Nuestra realidad cultural es posterior a un tiempo de lamento,
a una época trágica de cismas culturales que certifica el
paso destructor de una realidad apocalíptica. La posmodernidad
dejó testimonio de las posibilidades de la desmembración
que más de un siglo antes generara, sin pudor, el mas genial
enemigo de occidente: Federico Nietzsche. Aquel que afirmara:
“Yo sólo ataco cosas que triunfan”, abriría, con
una inteligencia sobresaliente, uno de los precipicios más
escarpados sobre los que la cultura judeo/cristiana –y con
ella el arte- habría de continuar su camino.
Aquel
acantilado ético, lingüístico y estético esculpido por Nietzsche que
forzaría la caída de los valores fundamentales certificó también la
imposibilidad de los grandes relatos, la negación de un discurso coherente
capaz de otorgar estabilidad al pensamiento. Así, fueron los primeros
vanguardistas los encargados de recoger el legado filosófico nietzscheano
para traducirlo en incapacidad pictórica, en acumulación aleatoria de
suciedad o en iconos muertos sin más referencia que a su propia tragedia.
Más tarde llegarían los intentos reconciliadores y esencialistas del
Neoplasticismo para dar lugar, tras la
segunda Guerra Mundial, a alguno de los testimonios creativos más atormentados
jamás propuestos; las excreciones y eyaculaciones de Jackson Pollock,
incapaces ya de delimitar, a través del lienzo tendido en el suelo,
un lugar existencial para el individuo; los personajes de Alberto Giacometti
que, desde su soledad, dejan testimonio de la trágica carencia de “asideros
desde los que contemplar” o, ya en los años ochenta, a través de la grandiosa
y contundente aportación de Jean Michel Basquiat, capaz de asumir, sin
reparos, una realidad en la que la pintura sólo es válida como vómito
o arrebato.Hoy, sin embargo, asistimos al reposo desmedido posterior
a una profunda depresión. Si los años ochenta abrieron las posibilidades
creativas y analíticas hasta grados lamentablemente inevitables, nuestro
tiempo parece recoger un testimonio en extremo productivo pero conceptualmente
aletargado. Ha llegado el tiempo del Relax, del descanso mental y de
la falta de latigazos teóricos sobre las espaldas de los intelectuales.
La herencia posmoderna parece tender a la asunción desestabilizada de
un nietzscheanismo apocalíptico como modelo. Así, siguiendo al filósofo
alemán hemos derribado los viejos ídolos para implantar, en contra de
sus criterios, otros nuevos: los ídolos del descanso y de una asunción
acrítica del presente. Vivimos un momento inquietante y quizá por ello
extremadamente valioso, somos testigos de un tiempo que acaba y que
genera, según se reflexione, posibilidades extremadamente abiertas o
lamentablemente restringidas. Es posible que el museo como institución
–ya lo dijeron otros antes-, haya llegado a su momento más inoportuno,
del mismo modo que, el arte, parece tener que replantearse cual es el
papel que ha de jugar en este cambio de milenio. Mientras tanto parecemos
disfrutar entre algunas obras de valor –como coletazos del gran arte
del “pasado”- de una realidad intelectualmente apagada. Parecemos asistir
a un tiempo de descanso, a un momento en el que el arte sólo puede resultar
agresivo como emoción y no ya como problema “filosófico”, como parecen
testimoniar, por ejemplo, las esculturas de los hermanos Chapman. Asistimos
a un arte en el que –salvo honrosas excepciones-, toda complejidad y
distorsión intelectual se evapora con la misma facilidad que aquellas
pompas de jabón rellenas de humo (Rauchblasenmachine,
1999) que presentara Pipilotti Rist en la Bienal de Venecia del
pasado año.
En
este sentido, la obra que Carsten Höller presenta en la Kunst Werke
de Berlín parece aludir a esa incapacidad desestabilizadora del arte
actual. Con motivo de una muestra de trabajos bajo el título Sanatorium
que incluye piezas de un interés relativo realizadas en los últimos
tres años, el artista belga presenta una interesante estructura semitransparente (“Riesenpsychotank” 1999) en la que, el espectador,
tras haberse desnudado puede tomar un relajante baño de agua con sales
que permiten flotar como en el mar muerto. Ante esta obra, más allá
de las referencias habitualmente expuestas en torno a la indeterminación
de las figuras que flotan y que pueden ser vistas desde el exterior
por los otros visitantes, la pieza parece aludir al descanso receptivo,
al relax más sorprendente jamás experimentado ante una obra de arte.
Así, entre la crítica implícita o explícita, consciente o inconsciente
que el artista plantea, lo cierto es que al salir de la ducha tras el
baño de sales, le invade al espectador un letargo remarcado, un relax
(trágico) que refleja, en último término que tal vez el arte, por lo
menos desde el museo o la galería, tiene hoy un papel extremadamente
complejo si quiere seguir actuando con una capacidad intelectual relevante.