Relax. (A propósito de una obra de Carsten Höller)
Javier Fuentes Feo
Kunst Werke de Berlín
Marzo 2000

Nuestra realidad cultural es posterior a un tiempo de lamento, a una época trágica de cismas culturales que certifica el paso destructor de una realidad apocalíptica. La posmodernidad dejó testimonio de las posibilidades de la desmembración que más de un siglo antes generara, sin pudor, el mas genial enemigo de occidente: Federico Nietzsche. Aquel que afirmara: “Yo sólo ataco cosas que triunfan”[1], abriría, con una inteligencia sobresaliente, uno de los precipicios más escarpados sobre los que la cultura judeo/cristiana –y con ella el arte- habría de continuar su camino.

Aquel acantilado ético, lingüístico y estético esculpido por Nietzsche que forzaría la caída de los valores fundamentales certificó también la imposibilidad de los grandes relatos, la negación de un discurso coherente capaz de otorgar estabilidad al pensamiento. Así, fueron los primeros vanguardistas los encargados de recoger el legado filosófico nietzscheano para traducirlo en incapacidad pictórica, en acumulación aleatoria de suciedad o en iconos muertos sin más referencia que a su propia tragedia. Más tarde llegarían los intentos reconciliadores y esencialistas del Neoplasticismo para dar lugar, tras la segunda Guerra Mundial, a alguno de los testimonios creativos más atormentados jamás propuestos; las excreciones y eyaculaciones de Jackson Pollock, incapaces ya de delimitar, a través del lienzo tendido en el suelo, un lugar existencial para el individuo; los personajes de Alberto Giacometti que, desde su soledad, dejan testimonio de la trágica carencia de “asideros desde los que contemplar” [2] o, ya en los años ochenta, a través de la grandiosa y contundente aportación de Jean Michel Basquiat, capaz de asumir, sin reparos, una realidad en la que la pintura sólo es válida como vómito o arrebato.Hoy, sin embargo, asistimos al reposo desmedido posterior a una profunda depresión. Si los años ochenta abrieron las posibilidades creativas y analíticas hasta grados lamentablemente inevitables, nuestro tiempo parece recoger un testimonio en extremo productivo pero conceptualmente aletargado. Ha llegado el tiempo del Relax, del descanso mental y de la falta de latigazos teóricos sobre las espaldas de los intelectuales. La herencia posmoderna parece tender a la asunción desestabilizada de un nietzscheanismo apocalíptico como modelo. Así, siguiendo al filósofo alemán hemos derribado los viejos ídolos para implantar, en contra de sus criterios, otros nuevos: los ídolos del descanso y de una asunción acrítica del presente. Vivimos un momento inquietante y quizá por ello extremadamente valioso, somos testigos de un tiempo que acaba y que genera, según se reflexione, posibilidades extremadamente abiertas o lamentablemente restringidas. Es posible que el museo como institución –ya lo dijeron otros antes-, haya llegado a su momento más inoportuno, del mismo modo que, el arte, parece tener que replantearse cual es el papel que ha de jugar en este cambio de milenio. Mientras tanto parecemos disfrutar entre algunas obras de valor –como coletazos del gran arte del “pasado”- de una realidad intelectualmente apagada. Parecemos asistir a un tiempo de descanso, a un momento en el que el arte sólo puede resultar agresivo como emoción y no ya como problema “filosófico”, como parecen testimoniar, por ejemplo, las esculturas de los hermanos Chapman. Asistimos a un arte en el que –salvo honrosas excepciones-, toda complejidad y distorsión intelectual se evapora con la misma facilidad que aquellas pompas de jabón rellenas de humo (Rauchblasenmachine, 1999) que presentara Pipilotti Rist en la Bienal de Venecia del pasado año.

Carsten Höller Riesenpsychotank,(Giant Psycho Tank)1999 exhibited at Kunst-Werke, Berlin ©Foto Carsten Eisfeld, Berlin Courtesy Schipper & Krome, BerlinEn este sentido, la obra que Carsten Höller presenta en la Kunst Werke de Berlín parece aludir a esa incapacidad desestabilizadora del arte actual. Con motivo de una muestra de trabajos bajo el título Sanatorium que incluye piezas de un interés relativo realizadas en los últimos tres años, el artista belga presenta una interesante estructura  semitransparente (“Riesenpsychotank” 1999) en la que, el espectador, tras haberse desnudado puede tomar un relajante baño de agua con sales que permiten flotar como en el mar muerto. Ante esta obra, más allá de las referencias habitualmente expuestas en torno a la indeterminación de las figuras que flotan y que pueden ser vistas desde el exterior por los otros visitantes, la pieza parece aludir al descanso receptivo, al relax más sorprendente jamás experimentado ante una obra de arte. Así, entre la crítica implícita o explícita, consciente o inconsciente que el artista plantea, lo cierto es que al salir de la ducha tras el baño de sales, le invade al espectador un letargo remarcado, un relax (trágico) que refleja, en último término que tal vez el arte, por lo menos desde el museo o la galería, tiene hoy un papel extremadamente complejo si quiere seguir actuando con una capacidad intelectual relevante.


[1] Nietzsche, Federico: Ecce Homo, Alianza, Madrid, 1971, pág. 32.
[2] Copón, Miguel: “Creación de la nada. Sartre y Giacometti”, en La estética del nihilismo, Xunta de Galicia, Centro Gallego de Arte Contemporáneo, Santiago de Compostela, 1996, pág. 72.

 

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