó la instalación que Francesc Torres presenta estos
días en la sala de exposiciones de Telefónica, cuyo título
Peder la cabeza consiste en la representación en tres dimensiones,
a tamaño natural, de la figura de Fray Pedro de San Dionisio en
actitud devocional, de rodillas y con las manos juntas en oración.
La figura está directamente inspirada en un cuadro de Francisco
Zurbarán, que mediante una asombrosa economía de detalles
y siguiendo los preceptos postridentinos de la época nos muestra
al santo rezando, casi levitando y decapitado, la forma en la que murió
martirizado. La siniestra diferencia que se establece entre una y otra
representación es que mientras en dicho cuadro la cabeza del santo
reposa sobre un taburete de madera, como quien se quita el sombrero para
volvérselo a poner al cabo de un rato, en la instalación
de Torres la cabeza gira y gira sobre una moderna cinta transportadora
de maletas de aeropuerto, ocultándose tras la pared en algunos
momentos y sin llegar nunca a su destinatario. La fuerza irónica
con la que se presenta la imagen del fraile cartujo decapitado frente
a esa misteriosa cinta transportadora es de lo más contundente,
como un fuerte puñetazo visual de gran persistencia retiniana.
Esta forma tan extravagante de tratar los objetos, sacándolos de
contexto, dotándoles de nuevos significados, estableciendo extrañas
relaciones entre ellos es una de las principales características
de la prolífica obra de Francesc Torres. Una vez superado el impacto
que consigue activar los mecanismos intelectivos en el espectador, uno
consigue ir más allá y acercarse a una posible interpretación
de la obra, que contiene las pautas habituales de su arte. La cabeza,
una suerte de maleta de viaje, de archivo histórico personal, actúa
como metáfora de la memoria individual de cada persona, una memoria
que se desliza por una cinta transportadora colectiva, materialización
de un tiempo circular, repetitivo, sincrónico y mítico,
por la cual nuestra cabeza se oculta tras la pared con la incertidumbre
de no volver a recuperarla nunca más - la maleta, la memoria, nuestra
historia-. Si la locura es transitoria recobraremos la cabeza y nos daremos
cuenta de los desatinos cometidos, pero ya será demasiado tarde
y otra vez volveremos a escuchar aquella banda sonora que con voz neurótica
y compulsiva repetía: "podía haber hecho eso, pero
perdí la cabeza"; "podía haber sido esto otro,
pero perdí la cabeza"; "Podía haberlo hecho mío,
pero perdí la cabeza"... a la vez que otra voz tranquila contestará
que ya no hay porqué preocuparse. Todos cometemos acciones equivocadas,
o no, que marcan para siempre el transcurso de nuestras vidas. El azar
y la causalidad son factores que nos conducen a ello y ya no hay marcha
atrás. Lo que ya nunca olvidaré es aquella forma tan increíble
de Perder la cabeza.
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