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La
trayectoria de Joana Vasconcelos (París, 1971) se caracteriza por
la creación de nuevos muebles o útiles reconocibles a partir
de objetos comunes y próximos a la experiencia diaria. El ámbito
doméstico del que proceden no pretende -aunque parta de una descontextualización-
ser la causa de una barrera que produzca el extrañamiento en la
contemplación del resultado. Se trata más bien de una respuesta
desenfadada que rehuye el rigor y elimina el tedio de la acumulación
a fuerza del empleo de enérgicas tonalidades.
La pieza más divertida y que nos introduce a lo que luego veremos
en el interior es Plastic Party, una mesa construida en hierro expuesta
a la intemperie en el patio de la galería que tiene de particular
ser el sostén de infinidad de tupperwares -la colección
de coloridos y utilísimos recipientes de plástico indispensable
en la cocina de los noventa-. En un día de lluvia, las gotas chocan
al tropezar en su camino con las superficies brillantes y de variopinto
tamaño de los tuperwares añadiendo una atracción
más a esta sinfonía alegre de formas y colores.
Una pieza similar es Brise, un sofá confeccionado con llamativas
flores de tela que confirma el gusto kitsch de esta artista afincada en
Lisboa que suele decantarse por la repetición seriada de motivos
cotidianos. No
obstante, sin duda la obra que más llama la atención del
conjunto es Carmen, una falsa lámpara de casi tres metros de altura
de la que cuelgan, por parejas, una colección de pendientes que
sólo combinarían con un traje de faralaes adquirido en un
saldo. Curiosamente, la primera exposición individual en España
de Vasconcelos ha coincidido con «Cinemaspop», la muestra
que Luis de Felipe presenta en la Casa de Vacas del Retiro, (donde, por
cierto, hubiera podido cercar el ganado que le ha hecho famoso), una apropiación
más o menos facilona de mitos cinematográficos y estrellas
diversas de la gran pantalla. Si los ponemos en relación es porque,
aunque no lo parenten a priori, tienen bastantes elementos en común.
Aunque de antemano advertimos que la obvia operación que efectúa
el que fuera director de arte publicitario durante años funciona
siempre del mismo modo: recurre al icono preferiblemente hollywoodiense
y realiza sobre él un comentario supuestamente irónico como
lo es mostrar a Catwoman-Michel Pfeiffer merendándose a Mickey
Mouse. Sin embargo, ambas visiones coinciden en una cosa, en el hecho
de rescatar una cierta estética que podríamos encuadrar
como pop revestida de un regusto cañí o lolailo propio de
latitudes euroibéricas. Así, de Felipe multiplica la insigne
efigie de Sara Montiel a modo de retrato a lo Warhol y no tiene reparos
en homenajear la opera prima de Buñuel, Un perro andaluz, con una
escultura en cartón piedra de un dálmata de lunares rojos
ataviado con clavel y sombrero de señorito.
Menos efectista y más inteligente, Vasconcelos abusa de los colores
planos y sin matices, las grandes escalas y estilo pop al igual que el
anterior, pero de una manera en el que la búsqueda del guiño
del público no resulta tan forzada como en el primero. Aún
poniendo de relieve la dimensión kitsch y hedonista de unos productos
de consumo que se transforman en otros con renovada función, no
exprime el sustrato cómico que reside en la piezas resultantes,
lo que permite que el espectador aprecie la ironía que subyace
en ellas sin que se sienta ofendido.
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