Subversión, revisión, substitución. Renée Green
Josep Lluís Blázquez <jlblazq@teleline.es>
Fundació Tàpies de Barcelona
hasta el 26 de marzo del 2000

<< Artículo de Carles Guerra

El arte siempre vuelve su mirada hacia atrás como una estrategia más para dilucidar mejor lo que tiene delante. Que últimamente esa mirada se dirija a los años 70 es bastante lógico, puesto que todo lo que pasó entonces está ya bastante frío y se puede contemplar con menos perjuicios de los que podían existir en los años 80 y la primera mitad de los 90. Cuando en los años 80, el arte practicó ese mismo ejercicio, el referente tuvo que ser más antiguo (los años 50 y 60) para encontrar justamente esa frialdad que sólo el tiempo transcurrido propicia.

De hecho no es del todo cierto que acontecimientos como la guerra del Vietnam, pongamos por caso, hayan dejado alguna vez de ser revisados en los últimos 20 años. Pero sí debemos admitir que sólo ahora disponemos de la frialdad adecuada para meditar sobre ellos. Eso es lo que nos permite, entre otras cosas, la inmensa colección de referentes que Renée Green ha depositado en la Fundació Tàpies de Barcelona. La abundancia (o la diversidad) no les resta unidad a todos esos referentes. Son muchos los nexos que los pueden interrelacionar cuando, algo aturdidos, visitamos esa inmensa parafernalia micro-documental que la artista norteamericana ha puesto a nuestra disposición. Yo quisiera centrar mi comentario en uno sólo de esos nexos: el carácter subversivo que aflora de todos los pedacitos de historia que recobran vida en la exposición: Es un buen momento para reflexionar sobre el carácter subversivo del arte, ahora que ya nada está fuera de la ley. Ahora que el mal es ya transparente (Baudrillard) Ahora que esos años 70, tan subversivos, quedan ya algo lejos.

David Bowie, 1972.
Glamour en el cuerpo.
En el alma un mito:
Andy Warhol.

Merodeando por esas cosillas que nos ofrece Renée Green, uno se encuentra con unos cuantos discos de vinilo para escuchar. Viejas glorias de aquellos años en que el rock era una revolución, ...una forma de protesta. Todo ese carácter subversivo que tuvo el rock, y después el punk, es ya sólo un recuerdo para ser revisado. El rock que se produce en nuestros días también protesta, pero es ya una protesta institucionalizada. Ya no nos permite entregarnos a él con toda nuestra alma, como sucedía entonces. Lo subversivo debe implicar al alma, si no es así deviene pura elocuencia, intranscendente y gratuita. Para muestra de lo que sucede hoy día, remitámonos al último festival de Woodstock que se celebró el verano pasado, con claros aromas de revival. La experiencia acabó como el rosario de la aurora: llamas, torres de sonido por los suelos, gente en los cuartelillos, ...y la música ni siquiera pudo empezar a sonar. La gente no iba a disfrutar de la música, porqué ya no tenía nada que decirles en el alma. En los tiempos gloriosos de Woodstock se daban los mismos ingredientes para que se produjera una batalla campal, excepto esa carencia: la gente disfrutaba de la música y se ovidaba de todo lo demás. Claro que había policía, ...y gente en los cuartelillos. Pero de aquello nadie se acuerda ya. Lo único que permanece son las notas endemoniadas de la guitarra de Jimi Hendrix o las convulsiones espasmódicas de Joe Cooker. Del último Woodstock, difícilmente transcenderá algo parecido a eso. Lo que seguramente nos mostraría Renée Green en caso de referirse a uno de esos Woodstock míticos, es precisamente la foto de uno de esos desmadrados con la naríz rota por la porra de un policía.

Renée Green nos habla de que todo ese potencial subversivo, que antes ostentaba el rock, lo podemos encontrar ahora en el cibermundo. De entre las diversas expresiones que son habituales en ese mundo digital, la música electrónica es para ella una imprevisible fuente de nuevas relaciones humanas, más libres y menos encorsetadas por unos cánones institucionales determinados y, por ende, las más de las veces gratuitos. Como paradigma, la artista alude a situaciones como la del festival Sónar, donde "gente de todas partes se relaciona con la de aquí" (La Vanguardia, 21 de enero del 2000) No sé si tal tipo de experiencias se pueden equiparar a aquellos "intercambios de flujos" tan intensos que se daban en los festivales de rock de los años 70. Y me gustaría saber qué grado de profundidad "anímica" adquieren esas relaciones. Aunque, sin ninguna duda, el riesgo de salir con la naríz destrozada es mucho menor en ese tipo de eventos. En todo caso quiero creer también que en todo este movimiento subyace, todavía, un ineludible contingente de gustos individuales sobre los que no cabe discutir. Pero por lo que respecta a su carácter contra-cultural, conviene observar que lo que antes llamábamos subversión ya no podemos entenderlo así. En su lugar se ha instaurado una especie de sucedáneo, que podríamos definir, siempre bajo el riesgo de abusar de las palabras, como substitución.

 

Los verdaderos dueños del cibermundo son los hackers, esa especie de caballeros Jedi para los que no existe secreto alguno que la criptografía pueda ocultar. Pero cuando los habitantes del cibermundo han necesitado de sus rescates in extremis, no se les ha visto por ninguna parte. Durante los momentos más delicados de la guerra de los Balcanes, los prestigiosos hackers rusos, en vez de participar en la lucha informativa dentro de la red, contribuyendo a desbaratar las falacias periodísticas que se producían desde el sector occidental, desde el Kremlin, o desde la propia Yugoslavia, estaban demasiado atareados intentando descubrir cosas como los algoritmos que determinan la dureza de los pezones de Lara Croft. Digamos que hicieron todo lo contrario de lo que se esperaba de ellos. La nueva consigna es esa, tal como sucedió en el último Woodstock: "Tu me das esto para que yo me divierta y juegue contigo, ...pues no lo quiero. No quiero jugar contigo. Ahí te quedas. Prefiero esto otro."

Los errores del pasado nos enseñan a no caer en las mismas trampas. Lo subversivo se consiente como droga. Pero sus efectos deben estar controlados y encaminados hacia una finalidad concreta. El mecanismo de la substitución vendría a porporcionarnos otro tipo de droga que ya no responde a esos efectos deseados que había previsto el distribuidor. El paraíso electrónico que nos propone Renée Green está lleno de rutinas substitutivas: samples, remakes, mixes, ...Y no es necesario remitirnos a los nuevos engendros que nos porporciona la tecnología punta para localizarlos. Con gran facilidad encontramos esas rutinas en los referentes históricos más directos que utiliza. Sin duda el más claro y meridiano es "Partially Buried in Three Parts", uno de los tres núcleos principales de la exposición: En ese espacio Renée Green toma como referente (sample) el célebre "Partially Buried WoodShed", de Robert Smithson, pero en él vierte sus propios recuerdos e intimidades, ...su propia familia, ...una droga personal e intransferible que nadie había previsto para ese contexto. Digamos que esa puesta en escena es una forma más inocua, más comprometida y más "anímica" de compartir sus fujos con los demás.

Renée Green, toda ella, encaja perfectamente en el retro-universo que nos presenta. Luce una de esas melenas rasta que ahora estan tan de moda entre las apabullantes ebonies que aparecen en los video-clips de la MTV. Pero las suyas llevan pedigrí, ...aunque no sea jamaicana. Pasea su condición con elegancia, sin hacer de ella un objeto de glamour. Lo suyo es más intelectivo, ...como el algoritmo que determina la dureza de los pezones de Lara Croft. No quisiera que con este comentario alguien interpretara que estoy calificando a Renée Green, toda ella, como una "retro" sin trámite de continuidad posible. Pretendo justamente dar a entender todo lo contrario. El mecanismo de la substitución en el arte ha producido ya mucha basura en las últimas décadas, bajo otros nombres más sacrosantos como el del apropiacionismo. Eso sí que no tiene ya trámite de continuidad. Creo que la propuesta de Renée Green consigue escapar de la mediocridad precisamente gracias a la distancia que imprime respecto al arte mismo como institución.

Y entiéndase aquí por arte el rock, el cine, la fotografia, narraciones o cualquier otra cosa menos artística que uno pueda encontrar estos días por la exposición de la Fundació Tàpies. No es arte institucional lo que produce Renée Green, toda ella, en tanto que artista. Lo que ella produce es el arte en los demás, ...y en ella misma también ¡claro! Es ese factor enzimático el verdadero flujo que de ella obtenemos. Para la ocasión se hace oportuna aquella frase que escribiera Octavio Paz en su día: "No hay arte en si, sino en ti, en mi..."

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