Patty Chang, El cuerpo femenino y su violentada experiencia
Ana Martínez-Collado
Centro de Arte Reina Sofía. Espacio Uno
Del 27 de Mayo al 2 de Julio del 2000

En el milenio de la tecnología, cuando cada vez más parece posible la construcción emancipada de un cuerpo utópico, virtual, da la impresión de que paradójicamente un cuerpo inmediato, directo y real reclama cada vez más "violentamente" nuestra atención.

La obra de Patty Chang se inscribe precisamente en este espacio de la construcción físico-social del cuerpo real como producto de ficciones sociales. Los cuatro video-performances que presenta en el Museo Reina Sofía - Ven conmigo, nada contigo. Fuente. Melones. Afeitada- nos muestran los intereses fundamentales de la artista. La violencia -frontera sexual inevitable- de ese cuerpo femenino confrontado con la expectación social que despierta.

Se trata de una actitud propia de llamado postfeminismo de los últimos años noventa. La reflexión sobre la identidad es abordada libre de prejuicios, exhibiendo un sexo femenino sin tapujos, con absoluto descaro. La subversión radica en que este cuerpo no tiene nada que ver con el cuerpo virgen, acultural; al contrario es un cuerpo que surge como producto de todas las relaciones sociales, las redes de poder. Y ahí todo sufrimiento y todo placer son posibles.

En realidad, ese cuerpo propio es ajeno, es el resultado de normas filtradas a través de la experiencia propia. Patty Chang invierte el bucle de la lógica tradicional: no es que seamos porque en algún momento fuimos. No se es más que la ficción (y violenta) de la norma aplicada en su construcción.

En Ven conmigo, nada contigo (1998), la lucha-abrazo de la artista con otra "mujer", metáfora de esa lucha amarga de las mujeres consigo mismas por destruir roles auto impuestos sobre el propio cuerpo, y simplemente sobrevivir entre sus muchas posibilidades. En Fuente (1999), narciso (esta vez ella) se mira al espejo y se autoconsume como producto y ficción producida. En Melones (1998), la violenta ficción de cortarse un seno y comérselo es acompañada de la narración de un difuso recuerdo infantil, del cuál nos habla ella y dan testimonio los objetos que presenta. Y en Afeitada (1998-1999), de nuevo la violencia silenciosa de los estereotipos sobre el cuerpo y el sexo de la mujer, presentados con una dimensión tan inmediata y frontal que desafía la mirada, porque duele el corte.

El exceso de violencia y teatralidad (a pesar de su contención), queda justificado por aquel dolor/sufrimiento del recuerdo/memoria que no se expresa. El espectador puede mirar, dejarse impresionar por el contenido erótico de las imágenes, pero también quedará profundamente conmocionado por su violencia, al descubrir las lógicas ocultas de las normas que las producen, y que nos producen.

Todos los derechos reservados © artszin y los autores, 2000, 2001, 2002