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X. Lois Gutiérrez

[Tacita Dean en el Museu Serralves (Porto)]

Albergar memoria. No es –no ha sido nunca- un ejercicio fácil, otro espacio liso. Los efectos, las condiciones, las estrategias de la lógica espacial en la posmodernidad, mantienen todavía (y en plena vigencia) una pertubadora analogía con otra lógica, la del espectáculo (Pace Debord). ¿Habrán sido estos factores los que han sustuido a lo hemos querido entender como “tiempo histórico”? Asumir esta premisa, aceptémoslo; prefigura una cierta redimensionalización del discurso de la historia, incluso de la misma historiografía, que se ha venido produciendo a lo largo de los últimos treinta años. Redimensionalización que opera como una valija elemental para nuestra avidez temporalizadora, como dispositivo legitimador de una indistinción entre los hechos y sus interpretaciones; más allá incluso del torpe determinismo de aquella necesidad incansable de “objetividad histó(e)rica”. Esta fragmentación ha venido alentando subrepticiamente no pocas polémicas en torno a la cuestión de “hacer”, de “pensar” la historia en/de la posmodernidad. Hempel, F. R. Ankersmit, J.H. Hexter o Hayden White han granjeado con sus desiguales contribuciones, cortocircuitos, derivas, debates; artilugios generosos pero incapaces de cualquier modo, de soportar la hipotética sospecha que de la historia ya sólo cabe construir narraciones “lo más estéticamente posibles”. Sea como sea, esta conclusión se decide sobre las estrategias disponibles.  ¿Se puede cubrir un doble frente, significativo por pura desafección: la superación de una presión logocéntrica propia de una historia universal y el fenómeno expansivo de una relativista sobreproducción en el discurso historicista del multiculturalismo sin caer en una ficcionalización irreversible?

Pero pensar en otros ejes, en otros modos, supone atribuir la complejidad del mundo a la complejidad de su propia historia e implica, dolorosamente, desechar ciertas políticas de la amistad y espacializar la temporalización en estratos, en cúmulos narrativos. La historia producida desde sus figuras discursivas, sus formas retóricas, sus estructuras verbalizadoras. Narraciones, otras narraciones, pero autogeneradoras de enlaces estructurales, de shifts liberadores de cierta teleología que ha comprometido a las genealogías del arte de este último siglo bajo simulacros de evanescencia programada y secularizaciones posplatónicas sobre la (in)agotable alteridad del convencionalismo de lo neo (Jamenson).

La tarea sería entonces, albergar memoria en su lugar. Porque si de hecho lo admitimos como un ejercicio escurridizo es por su prístina imposibilidad de normalización jerárquica, por su contínua enunciación desde la misma inmanencia del acontecimiento. Es ciertamente una experiencia ruinosa, en el sentido más derridiano posible. Como aquel Sócrates de Valery, devolviendo al agua imaginariamente ese enigmático objeto encontrado ante el mar. No era un gesto anecdótico. No lo abandonaba para pensar sobre él, sino para recrear el lugar de una ausencia, para delimitar la estructura de lo que era ya inactualidad. Quizás, sólo quizás para albergar memoria, aunque todo su aparato estuviese condenado ya, de una vez por todas, a “arruinar el tema, la posición, la presentación o la representación de cualquier cosa”. (Derrida)

De alguna manera, los trabajos que Tacita Dean (Canterbury, 1965) ha presentado recientemente en el Museu Serralves de Porto, conceden a esta relectura del Sócrates de Valery un taimado valor de metonimia. Además de la exultante versatilidad de sus producciones, habría que reconocer la desconcertante pertinencia de estas obras (sobre todo sus filmaciones de 16 m/m) dentro del programa global que el centro portugués ha dispuesto en los últimos tres meses; que incluía una muestra de Bern y Hilla Becher junto a una documentada y rigurosa exposición de los trabajos más significativos de Robert Smithson. El análisis de los enunciados que maneja Tacita Dean plantean correlatos desde las condiciones de posibilidad de un discurso suficientemente específico que implosionan en todo un conjunto de formulaciones que son producidos desde la materialidad de sus referentes (reconstrucciones contextuales y/o ambientales, relecturas proyectivas o simplemente presentaciones documentalistas sobre la propia idea del viaje, el hallazgo o la propia naturaleza). Pero lo verdaderamente inquietante en las proyecciones como “Bubble House” (1999) o el vídeo “From Columbus, Ohio to the Partially Buried Woodhoused” (1999) no es su intrínseca coherencia como ejercicios de desvelamiento o visibilidad, sino su sencillez como aparatos de revelación de aquellas fisuras epistemológicas en una realidad sistemáticamente débil y la confianza hermenéutica que todas sus narraciones despliegan. Esta paradójica complentariedad, resitúa en tiempo real cada suceso en una línea temporal de densa fractalidad, como eventos recuperados en sitios sincrónicos; propone misiones resemantizadoras auténticas. A saber, siendo articulaciones que pretenden dar cuenta de un intento de rescribir la memoria en psicotopoi cargados de una gran potencia referencial –por lo tanto, cerrados- sólo cabe plantear una atenta exploración de la relación entre pasado y presente, entre experiencia y memoria, entre ruina y huella: casi arqueología. Aqueología en paralaje, pues cada resto no puede modificar ni el ser ni la presencia del ser, sino que señaliza una cierta iterabilidad, pero finita; una repetición única, pero sin renacimiento. Arqueología no ontológica, no antológica, pues “es un intento de revelar prácticas discursivas en su complejidad y densidad” (Foucault). De lo que hablamos, ya sin préstamos, es de ir más allá de  posicionamientos funcionalistas, de componer reglas que movilicen las relaciones que producen un andamiaje suficientemente estable, sin causalidad, sin centro; admitiendo incluso que “todas las cosas del mundo material implican en ellas, su finitud, su corruptibilidad, su propia negación” (Morin). La fijación de Tacita Dean en la catastrófica conclusión de la expedición de Donald Crowhurst, afamado aventurero británico, es sintomática. En su filmación (“Teigmouth Electron”, 2000), se limita a recrear este acontecimiento sólo desde la exposición literal de la ruina de su embarcación. Este naturalismo no es perverso, se produce desde una poiesis que surge sobre la organización paradigmática de los hechos y su interpretación y/o traducción, sobre una descarnada debilidad metafísica para mantener estable una narración completa. Solamente memoria en su precariedad, memoria de restancia, sobre la inestabilidad de un rien du tout que implica nuevos modos de significación justo desde el interior de nuestro imaginario, pero no sobre realidades empíricas observables, sino por la necesidad de producir determinados objetos y no otros, sobre lo que puede-ser-dicho-todavía y las posibilidades que lo delimitan.

Así que aunque podamos (y debamos) atisbar cierta promesa de esperanza ya solo queda determinar el valor de estas materilizaciones en su propia condición de utopía, de imposibilidad posible (F. J. Pereira) que se regocija en su propia levedad ontológica (Castro Nogueira). Es, de todos modos, un régimen de búsqueda, de seguimiento diferido, con doble direccionalidad; pero sólo como potencia, sólo como argumento consciente de si finitud y de su contínuo descentramiento en régimen regresivos de aceleración menor. Como una arqueología retorcida, albergando memoria sin rewinding, una arqueología intransitiva cuyo secreto es que ya no existe secreto.

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