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Lo cierto es que, entre copas y prisas, se ceden dos vitrinas para que artistas elegidos por distintos críticos de arte (que al final de la temporada justificarán la selección por escrito en un pequeño catálogo reseña de lo visto) se enseñen día y noche, en exposición sin fin. Ahora le toca a Olga Freixes, una escultora a la que el cuerpo humano, en esa imposible representación firme de lo que es pura corrupción, impermanencia y mero soporte vital, con el recurso a materiales que bien por su naturaleza, bien por su mezcla, suponen una dudosa duración, ése cuerpo que no hay modo de fijar porque cambia y con él nosotros, tal cuerpo, lejos de los últimos gritos del cuerpo obsoleto, lo postcorpóreo o toda la moda 'decons'; de otro modo el cuerpo de siempre que nos dura un ápice y con él tenemos que jugar a todo, es el que viene tratando desde el inicio de su trabajo, y hoy, en estos escaparates que ofertan arte a poco precio, sigue insistiendo en ver si nos resiste con esa plastilina tan amable que se deja abrazar, sobrepuesta al escorzo de la cal tirada a los pies del escaparte de al lado y que no se va a levantar, seguro, porque se quedo en lo justo. Cuerpos que duran poco, arte de veinticuatro horas. |
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