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Otros artículos sobre ARCO2000: Determinadas cuestiones -por ejemplo: la de si Arco, un acontecimiento de carácter primordialmente comercial, tiene o debe tener a la vez una dimensión cultural, de difusión de ideas y valores estéticos- ya no hacen al caso, no tiene sentido seguirlas planteando: es obvio que sí. Todo el mundo sabe perfectamente de qué hablamos cuando hablamos de una feria de arte, y sabe también por tanto a qué atenerse. Pero todo el mundo sabe también que si no fuera por esa cualidad específica -de ser un acontecimiento de enorme importancia cultural- todo su valor simbólico se esfumaría, y tras él cualquier otro quedaría muy pronto en nada... Son otros, por tanto, los temas que hay que plantear: por ejemplo, el del "modelo" de Arco, de feria de arte contemporáneo, que más conviene, el que mejor y más respalda a la creación y el que más favorece un acercamiento intensificado a la experiencia artística. No se trata (cuando menos, no se trata "sólo") de vender mucho, conseguir muchos visitantes o de que se vierta "mucha tinta" sobre todo eso. Sino, (cuando menos, se trata "también") de que el acercamiento a las prácticas artísticas que ahí se da permita una cierta calidad de experiencia (¿por qué si no hablaríamos todavía de arte?), una aprehensión crítica y conceptualmente enriquecida de unos objetos y unas prácticas que están necesariamente marcadas por una intencionalidad expresiva y comunicativa. Y ello por una razón clara y evidente -cuando hablamos de todo lo que rodea al espectáculo del arte: que las prácticas artísticas son sobre todo prácticas de producción y transmisión de sentido, y que cuando éste no circula -estaremos ante cualquier otra cosa, pero no ante una experiencia artística propiamente. Es bajo esa perspectiva que uno puede felicitarse de algunos de los programas que Arco sigue desarrollando, principalmente los Project Rooms y las mesas de debate. Sin duda son ellos los que están sostiendo ese "valor añadido" que hace de Arco un acontecimiento cultural de indudable importancia, y las legítimas críticas -relativas ya a la escasa "pluralidad" de los críticos a que esos programas se encomienda, ya a la baja participación en ellas de "mediadores" nacionales, ya a un cierto descenso en la calidad de los propios contenidos programados- no pueden devaluar ese juicio de conjunto. Si acaso, lo que cabe lamentar es que algunos de estos programas curateados, como el de Arcoelectrónico, hayan quedado abandonados a la ciega mano del mercado. Es muy posible que el espacio del arte electrónico esté todavía demasiado crudo para que sea buena idea excluirle de la lista de los "escenarios asistidos" por programas curatoriales. En todo caso, es evidente que debe felicitarse a la dirección de Arco por su acierto al inscribir la Feria como acontecimiento de especial relevancia en la nueva construcción multicultural de la escena artística internacional. Situar un evento como Arco en una posición estratégica con respecto a las actuales redefiniciones geopolíticas de la escena internacional -refozando el lugar de encuentro que España puede jugar tendiendo el puente entre las situaciones latinoamericana, incluso africana, y europea- es sin duda un acierto. Y aunque para los visitantes y asistentes a las mesas y programas curatoriales la insistencia en esta línea resulte a veces demasiado recurrente, pienso que debe reconocerse el acierto en desplegarla, y quizás el medio plazo de los próximos años acabará por ponerlo en evidencia. Lo más preocupante, me parece, para terminar con esta valoracion de la política que define la actual línea de actuación de Arco, (excuso desde luego entrar en cuestiones de selección o no de participantes, pues parece que el contento entre ellos ha cundido) es la creciente expansión de ese sector intermedio entre el coleccionismo privado y el público que es el coleccionismo corporativo. Obviamente (y aunque Arco sin duda ha impulsado y reforzado la aparición de este coleccionismo corporativo) si esa situación puede resultar preocupante lo es por cuanto es índice de algo que traspasa la propia frontera de Arco, apareciendo como un síntoma de la nueva situación cultural. Arco ha sido un factor fundamental para poner en marcha en España el emergente coleccionismo de las fundaciones, y la presencia de ellas en la feria (un poco agobiante, la verdad, cuando llega por ejemplo a desembocar en convocatoria de concursos-show poco menos que alucinatorios) es proporcional a ese impulso prestado. Sin lugar a dudas, la reactivación reciente del mercado del arte le debe mucho a todo ello -aparte de a otras razones bien conocidas de afloramiento de economías sumergidas- y por lo tanto el tema merecería una reflexión más pausada. No quiero decir con ello que debamos dejar de felicitarnos de que, por fin, también en España empiece a formarse una cierta cultura del coleccionismo corporativo y la esponsorización -seguramente es el "modelo americano" y será el cada vez más triunfante en la perspectiva de un mundo globalizado en el que el de las corporaciones es el interés operativo con mayor capacidad de decisión- pero sí que deberían instrumentarse medios para asegurar que este coleccionismo se desarrolla bajo patrones claros y de calidad, y que su impacto sobre el campo general de los valores estéticos (dado el peso y la influencia de las decisiones de compra que se toman en este terreno), no borra el efecto corrector del propio discurso crítico, de la propia valoración estética pausada y no sometida a los vaivenes del capricho empresarial y la libre conducción de sus intereses de promoción de imagen. Vale que sin duda Arco pone ya medios para procurar que este coleccionismo oriente bien sus actuaciones públicas (asegura que esas colecciones se realizan bajo asesoramientos expertos, aunque quizás demasiado recurrentemente concentrados en manos reiteradas), y vale también que desde la perspectiva del libre mercado que defiende el partido en el gobierno podría argüirse que ninguna intervención correctora sería lícita. Pero me parece que hablamos también de una cuestión de interés público (como es la experiencia estética y la transmisión y asentamiento social de las prácticas y valores artísticos), y ahí quizás fuera bueno que el buen criterio y gusto de la dirección corrigiera la legítima libertad de actuación de las corporaciones. Es el valor simbólico y cultural de la feria y del arte mismo por extensión -que se convierta en puro espectáculo e industria del entretenimiento al servicio de los intereses de las corporaciones, vaciado de otros valores- lo que está en juego. Y si esos valores se pierden, entonces perdemos todos ... |
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