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Embriagarse de olvido o caer en el letargo de la amnesia es la metáfora trágica de una inevitable condena, la de la vida misma. Saberse herido por el olvido es saberse un poco más muerto, un poco más inexistente, un poco más "no sido". Es difícil reflejarlo mejor que George Orwell en su novela 1984 cuando hablaba de las "vaporizaciones", ejercicios macabros del poder de Oceanía para eliminar, de un plumazo, no sólo al individuo, sino todos los indicios de su existencia. Quizá por eso la labor del historiador sea fundamental al pretender la reconstrucción de un pasado no como ocurrió sino como mera anotación de subjetividades, como testimonio de acontecimientos relativos capaces de activar una memoria ficticia de los que nos precedieron. Recordar es extender la memoria o, lo que es lo mismo, alargar "la vida"; mantener la tragedia de una evidencia inquebrantable que se define como caída en el silencio, el silencio -de uno mismo y de los otros- que certifica, ahora sí, la evidencia de un castigo. Morir de olvido es morir de la forma más dura y absoluta, sólo al que nadie recuerda está verdaderamente muerto. Es, por tanto, rigurosamente necesario intensificar la mirada testimonial; es obligatorio certificar el recuerdo de aquellos a quienes admiramos y que, sin nuestra labor, caerían en esa Muerte trágica y verdadera denominada "amnesia". Mientras vivió (semi) apartado del mundo junto a su hermana cerca de El Escorial, su memoria parecía, no obstante, conservada por una presencia implícita que posibilitaba la nostalgia de un retorno creativo; una reaparición que, cuando algunos tratábamos de recuperar su figura como fundamental, se vio truncada por un ataque que le imposibilitó cualquier disfrute del reconocimiento por parte de las nuevas generaciones. Quizá tampoco le hubiese importado, al fin y al cabo, Pérez Mínguez desarrolló con una coherencia espectacular, aquella máxima escalofriante que muchos años antes le planteara a su buen amigo Carlos Serrano: "Carlos. Lo que yo quiero es cortar todos los vínculos con la sociedad". Siempre que recuerdo esta frase con la privilegiada perspectiva del tiempo reaparece la figura emblemática y memorable del dadaista neoyorquino más radical: Arthur Cravan, el amigo de Marcel Duchamp capaz de entrar a dar una conferencia completamente borracho y de desnudarse delante de un auditorio escandalizado. Un "artista" que, tiempo después, desaparecería en un pequeño bote de vela durante una travesía imposible, un viaje romántico que, al igual que el desvarío mental y antisocial de Pérez Mínguez dejaba testimonio de una radical convicción en el binomio Arte-Vida. A Rafael Pérez Mínguez, el pintor de cuadros
como El Elefante (1973), La Muerte del Caballero (1973),
o La Anunciación (1974), lo recuerdo siempre que veo algunas
obras concretas de Tiziano (no hay que olvidar su deseo entre ridículo
y glorioso de tener un gran taller al estilo de los grandes maestros del
pasado o su maravilloso anhelo emblemático de convertirse en pintor
del Rey) pero, en especial, me viene a la memoria cuando veo pinturas
de Giorgio de Chirico o de René Magritte, dos maestros del siglo
XX a los que apreciaba especialmente. Actualmente en el Centro Cultural
Borges de Buenos Aires se expone una interesante muestra del italiano
que recupera parte de su obra más clasicista. Además de
diferentes cuadros de los últimos años (la mayoría
posteriores a 1960), es posible apreciar un gran número de copias
de los grandes maestros del pasado, reproducciones personales en las que
se observa una interesante reflexión y que el líder surrealista
André Breton se permitió tildar de ridículas. Recordar
a Pérez Mínguez ante estas obras no resulta extraño
para un amante de su trabajo, es más, se torna necesario; el pintor
madrileño se sintió fascinado por la pintura de De Chirico
en general pero, especialmente, por ese interés revisionista que
también afectaría a los denominados Anacronistas
y Nuevos-nuevos italianos. Así, la exposición de la ciudad porteña tiene el privilegio de contar con copias de Tiziano, Fragonard, Rafael o Miguel Ángel que, si bien en una primera aproximación podrían resultar algo ingenuas, cuando se ven a la luz de intereses como los de Pérez Mínguez se convierten en grandiosas, en verdaderos testimonios de un tiempo perdido, de un pasado en el que la pintura aún era posible como absoluto y en el que el blanco trágico de Ryman, Mangold o Marden -contemporáneos de Pérez Mínguez- aún resultaba impensable. El pintor madrileño supo asumir los mandatos de un clasicismo nostálgico filtrado por un pensamiento contemporáneo capaz de asumir el minimalismo. Del mismo modo, fue capaz de hacer uso de la burla como arma arrojadiza inteligente y perspicaz. ¿De quien o de qué se ríe, al fin y al cabo, El Bufón de Pérez Mínguez? Quizá de sí mismo, quizá de la pintura que lo hace posible, quizá de la propia risa o quizá, simplemente, del deseo absurdo de conservar una memoria que no es más que aplazamiento de lo inevitable. No obstante, aún con la burla como evidencia, siempre recordaré a Rafael Pérez Mínguez allí donde vea una pintura de última época de Giorgio de Chirico. |
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