|
|||
Albergar
memoria. No es –no ha sido nunca- un ejercicio fácil, otro espacio liso.
Los efectos, las condiciones, las estrategias de la lógica espacial en la
posmodernidad, mantienen todavía (y en plena vigencia) una pertubadora analogía
con otra lógica, la del espectáculo (Pace Debord). ¿Habrán sido estos factores
los que han sustuido a lo hemos querido entender como “tiempo histórico”?
Asumir esta premisa, aceptémoslo; prefigura una cierta redimensionalización
del discurso de la historia, incluso de la misma historiografía, que se
ha venido produciendo a lo largo de los últimos treinta años. Redimensionalización
que opera como una valija elemental para nuestra avidez temporalizadora,
como dispositivo legitimador de una indistinción entre los hechos y sus
interpretaciones; más allá incluso del torpe determinismo de aquella necesidad
incansable de “objetividad histó(e)rica”. Esta fragmentación ha venido alentando
subrepticiamente no pocas polémicas en torno a la cuestión de “hacer”, de
“pensar” la historia en/de la posmodernidad. Hempel, F. R. Ankersmit, J.H.
Hexter o Hayden White han granjeado con sus desiguales contribuciones, cortocircuitos,
derivas, debates; artilugios generosos pero incapaces de cualquier modo,
de soportar la hipotética sospecha que de la historia ya sólo cabe construir
narraciones “lo más estéticamente posibles”. Sea como sea, esta conclusión
se decide sobre las estrategias disponibles. ¿Se puede cubrir un doble
frente, significativo por pura desafección: la superación de una presión
logocéntrica propia de una historia universal y el fenómeno expansivo
de una relativista sobreproducción en el discurso historicista del multiculturalismo
sin caer en una ficcionalización irreversible?
Pero pensar en otros ejes, en otros modos, supone atribuir la complejidad del mundo a la complejidad de su propia historia e implica, dolorosamente, desechar ciertas políticas de la amistad y espacializar la temporalización en estratos, en cúmulos narrativos. La historia producida desde sus figuras discursivas, sus formas retóricas, sus estructuras verbalizadoras. Narraciones, otras narraciones, pero autogeneradoras de enlaces estructurales, de shifts liberadores de cierta teleología que ha comprometido a las genealogías del arte de este último siglo bajo simulacros de evanescencia programada y secularizaciones posplatónicas sobre la (in)agotable alteridad del convencionalismo de lo neo (Jamenson). La tarea sería entonces, albergar memoria en su lugar. Porque si de hecho lo admitimos como un ejercicio escurridizo es por su prístina imposibilidad de normalización jerárquica, por su contínua enunciación desde la misma inmanencia del acontecimiento. Es ciertamente una experiencia ruinosa, en el sentido más derridiano posible. Como aquel Sócrates de Valery, devolviendo al agua imaginariamente ese enigmático objeto encontrado ante el mar. No era un gesto anecdótico. No lo abandonaba para pensar sobre él, sino para recrear el lugar de una ausencia, para delimitar la estructura de lo que era ya inactualidad. Quizás, sólo quizás para albergar memoria, aunque todo su aparato estuviese condenado ya, de una vez por todas, a “arruinar el tema, la posición, la presentación o la representación de cualquier cosa”. (Derrida)
Así que aunque podamos (y debamos) atisbar cierta promesa de esperanza ya solo queda determinar el valor de estas materilizaciones en su propia condición de utopía, de imposibilidad posible (F. J. Pereira) que se regocija en su propia levedad ontológica (Castro Nogueira). Es, de todos modos, un régimen de búsqueda, de seguimiento diferido, con doble direccionalidad; pero sólo como potencia, sólo como argumento consciente de si finitud y de su contínuo descentramiento en régimen regresivos de aceleración menor. Como una arqueología retorcida, albergando memoria sin rewinding, una arqueología intransitiva cuyo secreto es que ya no existe secreto. |
|||
|
Todos los derechos reservados © artszin
y los autores, 2000, 2001, 2002
|