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Este fue uno de los problemas más graves con los que tuvieron que enfrentarse los juicios de Nuremberg; ¿cómo se condena a alguien que cumple órdenes? ¿A quién se condena y en qué grado? Sin embargo, alguien tenía que responder por las víctimas y, entre ellos fue el encargado en Asuntos Judíos y miembro de las SS Adolf Eichmann, "detenido" en Argentina por el Mossad en 1960 y juzgado en Jerusalén, uno de los ejemplos más emblemáticos. En los argumentos de su defensa, maravillosamente analizados por Hannah Arendt1, se ponían sobre la mesa alguno de los conflictos y contradicciones más graves con los que habría de enfrentarse la Filosofía del Derecho. Eichmann aseguraba no tener nada personal contra los judíos, argumentaba respetar sus criterios religiosos y se defendía certificando que, como militar, se había limitado a cumplir -siempre con la mejor intención-, órdenes de sus superiores. "El Führer ha ordenado la aniquilación física de los judíos" argumentaba que le había ordenado su superior Heydrich. Sin embargo, hay que ser consciente de las órdenes que se cumplen, las de Eichmann le condujeron a la deportación de millones de personas a los campos de exterminio y, años después, a él mismo a la horca. Sin embargo, el problema estaba presente: ¿cómo se determina el castigo de aquellos que, como Eichmann, aseguraban no haber tenido otra opción o, lo que es peor, cómo se culpa a aquellos que desconocían las consecuencias de sus pequeñas aportaciones en la mencionada cadena de la Muerte? El problema es inmensamente complejo y haría falta un largo estudio para aproximarnos a soluciones válidas2 . No obstante, un dato evidente es que los encargados de aquel exterminio no fueron sujetos de aspecto macabro y cruel sino personas normales que, en muchos casos, se vieron involucradas en un sistema de aniquilación en el que ni siquiera eran conscientes de lo que sus pequeñas decisiones implicaban. Así, ver a estos criminales como lo que realmente eran es la única manera de evitar, como afirma Zygmunt Bauman, que masacres semejantes puedan volver a ocurrir. De este modo, la perspectiva que el cine ha tomado habitualmente sobre este hecho histórico tiende a confirmar, una vez más, una inmensa falta de responsabilidad, de conocimiento y de criterio por parte de las compañías cinematográficas. Por su efecto emotivo y misterioso resulta mucho más rentable presentar a un nazi con un monóculo o con un parche, no obstante, hacerlo implica un grave riesgo; supone generar un estereotipo del que "yo", como espectador, me desvinculo inmediatamente pues soy incapaz de verme reflejado en "el mal absoluto" que ese personaje representa. Sin embargo, lo que sí puedo hacer sin ser consciente de las consecuencias _y en esto fue en lo que la mayor parte de los Nazis colaboraron- es llegar a aprobar actos burocráticos que impliquen directa o indirectamente el sufrimiento de terceras personas de las que no tengo noticia directa. Así, más que generar estereotipos emotivos -económicamente rentables-, de los que el espectador puede desvincularse, el cine tendría que mostrar la complejidad de ese proceso que, como de hecho ocurrió, puede arrastrar a personas moralmente sólidas a los actos más devastadores; individuos incapaces de asumir, tras el fin del conflicto, las consecuencias que sus actos habían generado.
Ante esta exposición reaparecen las fotografías dramáticamente impersonales que Christian Boltanski dispone en sus instalaciones y que dejan testimonio de la trágica deshumanización de unas víctimas cosificadas. Frente a éstas, los personajes de cine que presenta Uklanski (Marlon Brando, Gregory Peck, Michael Douglas) -con una visión crítica de suma inteligencia-, tienen glamour, poseen toda la magia de la gran pantalla para convertirse en estereotipos macabros; personajes puramente simbólicos incapaces de reflejar las verdaderas causas de lo que fue la mayor tragedia de la historia. ---
1 Arendt, Hannah: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Luhmen, Barcelona, 1999. 2 Para un estudio brillante problemas ver: Bauman, Zygmunt: Modernidad y holocausto, Sequitur, Madrid, 1997.
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