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Nada
más encontrarse con el enorme caballo, construido con pequeños listones
de madera pintados de rojo, mi hijo pequeño pronunció una frase categórica:
“Me gustan las cosas que están bien hechas”. No tiene nada de oracular,
al contrario, en la obviedad de esa declaración hay una remisión a una
dimensión materialista. Recordaré el vínculo que establecía Nicolas Bourriaud
entre la estética relacional y el materialismo aleatorio, ese atenerse
a la contingencia del mundo, desde la conciencia de que una búsqueda mayúscula
del sentido puede tener algo, sencillamente, de regresivo. Las situaciones
construidas que inundan, casi ortodoxamente, el mundo del arte contemporáneo,
suelen deslizar una visión del arte como práctica lúdica, unos juegos
(de mesa o de manos, tanto sirven los coupiers como los trileros) que
están más allá del famoso nihilismo del final de partida. Las operaciones
que, por ejemplo, Gabriel Orozco ha desarrollado en el corazón de lo “inframinúsculo
social” (desde su gesto de depositar naranjas sobre los puestos de un
mercado brasileño desierto hasta la bola suspendida sobre la mesa de billar)
o los sarcasmos de Cattelan (ya sea en su reducción de Hitler a una especie
de escolar arrodillado o en el performance del fakir enterrado) adquieren
en Veilhan una modulación en la que circula entre la sutileza del uno
y la provocación paródica del otro.
Hay
un intento de desmantelar géneros clásicos, como el de la escultura ecuestre,
así como una revisión de lo fotográfico, distanciándose de la retórica
teatral que también es hegemónica. Dan Cameron señalaba, en el catálogo
de la exposición de Veihman en Le Magazín de Grenoble, que este artista
se dedica a “salvar las apariencias”, jugando con la idea de verdad (que
puede llegar a ser, literalmente, algo imposible de aceptar). Su universo
de réplicas nos lleva más allá de la situación, característicamente postmoderna,
de precesión de los simulacros, teorizada en extenso por Baudrillard.
Veilham disfruta componiendo historias que no tienen nada de heroico:
unos personajes intentan darse una explicación al ver la torre Eiffel
semiderruida, otros miran un dirigible que está demasiado cerca del suelo.
Pero también están sus construcciones en las que, al penetrar, se siente
una mezcla de extrañeza y diversión: el bosque de tela sintética o la
gran gruta hecha con moquetas, una especie de mundo en el que el sujeto
de la era cibernética puede retornar irónicamente al contexto troglodita.
Tras
las variaciones sobre las bicicletas o la conversión de una moto en motor
para un torno de alfarero, Veilhan monta, pacientemente ese caballo que
me remonta al recuerdo (lastimoso) de las clases de marquetería de la
escuela. Allí no faltaban los “virtuosos” que eran capaces de hacer un
fuerte apache con palos de polos o la catedral de Burgos con palillos.
Odiaba, con todas mis fuerzas, aquel adiestramiento infantil en los llamados
“trabajos manuales”, tanto como ahora me fascinan los brico-consejos que
un clan vasco administra catódicamente. Bien es verdad, que el irónico
Veilhan, colega de creadores como Pierre Bismuth y Pierre Huyghe, y,
sin lugar a dudas, una de las figuras más destacadas de una generación
en la que también han comenzado a imponerse las obras de Philippe Parreno,
Angela Bulloch, Dominique Gonzalez-Foerster o Liam Gillick, no convierte
sus obras, afortunadamente, en un archivo de codificación conceptual.
Al contrario, hay en sus propuestas una resistencia a la “interpretosis”
y una preferencia por un mundo en el que los juguetes han aumentado su
escala, las máquina célibes pierden su dimensión trágica para ofrecer
algo más sabroso y la comunidad parece que se reorganiza micrológicamente.
Si lo real retorna es como huella, impresión directa, algo ejemplar en
los fotogramas que muestra en esta exhibición en los que la aparición
de la calavera (lejos de la melancolía neobarroca) o los vasos (acaso
en una evocación de lo festivo) son menos decisivos que ese lazo de cuerda
que es la encarnación de una ambigüedad que a todos, mal que nos pese,
nos afecta.
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