Sorpresas y no sorpresas
en un rápido recorrido español
Elmer Ferrara
Arco 2000.
10-15 Febrero 2000

Otros artículos sobre ARCO2000:
* Arco2000: balance al cierre
* Walk around ARCO (today)
* Un tiempo (unas pocas líneas sobre Facing Forward)

¿Quién no nos ha sorprendido? Por ejemplo Muñoz, Juan Muñoz, con su hombre en trance de desvanecimiento. Colocado frente a una puerta de garaje, él mismo se contamina de la materia de su entorno, como un terminator de segunda generación que se hiciera líquido o informe, o un pez que, como el surrealista, acabara disuelto en agua ...
Tampoco Valldosera,y su instalación expandida (y quizás excesivamente sofisticada y pulida, demasiado apoyada en un instrumental high tech: echamos de menos aquellas instalaciones en que lo rotores eran tocadiscos y otros objetos precarios, abandonados, de real entorno cotidiano) de las obsesiones propias del trance maternal. Acaso en cambio nos compensa de esa falta de sorpresa la hermosa serie de fotografías muy "nû descendant ..." presentada, con mucha mayor economía de recursos y quizás de ambiciones, en el stand de Helga de Alvear.
Tampoco nos sorprende -pues culmina una serie que hemos podido recientemente entrever en su exposición en Juana de Aizpuru- el proyecto de Dora García. Pero esa no sorpresa se traduce en una experiencia inequívocamente placentera, al poder percibir la cadencia -realmente de la materia del sueño- de una coreografía de la que apenas podíamos intuir los movimientos del proceso (este baile en el que el cuerpo no cuenta otra cosa que su propia agitación interior, entregado a la vivencia de sí mismo) por el resultado ... (la caída, las posiciones del cuerpo en sus reposos). Lo que el vídeo nos aporta es, por tanto, irremplazable, y esta visión añadida muy de agradecer.
Otra sorpresa feliz: magníficas perspectivas sobre edificios industriales que por la inteligente mirada de quien nos los muestra (Aitor Ortiz) cobran una vida casi orgánica, creciendo casi biológicamente en su amasijo de rectas y cementos. Unas fotografías en blanco y negro que dan vida a estructuras minimales que miradas con ojos entrecerrados bien podrían pasar por los clásicos canjilones de Donald Judd -esta vez sin aquella frialdad metálica, pero quizás también con otra frialdad: la de lugares que van a ser (probablemente) habitados alguna vez por el hombre, siempre hasta ahora (o quizás desde hace tiempo) en ellos ausente.
Se dice que todo buen arquitecto ha de hacer en su vida una silla y que en ella, tanto o más que en la también obligada casa, tiene su prueba de fuego. Juan Luis Moraza ha pasado la suya con el éxito de una tremenda ironía, haciendo de la obra de arte algo más que un mero objeto: una fuente -en este caso camuflada- de indecible placer ...
Pedro Mora se enfrenta -y nos enfrenta- a nosotros mismos con una instalación en la que el espectador se convierte en el espectáculo, la representación lo es de la que la observa y el juego de espejos nos abarca. Quizás haya en la pieza algo de resabiada reescritura de demasiadas referencias (desde los espejos de Richter o Pistoletto a los entornos luminosos de Flavin o ...), pero es indudable que la pieza funciona. Aunque para mi gusto ese juego de espejos que ironiza sobre un narcisismo desplazado, revisitando mitos insoslayables para pervertirlos manieristamente, al modo de un Caravaggio contemporáneo, cuaja mejor y más directamente en la inmediatez de la fotografía pixelada del narciso femenino (¿es ello posible, finalmente?) que se exhibe en el exterior de la galería.
Terminaré este recorrido español por un par de secretos favoritos: unas excelentes fotografías de cegueras (ciegos asistidos por ordenador, digamos) de Juan Urrios, y varias magníficas piezas del infalible Ignasi Aballí. El reflejo amarillento que, a modo de sombra luminosa, poryecta en el suelo una pieza suya en el Macba me parece realmente brillante, en su humildad exquisita. Y una magnífica serie de doce acuarelas desgastadas.
No pintadas a la acuarela (esto, en Aballí, no nos sorprendería), sino quietamente fotografiadas. Queda saber -y en ello seguramente se nos reserva la sorpresa- dónde esas acuarelas han sido empleadas, gastadas. Me propongo -y les propongo averigurarlo. Y allí donde ella, la pintura, recomienza, yo -obligadamente- termino.

 

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