Joana Vasconcelos: Tupperware Party
Lidia Merás
Galería Elba Benítez
Octubre 2001

La trayectoria de Joana Vasconcelos (París, 1971) se caracteriza por la creación de nuevos muebles o útiles reconocibles a partir de objetos comunes y próximos a la experiencia diaria. El ámbito doméstico del que proceden no pretende -aunque parta de una descontextualización- ser la causa de una barrera que produzca el extrañamiento en la contemplación del resultado. Se trata más bien de una respuesta desenfadada que rehuye el rigor y elimina el tedio de la acumulación a fuerza del empleo de enérgicas tonalidades.

La pieza más divertida y que nos introduce a lo que luego veremos en el interior es Plastic Party, una mesa construida en hierro expuesta a la intemperie en el patio de la galería que tiene de particular ser el sostén de infinidad de tupperwares -la colección de coloridos y utilísimos recipientes de plástico indispensable en la cocina de los noventa-. En un día de lluvia, las gotas chocan al tropezar en su camino con las superficies brillantes y de variopinto tamaño de los tuperwares añadiendo una atracción más a esta sinfonía alegre de formas y colores.

Una pieza similar es Brise, un sofá confeccionado con llamativas flores de tela que confirma el gusto kitsch de esta artista afincada en Lisboa que suele decantarse por la repetición seriada de motivos cotidianos. No obstante, sin duda la obra que más llama la atención del conjunto es Carmen, una falsa lámpara de casi tres metros de altura de la que cuelgan, por parejas, una colección de pendientes que sólo combinarían con un traje de faralaes adquirido en un saldo. Curiosamente, la primera exposición individual en España de Vasconcelos ha coincidido con «Cinemaspop», la muestra que Luis de Felipe presenta en la Casa de Vacas del Retiro, (donde, por cierto, hubiera podido cercar el ganado que le ha hecho famoso), una apropiación más o menos facilona de mitos cinematográficos y estrellas diversas de la gran pantalla. Si los ponemos en relación es porque, aunque no lo parenten a priori, tienen bastantes elementos en común. Aunque de antemano advertimos que la obvia operación que efectúa el que fuera director de arte publicitario durante años funciona siempre del mismo modo: recurre al icono preferiblemente hollywoodiense y realiza sobre él un comentario supuestamente irónico como lo es mostrar a Catwoman-Michel Pfeiffer merendándose a Mickey Mouse. Sin embargo, ambas visiones coinciden en una cosa, en el hecho de rescatar una cierta estética que podríamos encuadrar como pop revestida de un regusto cañí o lolailo propio de latitudes euroibéricas. Así, de Felipe multiplica la insigne efigie de Sara Montiel a modo de retrato a lo Warhol y no tiene reparos en homenajear la opera prima de Buñuel, Un perro andaluz, con una escultura en cartón piedra de un dálmata de lunares rojos ataviado con clavel y sombrero de señorito.

Menos efectista y más inteligente, Vasconcelos abusa de los colores planos y sin matices, las grandes escalas y estilo pop al igual que el anterior, pero de una manera en el que la búsqueda del guiño del público no resulta tan forzada como en el primero. Aún poniendo de relieve la dimensión kitsch y hedonista de unos productos de consumo que se transforman en otros con renovada función, no exprime el sustrato cómico que reside en la piezas resultantes, lo que permite que el espectador aprecie la ironía que subyace en ellas sin que se sienta ofendido.

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