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Pero la luz que emana de occidente se va haciendo difusa según nos alejamos de sus principales centros geográficos, y sus categorías simbólicas (que tantas veces se nos aparecen como supuestos universales) se tambalean o se desvanecen, tal como lo hace el día al final de la tarde. Así, Kazuo Katase (Shizuoka, 1947) crea espacios desde una conceptualización del lugar que poco tiene que ver con la positividad lumínica occidental, sino más bien recogiendo los fundamentos estéticos que se adhieren a la antiquísima tradición japonesa y que perfectamente se resumen en las palabras de Junichiro Tanizaki: "lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias". Ese regalo de los griegos del que Nietzsche desconfiara ampliamente (lo bueno en sí, lo bello en sí...) se vuelve también pura fantasmagoría a la luz ( y a la sombra ) de otros pensamientos no occidentalizados. Katase entiende la realidad como una dinámica constante que se fundamenta en la dualidad, y podemos acercarnos a esa dualidad a través del contraste entre luz y sombra, que resume la contraposición de dos fuerzas, una positiva y otra negativa. El resultado de ese enfrentamiento es simplicidad y silencio, y lo que François Jullien podría considerar una cierta estética de lo insípido, de modo que "de esta contradicción dimana el carácter inasible de la insipidez: ésta no aparece sino al límite de lo sensible, a la entrada de lo invisible; sólo se presta a manifestaciones perceptibles para volver a su superación armoniosa, su resolución silenciosa." El espectador penetra en una obra donde, tal como reza el final de un pequeño poema japonés, sólo existe silencio por doquier, no hay huellas de pasos. La obra de Katase planea constantemente sobre conceptos como el sentido de lo ausente y la densidad de su recuerdo, donde las formas, al tiempo que se manifiestan, se retiran, se abren a una lejanía que las supera; o sobre la intuición del vacío como apertura a todas las posibilidades de la existencia en el desapego a la concreción inmediata y forzosamente reduccionista de los fenómenos. Las obras de Katase solamente se saborean al final, quizás cuando uno ya abandonó la galería: se trata de un sabor insípido y uniforme, que al principio uno no advierte, pero que se va haciendo extrañamente denso en la memoria y en la penumbra última del paladar. No es más que entender que en ocasiones el arte destila un sabor que se halla más allá del sabor.
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