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Este mismo Espacio Uno ha sido testigo de esta inagotable tendencia. Aquí tuvimos ocasión de ver no hace mucho a las indolentes muchachas de Sarah Jones, ociosas jovencitas de mirada perdida, aburridas en sus dormitorios de clase acomodada. Estas ensimismadas adolescentes, figuras estáticas y mudas, son presentados como sujetos que carecen de conflictos del mismo modo que carecen de dicha. Son un objeto decorativo a quienes nadie, a pesar de hallarse en sus propios hogares, presta atención. Retrotrayéndonos un poco, aproximadamente a un par de años atrás, encontramos en este lugar la instalación del artista portorriqueño Pepón Osorio, donde ponía de relieve de manera más explícita la dificultad de comunicación en las relaciones familiares. En su propuesta recreaba de manera abigarrada la prototípica habitación de un muchacho hispano atestada de fotos de sus ídolos de la NBA y de un sin fin inclasificable de objetos propios de su cultura adoptiva. En contraposición veíamos la celda en la que estaba encarcelado el padre del chico al que escuchábamos aleccionar lacónicamente para que su hijo evitara seguir sus pasos por el mal camino. Enrique Marty, por el contrario, aborda el tema de la familia desde una perspectiva más universal, sin someterla a un contexto sociopolítico concreto como ocurrían en el anterior. Sin embargo, expositivamente, recurre a un barroquismo Kitsch muy parejo al de Osorio. Esta coincidencia es, no obstante, menos interesante que la temática por la que ambos se deciden la familia, un asunto que está muy en boga últimamente. Si entrevistáramos a una estrella de cine o a un futbolista o a cualquier persona de la calle preguntándole qué cosa le importa más en el mundo probablemente nos diría que la familia. Ningún sociólogo ha explicado hasta el momento de modo convincente la recién adquirida relevancia de esta tradicional institución. Socialmente cada vez se acepta mejor proceder de una familia desestructurada o monoparental pero, en contrapartida, sentimos una extraña nostalgia por el núcleo clásico de la pareja bendecida por unos cuantos (aunque tal como est el mundo mejor si son pocos) retoños. Formar parte de una familia nos obliga a (con)vivir con la vejez y la enfermedad. Nos recuerda que la progresiva decrepitud de nuestros mayores es la nuestra. Que somos los siguientes, es decir, las próximas víctimas de la degeneración física y mental. Vivir en familia exige conmemorar los actos que marcan los hitos de nuestra existencia, comuniones y bautizos, bodas y defunciones. Pero sobre todo nos obliga a compartirlo todo y de por vida con quienes poseen nuestra misma sangre y genes, sean quienes sean los que nos hayan tocado en suerte. Por ello cuando hablamos de que algo es un "asunto familiar" está justificado el miedo. Lo familiar es, por definición, siniestro, en tanto que remite a algo próximo que es al mismo tiempo extraño. Los asuntos familiares, ya lo sabemos, sólo tren desgracias. Pero aún en el mejor de los casos, lo familiar está emparentado, como mínimo con lo grotesco y no pocas veces con lo repugnante. Marty ha recubierto las paredes de diversas pinturas cuyo referente inmediato es el fotográfico. Nos muestra imágenes de los suyos las carantoñas de los niños, las poses desenfadadas de la abuela, la sonrisa pícara del bebé, y de los espacios que estos principalmente habitan, el desordenado cuarto de estar, algún fragmento aislado de la cocina, la cena informal en el comedor... retazos biográficos de una familia corriente, y por tanto extrapolables a cualquier otra de la que, por medio de la identificación, logra que formemos parte (al menos tanto como lo somos de la propia). A fin de cuentas, en el propio reconocimiento dentro de la misma está nuestro deseo de librarnos de sus vínculos. Esta es la causa de que la conviviencia familiar se traduzca a menudo en inconveniencia individual. Sin embargo, declararse contrario a ella es arriesgarse a una existencia solitaria. Y será por algo que muy pocos la escogen. |
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