|
||||
|
El primero de los ámbitos de la galería Max Estrella precisamente recoge esa idea del lugar del público delimitado por un gran marco en el extremo del que se encuentra una especie de cabeza mostruosa agitándose, como si quisiera escapar de algo asfixiante. Una lámpara de cristal ha caído sobre las sillas quemadas aumentando la sensación de catástrofe, en sentido literal irrepresentable si no es de esa forma objetual. Bernardí Roig desarrolla en torno a ese acontecimiento una narración de enorme intensidad en la que cobra protagonismo un hombre que pasea con la lámpara a la espalda, llegando en unos magníficos cuadros a parecer que intentara que ese objeto inerte le realizara una fellatio. La escena edípica es mencionada, marginalmente, en una obra que sirve como umbral para la última sala en la que proyecta un cortometraje en el que Domingo Sánchez Blanco camina en giros erráticos por la Casa de Campo en una noche cerrada, como ya he mencionado con la lámpara a la espalda, intentando dar con una mujer que sacie sus salvajes deseos, encontrando únicamente a un travestí que, después de intentar seducirlo, le deja abandonado. Como frontera de esa proyección excesiva ha dispuesto otro almacen de obras relacionadas con el proceso definitorio de la muestra. Aquel hombre que había muerto en tanto que pintor ahora reaparece en una historia de carácter móvil, en una acción que recuerda al Via Crucis de Cristo, solo que ahora no hay una redención transcendental sino, al contrario, una inmersión caótica en el vórtice de las pasiones eróticas. El imaginario mutilador de Bernardí Roig, su atención a la androginia y a la herida corporal, encuentran un justo destino en la aparición del travesti en la noche gélida: "Aquel cuerpo provocador de mujer, ángel o diablo, que se ofrece y presenta en toda su intensidad carnal y mística belleza y que de pronto fluye, se aleja y escapa, como una diosa inmaterial, santa o prostituta travestida que desaparece entre las brasas ardientes de la noche, como extremidades, miembros amputados, cabezas, sillas o manos calcinadas, como los contornos finales de un dibujo, del sentido, del arte o de una historia misteriosa de final abierto. Imágenes, sombras que súbitamente desaparecen ante el umbral de un vacío desolador, avivando hasta el infinito la fuerza de nuestro deseo, el soporte de la lámpara". Lo inquietante (aquella realidad inhóspira que Freuda entendiera como lo familiar devenido deconcertante) surge en ese mobiliario cotidiano reducido a madera quemada o en la lámpara caída por tierra, todo ello dentro del marco de la representación, pero también todo eso situándose en otra escena, en el territorio del exceso y las obsesiones. La luz no ilumina el cuerpo, sino que ciega al merodeador, la llama ácida del deseo no encuentra, tan fácilmente, una figura capaz de aplacarla. El incendio del sentido deja tras de sí las intensas brasas del desconcierto. |
||||
|
Todos los derechos reservados © artszin
y los autores, 2000, 2001, 2002
|