Monumento lúdico y huella de la ambigüedad.

Fernando Castro Flórez.
Xavier Veilhan. Galería Javier López. Madrid
Febrero - Marzo 2002

Nada más encontrarse con el enorme caballo, construido con pequeños listones de madera pintados de rojo, mi hijo pequeño pronunció una frase categórica: “Me gustan las cosas que están bien hechas”. No tiene nada de oracular, al contrario, en la obviedad de esa declaración hay una remisión a una dimensión materialista. Recordaré el vínculo que establecía Nicolas Bourriaud entre la estética relacional y el materialismo aleatorio, ese atenerse a la contingencia del mundo, desde la conciencia de que una búsqueda mayúscula del sentido puede tener algo, sencillamente, de regresivo. Las situaciones construidas que inundan, casi ortodoxamente, el mundo del arte contemporáneo, suelen deslizar una visión del arte como práctica lúdica, unos juegos (de mesa o de manos, tanto sirven los coupiers como los trileros) que están más allá del famoso nihilismo del final de partida. Las operaciones que, por ejemplo, Gabriel Orozco ha desarrollado en el corazón de lo “inframinúsculo social” (desde su gesto de depositar naranjas sobre los puestos de un mercado brasileño desierto hasta la bola suspendida sobre la mesa de billar) o los sarcasmos de Cattelan (ya sea en su reducción de Hitler a una especie de escolar arrodillado o en el performance del fakir enterrado) adquieren en Veilhan una modulación en la que circula entre la sutileza del uno y la provocación paródica del otro.

Hay un intento de desmantelar géneros clásicos, como el de la escultura ecuestre, así como una revisión de lo fotográfico, distanciándose de la retórica teatral que también es hegemónica. Dan Cameron señalaba, en el catálogo de la exposición de Veihman en Le Magazín de Grenoble, que este artista se dedica a “salvar las apariencias”, jugando con la idea de verdad (que puede llegar a ser, literalmente, algo imposible de aceptar). Su universo de réplicas nos lleva más allá de la situación, característicamente postmoderna, de precesión de los simulacros, teorizada en extenso por Baudrillard. Veilham disfruta componiendo historias que no tienen nada de heroico: unos personajes intentan darse una explicación al ver la torre Eiffel semiderruida, otros miran un dirigible que está demasiado cerca del suelo. Pero también están sus construcciones en las que, al penetrar, se siente una mezcla de extrañeza y diversión: el bosque de tela sintética o la gran gruta hecha con moquetas, una especie de mundo en el que el sujeto de la era cibernética puede retornar irónicamente al contexto troglodita.

Tras las variaciones sobre las bicicletas o la conversión de una moto en motor para un torno de alfarero, Veilhan monta, pacientemente ese caballo que me remonta al recuerdo (lastimoso) de las clases de marquetería de la escuela. Allí no faltaban los “virtuosos” que eran capaces de hacer un fuerte apache con palos de polos o la catedral de Burgos con palillos. Odiaba, con todas mis fuerzas, aquel adiestramiento infantil en los llamados “trabajos manuales”, tanto como ahora me fascinan los brico-consejos que un clan vasco administra catódicamente. Bien es verdad, que el irónico Veilhan,  colega de creadores como Pierre Bismuth y Pierre Huyghe, y, sin lugar a dudas, una de las figuras más destacadas de una generación en la que también han comenzado a imponerse las obras de Philippe Parreno, Angela Bulloch, Dominique Gonzalez-Foerster o Liam Gillick, no convierte sus obras, afortunadamente, en un archivo de codificación conceptual. Al contrario, hay en sus propuestas una resistencia a la “interpretosis” y una preferencia por un mundo en el que los juguetes han aumentado su escala, las máquina célibes pierden su dimensión trágica para ofrecer algo más sabroso y la comunidad parece que se reorganiza micrológicamente. Si lo real retorna es como huella, impresión directa, algo ejemplar en los fotogramas que muestra en esta exhibición en los que la aparición de la calavera (lejos de la melancolía neobarroca) o los vasos (acaso en una evocación de lo festivo) son menos decisivos que ese lazo de cuerda que es la encarnación de una ambigüedad que a todos, mal que nos pese, nos afecta.

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