Marco Bagnoli
Nilo Casares
IVAM. Centro del Carmen
Febrero-abril de 2000

Al principio era la palabra y las cosas iban de boca en boca gracias a los rapsodos que tenían la deferencia de contarnos el lugar prístino del que surge la realidad toda, ese lugar, primero y claro, es el que debe buscar Bagnoli en la capilla del Centre del Carme, porque entre la sucesión de sonidos, ejes, centros de gravedad, depósitos de misterio (que tanto me traen al presente aquel omphalos -ombligo del mundo- que fue Delfos), señales y luz, la luz como aquello que la palabra, nombrado el mundo, invocada su razón, te arrastre por un camino de ascensión del que ya no te bajes porque ni el tiempo cabe ni tiene sentido contarlo. Lo primero que te salta a la vista cuando entras en esta exposición es la idea clara de que dejarás de ver las cosas con la seguridad que acostumbras, empiezas a andar y se suceden los trampantojos con la exclusiva intención de llegar a dudar de ti, (desconfiar de lo que estás viendo es la mejor manera de llevarte a la inseguridad contigo mismo), dudas de la visión porque todos los objetos se encuentran sometidos a trampas de luz que los elevan del lugar en que se encuentran falsamente enraizados, la coyuntura de esta exposición, y porque descubres algo tan antiguo como olvidado. Reconoces formas como posos que la civilización dejó en el camino hacia la nada que empiezas a intuir, a la vez que das con saltos en la percepción que vienen producidos por la simplicidad del espejo, un absurdo plano que tiene la facultad de multiplicar los objetos, como la luz de enseñarlos, ocultarlos o falsearlos, sin olvidar las formas simples que se someten a distintas torsiones (en hipérbaton futurista) para formar figuras, antropomórficas o abstractas de la misma manera y según los mismos principios, porque la realidad es una y todo lo demás torsión de la luz y tus sentidos. Toda esta carga de duda general se introduce en ti de tal manera que el tiempo deja de ser el lastre que te ata a la tierra para pasar a ser el cielo de una proporción áurea indubitable, y sólo con unas luces, la sucesión infinita de una sección reconocible, y toda la memoria de los clásicos que el tiempo no ha borrado para dejar de ser un inconveniente: el tiempo, un lugar de reposo.

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