Francesc Torres. Circuitos Cerrados
Mónica Sánchez Argilés
Fundación Telefónica
Del 27 de enero hasta el 26 de marzo

He oído muchas veces la expresión "perder la cabeza" al referirse a alguien que en un momento de locura transitoria, alumbrado por la irracionalidad, ha llevado a cabo actos sin pensar en las consecuencias porque en ese momento no sabía lo que hacía. Dicho así, la cosa adquiere un matiz peyorativo, pero no hay que olvidar que en similar actitud de locura o en total ausencia de la razón, se realizan también cosas extraordinarias que en estados normales de conciencia no serían posibles como el enamoramiento, el arrebato místico e incluso, en algunos casos, el proceso de creación artística. La antigüedad clásica consideraba a sus rapsodas, sus más nobles artistas, como locos transitorios. La nobleza de su arte radicaba en que sólo ellos eran capaces de comunicarse con los dioses a través de una especie de locura mística que les permitía hablar en su nombre en el momento del recitado de sus poemas en presencia de multitudes. Ya nunca podré desprenderme de aquel impacto que me provocó la instalación que Francesc Torres presenta estos días en la sala de exposiciones de Telefónica, cuyo título Peder la cabeza consiste en la representación en tres dimensiones, a tamaño natural, de la figura de Fray Pedro de San Dionisio en actitud devocional, de rodillas y con las manos juntas en oración. La figura está directamente inspirada en un cuadro de Francisco Zurbarán, que mediante una asombrosa economía de detalles y siguiendo los preceptos postridentinos de la época nos muestra al santo rezando, casi levitando y decapitado, la forma en la que murió martirizado. La siniestra diferencia que se establece entre una y otra representación es que mientras en dicho cuadro la cabeza del santo reposa sobre un taburete de madera, como quien se quita el sombrero para volvérselo a poner al cabo de un rato, en la instalación de Torres la cabeza gira y gira sobre una moderna cinta transportadora de maletas de aeropuerto, ocultándose tras la pared en algunos momentos y sin llegar nunca a su destinatario. La fuerza irónica con la que se presenta la imagen del fraile cartujo decapitado frente a esa misteriosa cinta transportadora es de lo más contundente, como un fuerte puñetazo visual de gran persistencia retiniana. Esta forma tan extravagante de tratar los objetos, sacándolos de contexto, dotándoles de nuevos significados, estableciendo extrañas relaciones entre ellos es una de las principales características de la prolífica obra de Francesc Torres. Una vez superado el impacto que consigue activar los mecanismos intelectivos en el espectador, uno consigue ir más allá y acercarse a una posible interpretación de la obra, que contiene las pautas habituales de su arte. La cabeza, una suerte de maleta de viaje, de archivo histórico personal, actúa como metáfora de la memoria individual de cada persona, una memoria que se desliza por una cinta transportadora colectiva, materialización de un tiempo circular, repetitivo, sincrónico y mítico, por la cual nuestra cabeza se oculta tras la pared con la incertidumbre de no volver a recuperarla nunca más - la maleta, la memoria, nuestra historia-. Si la locura es transitoria recobraremos la cabeza y nos daremos cuenta de los desatinos cometidos, pero ya será demasiado tarde y otra vez volveremos a escuchar aquella banda sonora que con voz neurótica y compulsiva repetía: "podía haber hecho eso, pero perdí la cabeza"; "podía haber sido esto otro, pero perdí la cabeza"; "Podía haberlo hecho mío, pero perdí la cabeza"... a la vez que otra voz tranquila contestará que ya no hay porqué preocuparse. Todos cometemos acciones equivocadas, o no, que marcan para siempre el transcurso de nuestras vidas. El azar y la causalidad son factores que nos conducen a ello y ya no hay marcha atrás. Lo que ya nunca olvidaré es aquella forma tan increíble de Perder la cabeza.

Todos los derechos reservados © artszin y los autores, 2000, 2001, 2002