Lost In Sound, propuesta de receptividad al presente

Cristina Trigo

CGAC
2 diciembre 1999 - 12 marzo 2000

Lost in Sound es un proyecto estructurado en 8 secciones que incluyen talleres, workshops, programas de vídeo y de música, conferencias, espacios de documentación (en vídeo, internet, catálogos y revistas) y, por supuesto, una exposición (repartida en espacios serviciales de las tres plantas del CGAC) y una serie de eventos en directo en los que el trabajo de Djs se funde con las imágenes de los Vjs en el vestíbulo del CGAC desde las 9 de noche hasta las 2 de la madrugada. Esta propuesta, atípica y consciente, nace como una respuesta natural a los estímulos que nos rodean, fruto de una sensibilidad y receptividad al aire del ambiente que todos respiramos, hija espúrea de las bellas artes o los museos y heredera natural de todas las propuestas que, con su curiosidad y su inquietud, quieren intervenir en el panorama cultural de los tiempos que estamos viviendo. Dado que este proyecto del CGAC trata de atender a ciertos fenómenos de la actualidad (como la música dance, la sabia germinal de las subculturas como fuente de propuestas culturales, la crisis del arte como generador de universos visuales en beneficio de los territorios de la llamada cultura popular, el papel del placer en la sociedad occidental, etc.) y no espera lo suficiente para que en el futuro éstos se puedan estudiar y analizar en perspectiva, no es de extrañar que Lost in Sound esté despertando el interés de muchos sectores del público, pero también ciertas reacciones y malentendidos como los visibles en El Pais (8-12-1999 y 4-2-2000 ) o en El Cultural de La Razón (16-1-2000).

En ambos casos se vierten en la prensa un par de prejuicios muy anclados en los criterios románticos de apreciación artística (por mucho que éstos ya no respondan a las condiciones que el arte actual requiere para ser valorado) que conforman las estructuras más usuales de relación con el arte contemporáneo. En el caso de El Pais la metáfora de la "invasión" (como si de un agente patógeno o de un elemento extraño al arte se tratase) y en el caso de El Cultural la metáfora del "ruido" y la imagen de "la planta joven de los grandes almacenes" (otra vez la idea de que no estamos hablando de arte, sino de otra cosa que no se sabe muy bien qué es) nos permite observar la reacción y los prejuicios en relación con la propuesta de Lost in Sound. Ante el modelo de "planta joven de los grandes almacenes" cabría contraponer ese otro de la tienda decimonónica de ultramarinos con una señora al frente, encasquetatda en un peinado trasnochado e imposible, con un buen collar de perlas y mirando desconfiada al melenudo o al tecnoenterado de turno. Ambas imágenes no son interesantes sino como ejemplo de la contraposición de dos modelos culturales y de dos formas de ver la realidad. Frente al modelo de resistencia (el museo como lugar de silencio y reflexión" y "la gran arte" o"el arte auténtico" en palabras del señor Bonet) añejo y bastante anclado en presupuestos románticos anteriores a la revolución francesa; está naciendo un nuevo modelo de museo -mejor entendido por los centros de cultura- que redefine su papel, su función y su funcionamiento, y lo adapta a las condiciones y a las necesidades actuales.

El concepto de arte y de museo ha cambiado y está cambiando. Es una institución que se adapta a nuevas condiciones, nuevos usos y nuevas funciones dentro de la sociedad, la cultura y el ocio. En palabras de Manuel Olveira, comisario del proyecto, "el reto del museo hoy en día es constituir los dispositivos para crear (quiero remarcar el plural) públicos: grupos de intereses y comunidades que hayan en el museo canales de identificación, expresión, conocimiento, reconocimiento y negociación con la realidad que les envuelve. Entenderlo así determina que el museo no es decorado de nada, sino su razón de ser para todo. También entenderlo así implica que no es necesario que la música dance sea historia para llegar al museo, sino que sea generadora y ejemplificadora de cuestiones importantes y representativas de los intereses de un sector de los públicos del centro de arte".

Puede que el modelo clasista y elitista de arte museal (con factura de iglesia, sacristía, catedral o palacio) que parece defender el señor Bonet, al que tanto molesta el aire de "hall de estación o de aeropuero" del Pompidou, ya no se adapte a este presente en el que el acceso a la cultura ya no es el privilegio de una élite, y en el que la separación entre la alta y la baja cultura ya no se sustenta. El arte les pertenece a todos, y todos tienen derecho a usar una de sus funciones que es la de presentar deseos e imaginarios y sentirse representado en él, incluso le pertenece a esa "aglomeración" que "invade" y "hace ruido" en el templo de las musas (que ya ni es templo ni ya pertenece a las musas). Y toda esa aglomeración, plural y diversificada, con sus puntos de referencia, constructos intelectuales, formas de entender la cultura, estategias de producción y difusión, identificación, etc., tiene derecho a ser representada. ¿Que el público baila en el CGAC? Bien, los museos y el arte potencian reacciones y experiencias en los visitantes. Bailar es una forma de experiencia más, tal vez sólo privilegiada en cuanto que bailar implica emplear la cabeza y el cuerpo entero.

El modelo convencional de museo, que se basa en la división entre la alta y la baja cultura y en la preemiencia de la primera sobre la segunda, deja paso a la consideración de la baja cultura como el foco germinal y vivificador del arte. Hasta mediados del pasado siglo XX fue la vanguardia artística la generadora y experimentadora de formas y propuestas culturales, pero esa función la está cumpliendo mejor la baja cultura y la cultura de consumo que se desarrolla libre de la presión y el peso de la herencia de la tradición de la vanguardia (por lo tanto puede explorar otras formas de hacer y presentar los productos) y con todo el apoyo económico del capitalismo (que inyecta dinero en territorios como el diseño, la publicidad y el diseño gráfico para garantizar la oferta de nuevos productos o viejos productos con nueva imagen).

La baja cultura no quiere covertirse en "gran arte", quiere ser lo que es: cultura. Y por supuesto que "todo vale", aunque no todo vale lo mismo ni opera de igual manera. Hay productos culturales de más calidad y de menos, los hay que ejemplifican muy bien ciertas cuestiones y fenómenos, y los hay cargados de multiplicidad de lecturas y niveles de interpretación de lo que somos, lo que nos rodea o lo que inventamos y porqué lo hacemos así y no de otra manera. De todo ello beben los artistas más jóvenes: artistas flexibles que saben y quieren digerir lo más sugestivo e interesante de los márgenes (que es donde surge la experimentación) y que saben con ello crear unos productos, conformaciones, imágenes, imaginarios, conceptos y modelos de producción y análisis acordes con su tiempo y con las condiciones de ese tiempo, que es el nuestro y que es el que todos estamos construyendo. Son ellos los que están levantando un nuevo modelo de arte, de cultura, de mundo y de realidad que nos ayude a pensar en nosotros y en las condiciones de este ahora que se prolonga hacia un futuro que ya está aquí. Por supuesto, esto supone una crisis y todo modelo convencional es inoperantre ante ella: cualquier actitud de resistencia está condenada a la esclerosis y al reuma. Lo dicho: que la revolución francesa y el muro de Berlín ya ocurrieron, y las condiciones en que vivimos son "otras", por eso el arte, los museos, las exposiciones, las obras, su presencia, su producción, su gestión también son "otros".

Todas estas reflexiones a raíz del proyecto Lost in Sound, y algunas de las reacciones que está provocando (de las que es inseparable), no tratan de ser laudatorias con una propuesta fresca y comprometida con el presente, ni tratan de obviar su fallos o contradicciones (que también los tiene como cualquier apuesta arriesgada); sinó que quiere dejar de manifiesto el pequeño camino que abre: si el arte -sus funciones, sus requerimientos y las condiciones en las que es producido y consumido- están cambiando constantemente, entonces también han de cambiar las formas en que es mostrado, en que se hace accesible al público, en que conecta y negocia con él. Falta tiempo y perspectiva para saber si Lost in Sound lo ha conseguido, pero al menos lo ha intentado.

 

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