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Ahora el Centro Galego de Arte Contemporáneo
nos ofrece una exposición comisariada por María del Corral
con 26 obras que son el reflejo de su trayectoria desde hace
más de 20 años. Fotografías en blanco y negro de su cuerpo
o parte de él, sobre las que el gesto del color hace su aparición
provocando un valor simbólico iconólogíco -blanco pureza,
negro ausencia de luz, azul espacio, rojo drama. El punto de partida para Helena Almeida es el cuerpo -"la obra es mi cuerpo, mi cuerpo es mi obra", declara-. A partir de el su cuerpo genera espacios e imágenes. No hay ninguna experiencialidad dramática. Al contrario, de lo que se trata es de intervenir los términos, de apropiarse del lugar del arte, de la imagen pictórica. Su cuerpo se coloca dentro del lienzo y así la pintura ya "era lienzo habitado". Esta determinación se va materializando a
través de su trayectoria. Su obra siempre construida, eliminada
la presencia del azar -tal vez sólo relegado al espacio de
la reflexión-, va evolucionando eliminando primero el color,
después otorgándole una especial atención al espacio formal
o arquitectónico, y finalmente -como en esta última década-
trabajos que amplían las dimensiones y traicionan la escala
humana. Desde el interior de la obra, desde su "otro"
ya en el mundo, Helena Almeida nos sumerge en una narración
onírica, con un cierto tono surrealista. El cuerpo, su cuerpo,
ya no es lo que parece -una araña, un vestido, una transformación
del espació real-. Su estrategia desajusta el mundo, transforma
nuestra mirada, nos sorprende. Desde un lirismo extremo, desde
una introspección absolutamente personal del yo- nos encontramos
con otra forma de contar, y de ver el mundo. La intrusión en la representación, la intervención consciente en la disyuntiva de lo real / la pintura es lo más atractivo de su obra. Esta intrusión mediante el cuerpo -metáfora al mismo tiempo de la figura del sujeto constituido en artista-, es en definitiva lo que hace a su obra más contemporánea. Nos interroga sobre un espacio desajustado cada vez menos ajeno a nosotros mismos por decisión epocal.
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