La obra y su escondrijo.
(Encuentros y recuerdos al azar).
Rubén  Hernández  Giménez
<< Una posdata para emboscados. Francisco Baena

Si hago memoria, descubro constantemente que casi todos los recuerdos bellos que guardo vienen asociados de un modo u otro a lo ocurrido en un viaje. Desde mi más tierna infancia me recuerdo siempre viajando con mis padres, y muchos de esos recuerdos son las imágenes de los cementerios: mi madre siempre odió los parques y sus columpios, pero adoraba ver jugar a sus hijos entre las tumbas, sobre todo si éstas eran las tumbas de hombres y mujeres que admiraba. Ahora, que casi siempre viajo sólo, sigo visitando los cementerios como si allí se escondiera lo poco que de mi niñez me queda. Hace apenas unos días, en el cementerio de Dorotheenstädtischer en Berlín, busqué bajo una frágil y cinematográfica nevada la tumba de Hegel, creo que durante más de una hora. Hallé por azar la tumba de Brecht, la de Fichte o la Schinkel, y todas aquellas que no buscaba, salvo la de Hegel, cuyo encuentro sólo me sobrevino perdida  ya toda esperanza, caminando hacia la salida sin afán alguno de búsqueda. Recordé entonces a la Nadja de Breton, que para Blanchot constituía esa secuencia maravillosa del puro encuentro azaroso, del encuentro del encuentro, y pienso ahora, al recordar lo que entonces recordé, en las palabras autobiográficas de Nietzsche, "pues todo lo que en mi vida hace época lo ha traído hasta mí el azar". Recuerdo también algo que ya sabía, que más bello que encontrar una obra de arte (como final de una búsqueda o del recorrido museístico) es siempre toparse con ella, tropezarse con ella, descubrir de repente su escondrijo. Cuando hoy en día el arte se deteriora tantas veces en un mero exhibicionismo estético de sexos y bengalas resulta impagable la oportunidad de deslizarse sigilosamente allá donde la obra ha elegido esconderse y disponer su guarida. Así, una de las obras más bellas que puede verse hoy en Berlín no la encontré al recorrer nuevamente sus museos o algunas de sus galerías, ni se anuncia en ningún sitio, sino que se oculta bajo tierra. En el centro de la plaza de Bebelplatz, donde tuvo lugar en 1933 la gran quema de libros realizada por los nazis, se abre en el suelo un pequeño ventanal translucido que permite ver una habitación construida bajo los adoquines de la  plaza, totalmente blanca, asépticamente iluminada y llena de estanterías, estanterías blancas y vacías para los miles de libros que fueron las cenizas de una memoria que pretendía ser borrada. Sin acabar de cruzar aquella plaza, con la mirada aún extasiada en el encuentro, vuelve a mí Nadja por segunda vez en apenas unas horas, y vuelve lo que recordaba de la  descripción que  Breton hace de su primer encuentro, cuando "acababa de cruzar aquella plaza cuyo nombre olvido o ignoro, allí frente a una iglesia. De pronto me fijo en una muchacha, muy pobremente vestida, que viene en sentido contrario y que, a su vez, también me ve o me ha visto". El que atraviesa esta plaza y casualmente se topa con esta ventana sabe que el arte aún puede producir escalofríos, que pueden ser los del encuentro más inesperado y vitalmente lúcido, y que el arte público puede y debe ser mucho más que la acostumbrada forma para la decoración urbana. Y es que el arte público, la expansión de la técnica en el arte y las retóricas de la desmaterialización de la obra han generado un desencaje teórico según el cual el museo y las instituciones artísticas no ofrecen ya en muchos casos una custodia adecuada: la obra busca por su cuenta su refugio. El museo del futuro tendrá que ver sobre todo con la noción de archivo y eso supone la quiebra presente de un concepto claro y delimitado del campo expositivo. La última obra de arte que he visto me la topé extrañamente anoche, recogida en su escondrijo, escondida en un rollo fílmico: es una pieza de vídeoarte que utiliza como espacio expositivo la película  American beauty, creando una secuencia exenta que es un verdadero paréntesis cinematográfico y un ejemplo perfecto de lo se conoce actualmente como contaminación de los géneros. El vídeo aparece integrado en la ficción de la película (grabado por uno de los personajes) pero crea un claro contexto de autonomía formal y referencial: se trata de una bolsa de plástico que danza prodigiosamente mecida por un remolino de aire dando lugar a una extraña coreografía minimalista donde un simple objeto desechado y perdido retoma vida repentinamente, se suspende en el aire, se balancea con calmada lentitud o cae para volver a alzarse, y va sugiriendo al ritmo de la música las más diversas realidades anímicas, gracias al mero azar interpretativo que ofrece una corriente de aire. Me parece que la calidad de la obra al menos iguala la de las piezas de vídeoarte que de forma habitual se encuentran en los circuitos connotados para la exhibición artística, pero elige un espacio expositivo ampliado, paralelo o semioculto, consciente o no de la quiebra de las nociones tradicionales que servían para definir el territorio de la mostración del arte. Un nuevo encuentro fortuito con la obra que me recuerda una vez más el altísimo propósito nietzschano, estar siempre a la altura del azar.       

 

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