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A riesgo de claudicar, de entrada, ante nominalismos
irrelevantes, y sin pormenorizar en contenidos, no deja de resultar harto
sorprendente que la persistente negativa a utilizar términos como
bienal o trienal —acaso para conjurar la retahíla de catástrofes que suponen—
para referirse a un acontecimiento que acabó como Barcelona Art Report
(sic), desemboque inopinadamente, en las páginas centrales del primer
número de la revista editada por Experiències (otra denominación
del certamen), en un colorista mapamundi con las principales bienales
internacionales que a lo largo y ancho de este mundo amargo se celebran.
Insisto: las principales, es decir, las occidentales —u occidentalizadas—,
ésas en las que, por otra parte, campa a sus anchas esa “Internacional
del Comisariado” que tanto frecuenta las listas de eventos artísticos
exitosos.
Se
llame como se llame el invento, lo cierto, y lo penoso, es que ha suscitado
los mismos perniciosos efectos y los mismos daños colaterales que suelen
desencadenar iniciativas forzadas cuyo fin último no es, desde luego,
el trabajo con las prácticas artísticas y la visibilización de la indudable
complejidad que éstas conllevan en los tiempos contemporáneos. Por el
contrario, esta manifestación ha devenido rápidamente una caja de Pandora
que en algunos casos no ha hecho más que alentar algunas aficiones sociales
de lo humano (ambiciones, personalismos, escalada, ansias de poder, transfuguismo,
compraventas, prebendas, presiones) y que, por lo mismo, ha defraudado
buena parte de las innúmeras expectativas (de todo punto excesivas, desde
luego) que ella misma había contribuido a crear, a base de dosis masivas
de iniciales torpezas metodológicas, indefiniciones terminológicas,
inconcreciones de contenido, divagaciones de fines, substituciones de
titulares, cancelaciones de colaboraciones... Ninguna explicada con claridad:
ninguna, por supuesto, explicable con claridad.
A tenor de la impresión de incomprensible
optimismo que sus responsables han querido transmitir a modo de clausura
(un optimismo no muy verosímil, por cierto), cabe colegir que debamos
pensar en este evento como en el modelo a seguir para próximas convocatorias:
por ello mismo, la sensación de hablar lenguajes diferentes se hace ya
verdaderamente insoportable. En el más rancio estilo (tan reiteradamente
denostado) fórmula/Primavera (un certamen, fotográfico o de diseño,
que bajo un título común aglutina una dispar e indiscriminada oferta expositiva
a lo largo de unos meses), Experiències ha falseado alevosamente
la composición y motivaciones de muchos de sus componentes fundacionales,
puesto que un porcentaje elevadísimo han sido muestras previamente programadas
por los respectivos centros, amén de los apuros y de las prisas organizativas
provocadas por esas mismas indefiniciones, junto a un más o menos confesado
horizonte previo en el que claramente se perfilaban afanes promocionales
de la ciudad y sus méritos artísticos en el ámbito, cómo no, internacional.
Una suma de factores, ésta, que sí altera el producto. Evidentemente.
Y unos resultados, a este respecto, muy por debajo de la línea de flotación.
Casi de dique seco.
¿Qué
queda?: básicamente la pastosa sensación —monumental resaca de garrafón—
de una gran polvareda (más mediática que real o, mejor dicho, forzadamente
mediática) que, por una parte, y durante un cierto tiempo, ha impedido
ver con detenimiento la auténtica naturaleza de las cosas, envueltas en
sus mismos polvos y que, en segundo lugar, ha acarreado esa misma impresión
de desertización que habitualmente comporta lo artificial magnificado.
Un efecto lejía que puede borrar el frágil equilibrio y la trama
de los distintos tejidos que perviven con dificultades en la ciudad. Dónde
queda, pues, el pretendido efecto dinamizador fundacional, dónde quedarán
los esfuerzos y los recursos tan descompasadamente empleados, cómo se
van a visibilizar nuevamente las dinámicas de trabajo propias de este
contexto, qué habrá aportado todo ello al colectivo de artistas y creadores,
cómo habrá contribuido a normalizar las relaciones de las prácticas artísticas
con la esfera de lo social, qué habrá supuesto como proyección exterior
de un sistema (?) de trabajo local, qué sentido habrá cobrado la tan escasa
permeabilidad al trabajo de la mayoría de agentes que vienen operando
en Barcelona en todos estos años, de qué contenidos dotarán a una publicación
del todo incomprensible que ya ha abandonado la esfera de la publicidad
y ha pasado directamente a la de la propaganda... ¿Dónde están, en suma,
hoy en día, sin efectos retóricos ni prácticas artistizadas, el debate
y el activismo, la socialización y la democracia radical, la agregación
y la experiencia? De aquellos polvos, estos lodos
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