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Hay un Plan B. Y hay ya quien se está preparando, ya, para llevarlo adelante. El grupo de jóvenes curators de de Appel está trabajando, con ideas muy claras, en él. Muchas cosas están cambiando, también en el terreno del comisariado de exposiciones, y hay que empezar a diseñar ese Plan B. La forma exposición, como tal, tiene los días contados -y como poco a este grupo de jóvenes hay que reconocerles la vocación de investigar su más allá. Podríamos esperar de su condición de estudiantes -cuartors en prácticas, digamos- soluciones más conservadoras, menos arriesgadas, más complacientes con el maestro. Pero no es así. Quizás lo más interesante de Plan B es que investiga, que se abre hacia los límites en que todo está por inventar. Si se me apura, podemos encontrar en este proyecto más voluntad de riesgo que la que normalmente acomete todo ese grupo de curators internacionalmente de moda que en realidad parece más preocupado por consolidar posiciones de poder que por verdaderamente investigar las transformaciones en curso de los dispositivos de articulación social de la recepción de las nuevas prácticas artísticas. Hablamos de algo que, finalmente, sí que adopta la forma exposición. Plan B es el proyecto de exposición "fin de curso" que han organizado el grupo de participantes en el curatorial training program de de Appel. Y tanto su virtud como sus fallos radican en ese hecho: han organizado una exposición, cuando lo que investigaban era, seguramente, la progresiva inadecuación de ese dispositivo como dispositivo hegemónico -si es que no obligado- de articulación de la presentación de las nuevas prácticas "artísticas" -dejémoslo entre comillas. Algunos de los proyectos -como por ejemplo el de Matthieu Laurette (véase artszin#1) o el de ORGACOM- tienen muy bien resuelto su propio modo de presentación pública, mediante mecanismos de producción propios e independientes de la exposición. El problema es obligarse (o autoobligarse) a presentar ese tipo de proyectos en el marco exposición, donde sufren un brutal choque de inadecuación, al que, en mi opinión, algunos proyectos sucumben. Es el caso, por ejemplo, del proyecto de Daniel García Andujar -Technologies to the people. Concebido y desarrollado para la red, su site funciona con pleno sentido-; sin embargo, su presentación en un contexto exposición, presentándose como una especie de instalación que "empapela" varios módulos-laberinto con impresiones del código html del site, redunda una solución puramente estetizada y como tal banal, toda vez que el mecanismo participativo -por completo consustancial al proyecto- se pierde en el camino. Otro tanto sucede con las piezas de Laurette o Superflex, proyectos que re-situados en el contexto exposición pierden, al menos en parte, su fuerza propia. Pero todo esto -que señala la limitación de Plan B- es también su gran interés. Yo diría que estamos ante una expo fuertemente autorreflexiva -sobre la propia condición de la forma exposición y su transformación en curso, sobre los procesos de producción, financiación, sponsorado, etc. La acogida de múltiples proyectos que reclaman nuevos modos de producción está llamando insistentemente la atención -y el catálogo es al respecto magnífico: un puro dispositivo de trabajo, de seguimiento, un cuaderno de recogida de notas y análisis de problemas, conversaciones, etc- sobre trascendentales transformaciones en curso: y en ese contexto, mostrar las fragilidades de esa idea exposición -la pieza de Asier Pérez, una oferta de devolución del coste de la entrada al espectador insatisfecho, tiene algo de autonegación inmanente que casi podría hacerla valer como paradigma de la expo- es justamente su fuerza. Que nadie me lea mal: no hay benevolencia, paternalismo o condescendencia alguna en mi afirmación de que la fuerza de esta "expo" es mostrar que falla, que algo falla en la "forma expo". Todo lo contrario, hay la admiración profunda que puede tenerse hacia algo que, bien que mal, nos viene "desde el futuro". Puede que no haya que reconocerle haber resuelto los problemas, haber encontrado las soluciones. Pero por lo menos tiene dos méritos: uno, saber señalarlos (los problemas), y dos saber decir a la vez que las fórmulas de que disponemos para afrontarlos empiezan a quedarse insuficientes. O dicho de otra manera. Suena el tiempo de empezar a trabajar, sí, en un Plan B. ¿Estamos preparados? |
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