"JUAN LUIS MORAZA: INTERPASIVIDAD"
Iñigo Sarriugarte
Koldo Mitxelena Kulturenea
Noviembre 99 - Feb 2000

Ante el creciente uso y fomento de la propia interactividad en todos los campos y condiciones sociales, manifestado a su vez por la incidencia cibernética, la pauta de la pasividad resulta una restricción presente y constante en muchos preceptos que en principio se caracterizan por modelos de interacción. Con la exposición de este artista vitoriano (n. 1960) en el Koldo Mitxelena se han planteado una serie de reflexiones caracterizadas en cierta manera por las nuevas pautas de transformación social y la podredumbre que mina nuestra reacción en el medio: la pasividad. Esta muestra se ha podido visitar desde el 20 de noviembre de 1999 hasta el 5 de febrero del 2000, siendo acompañada su inauguración por una coreografía interpretada por Ion Munduate y Blanca Calvo. La muestra se distribuye en 9 salas que generan una clara interrelación interpretativa entre estas, permitiendo numerosas perspectivas reflexivas mediante la participación activa o evocada. Cada sala y cada propuesta busca un tipo de espectador diferente, potenciando condiciones de empatía, identificación, trasgresión, etc.

Al entrar a la exposición, el espectador tiene la posibilidad de observar una serie de máquinas tragaperras, que hace pocos años asumían la cultura popular del bar para retomar en la actualidad las referencias a unos modelos de una cultura basada en un ocio cibernético y alejado de la interacción física. Las máquinas de esta primera sala, titulada Anestéticas, ofrecen a los visitantes variadas proposiciones lingüísticas que remiten a axiomas filosóficos, políticos, artísticos, etc. mediante un juego arbitrario de palabras, que forman numerosas combinaciones aleatorias. El recorrido por las siguientes salas, nos introduce en una constante necesidad de interactuar, de hecho, en la segunda titulada Politurgia, un péndulo sujeto al techo y que responde al movimiento a su alrededor se balancea sobre una serie de propuestas pintadas directamente en el suelo, asumiendo la inevitable oscilación del ser humano en su búsqueda por un  sentido directriz. En la tercera sala, Inopia, se combina la presencia de una silla de masaje recubierta con tela de camuflaje situada enfrente de un hongo esculpido y encerrado en una vitrina, mientras que en la parte trasera dos ordenadores observan al ocupante de la silla, junto con una alfombrilla modelada según un diseño de Malevich. La  cuarta estancia, Sugestivo Categórico, referencia diferentes cuadros digitales de chorro de tinta, mientras que la quinta, Omnimpotencia, es un espacio abierto transmutado en una pizarra que va del suelo al techo, donde se ofrece tiza a los visitantes con el fin de que proporcionen mediante su intervención un contenido al espacio. Aparecen también dos objetos más como una urna para votar y una esfera, presentados sobre pedestales en el centro de la sala, asumiendo la necesidad de una democracia participativa en el propio entramado artístico. En Corte, el espectador se adentra en un espacio estratificado mediante largas hileras entre cortinas que cuelgan hasta el suelo, donde se emplazan más de 150 cartas, que representan varios métodos de adivinación. Al entrar en la séptima, Mimo, el visitante rompe un haz de luz eléctrica, accionando en ese momento un grupo de diez radiocassettes con una grabación que contiene la expresión emotiva y oral de una audiencia marcada por comedias televisivas. La octava sala, Parasite, genera en el público tal vez  la sensación más asentada de inoperatividad, ya que en paredes enfrentadas de la sala se instalan tres monitores de vídeo, que rodean al espectador con la imagen a tiempo real del espacio que está ocupando, mientras que un cuarto monitor muestra una visión digital del dispositivo interior de una televisión. Dentro de este espacio, numerosos discos compuestos con espejos lanzan reflejos, mientras un disco metálico de dimensión más reducida gira en el suelo para producir un sonido rechinante.

En la sala novena, MAND@LA, el artista muestra una capucha como nariz de payaso que se coloca frente a una escotilla que abre el techo de la sala. En la última sala, Omphalos, el espectador es agasajado con una cascada de burbujas de jabón a la entrada, mientras que aparece una pelota flotando en un chorro de aire y dos proyecciones de vídeo que sugieren una sensación hipnótica, condición que insinúa la funesta dependencia de una tecnología mediática ante la cada vez más inexistente capacidad de reacción vital ante el medio.

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