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Al
principio era la palabra y las cosas iban de boca en boca gracias a los
rapsodos que tenían la deferencia de contarnos el lugar prístino
del que surge la realidad toda, ese lugar, primero y claro, es el que
debe buscar Bagnoli en la capilla del Centre del Carme, porque entre la
sucesión de sonidos, ejes, centros de gravedad, depósitos
de misterio (que tanto me traen al presente aquel omphalos -ombligo del
mundo- que fue Delfos), señales y luz, la luz como aquello que
la palabra, nombrado el mundo, invocada su razón, te arrastre por
un camino de ascensión del que ya no te bajes porque ni el tiempo
cabe ni tiene sentido contarlo. Lo primero que te salta a la vista cuando
entras en esta exposición es la idea clara de que dejarás
de ver las cosas con la seguridad que acostumbras, empiezas a andar y
se suceden los trampantojos con la exclusiva intención de llegar
a dudar de ti, (desconfiar de lo que estás viendo es la mejor manera
de llevarte a la inseguridad contigo mismo), dudas de la visión
porque todos los objetos se encuentran sometidos a trampas de luz que
los elevan del lugar en que se encuentran falsamente enraizados, la coyuntura
de esta exposición, y porque descubres algo tan antiguo como olvidado.
Reconoces formas como posos que la civilización dejó en
el camino hacia la nada que empiezas a intuir, a la vez que das con saltos
en la percepción que vienen producidos por la simplicidad del espejo,
un absurdo plano que tiene la facultad de multiplicar los objetos, como
la luz de enseñarlos, ocultarlos o falsearlos, sin olvidar las
formas simples que se someten a distintas torsiones (en hipérbaton
futurista) para formar figuras, antropomórficas o abstractas de
la misma manera y según los mismos principios, porque la realidad
es una y todo lo demás torsión de la luz y tus sentidos.
Toda esta carga de duda general se introduce en ti de tal manera que el
tiempo deja de ser el lastre que te ata a la tierra para pasar a ser el
cielo de una proporción áurea indubitable, y sólo
con unas luces, la sucesión infinita de una sección reconocible,
y toda la memoria de los clásicos que el tiempo no ha borrado para
dejar de ser un inconveniente: el tiempo, un lugar de reposo.
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