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La primera, puente, nos muestra un espacio transicional, un lugar que lo es justamente como "no-lugar", como in-between entre dos espacios (incluso podríamos decir: entre dos situaciones), entre dos mundos. El primero de esos dos mundos está pegado a la tierra por la fuerza de los años, el segundo en cambio resulta de la imposición de un interés instrumentalizador, la especulación inmobiliaria y su eficacia para transformar la propia tierra en mercancía. A medio camino, en ese espacio transicional que define el puente, el hombre se encuentra a sí mismo perdido y abandonado: el lenguaje y la acción son sus armas, pero también sus instrumentos de autodestrucción, aquellos en los que "el peligro crece" -para seguir aludiendo a Heidegger. Para quienes no han sabido nunca ver toda la fuerza política que descansa en los trabajos de Agut, esta obra llega casi a ese nivel de explicitación -de eso que llaman un "contenido social"- en superficie que ellos parecen necesitar. No sólo retrata una "situación" -incluso explicitando un cierto nivel de denuncia- sino que invoca un programa ético al respecto (y un planteamiento político nunca es sino la inscripción de una decisión ética en el terreno de la acción real). Flotando por encima de la situación, signos del "actuar" del hombre (las palabras pegadas en capas con dymo explicitan precisamente acciones, verbos) y una frase de Flaubert ("ten a la vez tu vista en tus pies y la línea del horizonte") que quizás actúe ella misma como consigna del puente, de la necesidad de estar a la vez en dos lugares, frente a dos economías. Para entendernos: el universo del individuo y la inmediatez y aquella otra perspectiva de la universalidad y lo remoto, el más allá, la utopía quizás. Le damos la vuelta completa al teatrillo y en el otro extremo de la bambalina tenemos un segundo escenario, ruina, que quizás tiene en cambio algo de pronóstico lúgubre -o quizás describe más bien otra parte más de esa economía ética que Agut "declara" a través de su trabajo. Podríamos pensar que aquí Agut nos previene de los peligros de la acción -que todo el actuar humano culmina en una destrucción: si leemos secuencialmente los dos escenarios como fotogramas de un mensaje único quizás podríamos entender esto-. Si consideramos, de un lado, que nuevamente ese paisaje destruido, desmantelado, está atravesado justamente por descripiones "infinitivas" del actuar (por una lluvia de verbos); y de otro, el explícito interés de Agut por las "no acciones" (evidenciado en algunas otras de estas "piezas de dymo"), ésta resultaría una interpretación plausible. Como quiera que tengo un dato añadido -cedido por el propio artista y del que ahora os hago también entrega: que esa casa destruida que la pieza retrata era su propia casa- me parece que podríamos añadirle todavía una dimensión interpretativa a la lectura de este segundo escenario. Que de lo que Agut nos habla es también de su apuesta por un programa -ético, permitidme que insista en situar la obra de Agut en este terreno- que necesariamente pasa también por las figuras del desmantelamiento -en este caso de la propia figura del autor, metaforizada mejor que en ningún otro lugar en su propia casa-estudio. No sólo tenemos aquí aquél "destroyed room" implícitamente aludido de Jeff Wall (¿la "casa del arte"?), sino un programa en el que esas figuras del desmantelamiento se generalizan, como llevados de un impulso entrópico post-smithsoniano. Al paso de ese programa no sólo el lugar del autor queda desprotegido, sino también el del propio espectador y aún la economía completa del lugar de la expectación (la galería, forzada por una presencia que se "interpone" como una violencia que desorganiza radicalmente la normalidad ortogonal del espacio, quebrando cualquier facilidad de ver). En efecto, la pieza en su conjunto se niega a cualquier concesión: no se dispone en los lugares de la espectación natural (Agut sube las escenas muy por encima de la línea de horizonte definida por los ojos del espectador) y se incrusta en el espacio trazando diagonales inesperadas, en las que el espectador es sometido a una circulación dificultada, forzándole a un esfuerzo adicional de atención y memoria visual si quisiera entender (percibir simplemente) el montaje en su conjunto. Al otro lado de todos esos trabajos que regalan al espectador con soluciones facilonas, que le proveen lugares de esparcimiento o motivos de exculpatoria identificación, el trabajo de Agut está marcado por una impronta inconfundible de enormes autoexigencia y exigencia hacia el otro. Yo diría que es justamente en ello donde su trabajo destaca con un brillo propio por encima de un panorama saturado de baboserías, complacencias y populistas truculencias de seducción fácil. |
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