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Esencialmente no tengo nada que objetar al paseo que nos confía Rubén. Pero voy a proponer a continuación una deriva de él quizá más subversiva. En realidad cualquiera puede adivinarla. Basta con desplazar el punto de vista. En vez de atender a la recepción, o sea, al espectador, interesarse por el polo del productor. Son miradas distintas sobre lo mismo, pero claro, aunque las figuras que conforman son análogas, no dejan de presentar sus diferencias. Rubén, entonces, es el espectador. Ahora supongamos un productor interesado, como él, por el vídeo de Ricky. Y bien, parecería como si, aunque ambos se cruzaran en ese punto, que a los dos detiene durante un instante arrebatador, cada uno siguiera a continuación su camino, que curiosamente es el mismo, pero en la dirección opuesta. Rubén, en su flanear urbano, no sólo no necesita, sino que en muy buena medida renuncia al arte (toda vez que la emoción estética, en puridad, no lo requiere). Esto, él, no lo dice así, pero se colige de su discurso, que básicamente apela al encuentro y al azar. Y, sin embargo, a lo que aspira es a la obra. (Y de hecho así se cita el título de su escrito en la home de arts.zin.) Uno, por su parte, desde el otro polo del modelo comunicativo, se ve al contrario: inmerso en lo que muy justamente Rubén denomina "circuitos connotados para la exhibición artística", a lo que aspira es a dar lugar en ellos a esa emoción estética "tantas veces deteriorada" en manos de los profesionales del arte, y en cambio tan asombrosamente viva, a veces (algunas veces), al exterior de estos circuitos, afuera. De modo que con gusto, por ella, renunciaría a la obra. ¿Cómo decirlo? En el caso concreto que nos ocupa, en vez de "prestigiar" un determinado texto (el vídeo de Ricky) insertándole adjetivos o nombrándolo con el oro heredado que acopiamos (que le es indiferente), o sea, en vez de colonizarlo paternalistamente diciéndolo obra de arte, proceder al revés: no tratando de acallarlo imponiéndole al fin pedantemente nuestras etiquetas, sino escuchando, aprendiendo, y sacando las consecuencias pertinentes. Quizá sea ir demasiado lejos y, consciente o inconscientemente, no quiera darse ese paso. Porque, ¿y si en vez de que "la calidad de la obra [sic] al menos iguala la de las piezas de videoarte" hubiera que decir, por ejemplo, que textos como ése hieren de muerte al videoarte porque logran los objetivos de éste de una forma mucho más eficaz y completamente al margen de sus cauces institucionales? Es decir, ¿y si casos como éste (pero más aún el del Auggie de Smoke) lo que hacen es llanamente superar tantas y tantas obras? (¿No está de más que un tipo se pase realmente toda su vida haciendo para el mercado o para la historia "una misma" foto si otro tipo que ya lo hace para sí existe en un relato lo suficientemente bien trenzado, si este segundo, interesado únicamente en el sentido existencial de su acto, pero no en su significado para la institución artística, ya ha sido eficazmente narrado? |
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