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Contemplando la exposición que Pep Agut ha realizado para el MACBA, pero sobre todo ideado , a partir de la materialización, o densificación, de diferentes proyectos estudiados y estructurados en mayor o menor grado de desarrollo durante los últimos años, nos vamos más y más excitando con el aserto derridiano en torno a la imposibilidad de una representación de la representación. Una excitación, digámoslo lo antes posible, estimulada por las serias dudas que nos provoca la aceptación tajante de dicha imposibilidad, no siendo ajeno a ello los avances y retrocesos con que la propia obra de Agut nos emplaza en términos de visualidad interpretativa, o interpeladora, de lo observado en función de un continuo e implacable determinismo de la función especulativa de la forma artística. La muerte de Sócrates es el inaugural ejemplo de que sí es posible una representación de la representación. Y lo es precisamente por que el mismo acto llevado a cabo por Sócrates, la cortés pero inapelable invitación a darse muerte por propia mano, supone para éste la posibilidad de completar la autorepresentación de un hecho que no admite la posibilidad del retorno, y para ello cuida delicadamente la admirable puesta en escena tal como hasta nosotros ha llegado relatada por un discípulo dilecto. La constante activación en el tiempo de la dramaturgia representacional de la muerte de Sócrates no debe tanto a la aplicada testificación del discípulo conmovido por la nobleza y olimpismo con que el maestro se dispone a traspasar el umbral del más allá, como al hecho de que el formidable atrezzo con que Sócrates teatraliza su propio final era digno de ser relatado para enviarlo al porvenir como herencia moral. Lo que aún nos sigue conmoviendo de dicho relato es la precisión y el rigor intelectual con que Sócrates se despide del mundo representando una representación, pues la muerte es sentida por éste como la extraordinaria oportunidad de privar de vida a un cuerpo (un actor), que a su vez permite la existencia trascendente de un sujeto moral (él mismo, el no actor, el que no muere). Con esta separación de intereses surge el ilusionismo representacional que ha pautado la dimensión expresiva de la retórica artística occidental, con una representación (acción, gesto, forma, contenido) de la representación (ilusionismo trascendente de la muerte vencida). Me resisto a no calificar esta admirable y compleja exposición de Pep Agut como "Tentativas sobre lo trágico ", robándole, además de pluralizando su contenido, a Peter Szondi el título de su celebre ensayo. Tentativas por que las obras expuestas, rotundas en su totalidad, son el resultado (completadas en su argumentación formal y final) de la violenta aleatoriedad del proceso creativo, y con ello la angustiosa (en términos no ontológicos, pero sí como alteración de los espacios generadores de interpretación de lo humano) de que todo acto que se incursiona en los universos ficticios, valga la redundancia, de la ficción está obocado tarde o temprano a enfrentarse con la violencia, por el artista creada, de la representación de la "Representación", como un alias dotado de propia autonomía discursiva, y ya independizado de la inicial servidumbre de acatamiento a un determinado orden establecido. "Als actors secundaris ", título otorgado por Pep Agut al conjunto de la exposición, niegan la imposibilidad de una representación de la representación, pero además ellos mismos (los actores, los sujetos de ficción, los no protagonistas de la dramaturgia, los Sócrates que escenifican la ficción expansiva y multiplicadora de su propio final) son los elegidos para la materialización de una nueva lengua, de un nuevo estatuto de lo que, podríamos definir, como la materialización y conquista de una lengua ya definitivamente, y siguiendo a Canetti, "absuelta", rota pero finalmente liberada. Vamos a desarrollar este argumento con un ejemplo que creemos muy importante. Muy poco antes de su suicidio, Primo Levi publicó un libro que recogía parte de sus ensayos ("L´altrui mestiere ", Einaudi, Torino 1.988); en dicho volumen aparece un pequeño texto, "Sullo scrivere oscuro ", en el cual analiza la poesía de Paul Celan como el balbuceo inarticulado o el estertor de un moribundo, "pienso que el Celan poeta debe ser más meditado y compadecido que imitado. Si es el suyo es realmente un mensaje, se pierde en el ruido de fondo¹: no es comunicación, no es lenguaje, o todo lo más es un lenguaje oscuro y mutilado, solo, como todos lo estaremos en el trance de la muerte". Probablemente la justa observación de Levi sea la mejor lectura que se haya hecho del tantas veces citado, mal citado, aserto adorniano sobre la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz. Así es, la única lengua posible después del horror extremo, allí donde lo humano se enfrenta, en negativo, a su propia consciencia como tal ("Si esto es un hombre ", dice el propio Levi en su dolorosa narración como visitante del infierno), es el balbuceo inconexo de algo que ya sólo puede ser una representación de la "Representación": la inteligencia liberada de los actores secundarios, los "póstumos" de Nietzsche, los elegidos para la formulación trágica de la nueva lengua rota. De ahí, que el mayor triunfo que se nos antoja conseguido por Pep Agut en esta exposición radique en dejar constancia de lo doloroso que resulta crear el discurso representacional de la imposibilidad clásica de las formas. Y dichas tentativas son igualmente trágicas por que toda la exposición es un admirable e inteligentísimo ejercicio de que si bien es posible la representación de la representación, no lo es tanto el desplegamiento y puesta en circulación de la inteligibilidad de esa representación, y aquello que excede, amenaza o socava esa inteligibilidad. Con otras palabras: ¿Qué lugar asignar, dentro del código de la representación, aquello que, como el deseo, perturba, maltrata, entorpece y confunde el orden establecido de la representación que debe a la inteligibilidad el viático para su propia supervivencia en tanto que manifestación de la retórica de los hechos y las cosas? Todas estas preguntas van a favor, como un activo añadido de trágica y dolorosa imposibilidad, de la extraordinaria y generosa capacidad creadora de Pep Agut. No sabría decir si esta es la mejor exposición, de todas las que hemos podido contemplar, de Pep Agut. Sí diría que es la más lúcida, la más desnuda, la que más arriesga, la más desesperada (en su aceptación, insistimos de nuevo, no ontológica, pero sí de simple y pura transgresión expresiva), la más obscura y sombría, porque, siguiendo a Blanchot, "la luz era casi demasiado visible, no alumbraba". |
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