Nostalgia insular y reciclaje.
KCHO
Lidia Gª-Merás
Palacio de Cristal. Parque del Buen Retiro, Madrid
8 febrero / 7 may

En el linde del mar, escenario melancólico del inmigrante, Alexis Leyva (KCHO), un viajero que desea quedarse en tierra -su isla-, demuestra que aún es posible la travesía interior que caracterizara a los románticos en su contemplación sublime del paisaje marítimo. La playa o el acantilado son lugares de recogimiento introspectivo, de reflexión en soledad. Emplazamientos de la despedida propicios para guardar la memoria o ser devastados por el olvido. En una isla, este sentimiento nostálgico se acentúa fruto de la autosuficiencia con la que deben bregar sus habitantes debido a que la vida en una isla es una vida de reciclaje. Reparar lo que se estropea con lo poco que se tiene, afirma Estrella de Diego, es una necesidad diaria que obliga a aprovechar cualquier objeto, en ocasiones otorgándole una utilidad nueva. KCHO, que de no ser artista hubiera sido carpintero como su padre, ha realizado una arquitectura frágil sobre la que reposa el paso del tiempo, a partir de material encontrado en la costa de la ciudad en la que vive, La Habana.

En la pieza A los ojos de la historia, obra que ya tuvimos oportunidad de ver en Cocido y crudo, exposición del Reina Sofía del 92, ramas, cordel, alambre y tela, componen un peculiar homenaje al Monumento a la III Internacional de Tatlin. Pero la obra con mayor presencia dentro de la exposición, aún por encima de Ideas mojadas, instalada en el estanque frente al Palacio y concebida específicamente para esta muestra, es La columna infinita, una superposición vertical de cámaras de rueda de gran tamaño, versión isleña de la columna de Brancusi, que originalmente debiera alcanzar el techo pero que el "efecto invernadero" del palacio acristalado ha impedido por miedo a que las cámaras reventaran del calor. Interesante por la impresión de vértigo que descubre, es la pieza que articula toda la muestra.

En en el conjunto de su obra este artista recupera diferentes deshechos rescatados del mar: madera desgastada por el roce del agua y del salitre, cámaras de camión, cuerdas y remos naúfragos de sus compatriotas exilados... El mar es un estercolero que nos devuelve lo que arrojamos. Pero sólo los insulares conocen el valor y saben sacarle partido a estos tesoros.

 

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