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Si hago memoria,
descubro constantemente que casi todos los recuerdos bellos que guardo vienen
asociados de un modo u otro a lo ocurrido en un viaje. Desde mi más tierna
infancia me recuerdo siempre viajando con mis padres, y muchos de esos recuerdos
son las imágenes de los cementerios: mi madre siempre odió los parques y
sus columpios, pero adoraba ver jugar a sus hijos entre las tumbas, sobre
todo si éstas eran las tumbas de hombres y mujeres que admiraba. Ahora,
que casi siempre viajo sólo, sigo visitando los cementerios como si allí
se escondiera lo poco que de mi niñez me queda. Hace apenas unos días, en
el cementerio de Dorotheenstädtischer en Berlín, busqué bajo una frágil
y cinematográfica nevada la tumba de Hegel, creo que durante más de una
hora. Hallé por azar la tumba de Brecht, la de Fichte o la Schinkel, y todas
aquellas que no buscaba, salvo la de Hegel, cuyo encuentro sólo me sobrevino
perdida ya toda esperanza, caminando hacia la salida sin afán alguno de
búsqueda. Recordé entonces a la Nadja de Breton, que para Blanchot constituía
esa secuencia maravillosa del puro encuentro azaroso, del encuentro del
encuentro, y pienso ahora, al recordar lo que entonces recordé, en las palabras
autobiográficas de Nietzsche, "pues todo lo que en mi vida hace época
lo ha traído hasta mí el azar". Recuerdo
también algo que ya sabía, que más bello que encontrar una obra de arte
(como final de una búsqueda o del recorrido museístico) es siempre toparse
con ella, tropezarse con ella, descubrir de repente su escondrijo. Cuando
hoy en día el arte se deteriora tantas veces en un mero exhibicionismo estético
de sexos y bengalas resulta impagable la oportunidad de deslizarse sigilosamente
allá donde la obra ha elegido esconderse y disponer su guarida. Así, una
de las obras más bellas que puede verse hoy en Berlín no la encontré al
recorrer nuevamente sus museos o algunas de sus galerías, ni se anuncia
en ningún sitio, sino que se oculta bajo tierra. En el centro de la plaza
de Bebelplatz, donde tuvo lugar en 1933 la gran quema de libros realizada
por los nazis, se abre en el suelo un pequeño ventanal translucido que permite
ver una habitación construida bajo los adoquines de la plaza, totalmente
blanca, asépticamente iluminada y llena de estanterías, estanterías blancas
y vacías para los miles de libros que fueron las cenizas de una memoria
que pretendía ser borrada. Sin acabar de cruzar aquella plaza, con la mirada
aún extasiada en el encuentro, vuelve a mí Nadja por segunda vez en apenas
unas horas, y vuelve lo que recordaba de la descripción que Breton hace
de su primer encuentro, cuando "acababa de cruzar aquella plaza cuyo
nombre olvido o ignoro, allí frente a una iglesia. De pronto me fijo en
una muchacha, muy pobremente vestida, que viene en sentido contrario y que,
a su vez, también me ve o me ha visto". El que atraviesa esta plaza
y casualmente se topa con esta ventana sabe que el arte aún puede producir
escalofríos, que pueden ser los del encuentro más inesperado y vitalmente
lúcido, y que el arte público puede y debe ser mucho más que la acostumbrada
forma para la decoración urbana. Y es que el arte público, la expansión
de la técnica en el arte y las retóricas de la desmaterialización de la
obra han generado un desencaje teórico según el cual el museo y las instituciones
artísticas no ofrecen ya en muchos casos una custodia adecuada: la obra
busca por su cuenta su refugio. El museo del futuro tendrá que ver sobre
todo con la noción de archivo y eso supone la quiebra presente de un concepto
claro y delimitado del campo expositivo. La última obra de arte que he visto
me la topé extrañamente anoche, recogida en su escondrijo, escondida en
un rollo fílmico: es una pieza de vídeoarte que utiliza como espacio expositivo
la película American beauty, creando una secuencia exenta que es
un verdadero paréntesis cinematográfico y un ejemplo perfecto de lo se conoce
actualmente como contaminación de los géneros. El vídeo aparece integrado
en la ficción de la película (grabado por uno de los personajes) pero crea
un claro contexto de autonomía formal y referencial: se trata de una bolsa
de plástico que danza prodigiosamente mecida por un remolino de aire dando
lugar a una extraña coreografía minimalista donde un simple objeto desechado
y perdido retoma vida repentinamente, se suspende en el aire, se balancea
con calmada lentitud o cae para volver a alzarse, y va sugiriendo al ritmo
de la música las más diversas realidades anímicas, gracias al mero azar
interpretativo que ofrece una corriente de aire. Me parece que la calidad
de la obra al menos iguala la de las piezas de vídeoarte que de forma habitual
se encuentran en los circuitos connotados para la exhibición artística,
pero elige un espacio expositivo ampliado, paralelo o semioculto, consciente
o no de la quiebra de las nociones tradicionales que servían para definir
el territorio de la mostración del arte. Un nuevo encuentro fortuito con
la obra que me recuerda una vez más el altísimo propósito nietzschano, estar
siempre a la altura del azar.
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