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Poco importa, sin embargo, que esas imágenes que se nos muestran no tengan la apariencia -la textura, el colorido, el sonido- de la realidad. Pues, como dice la artista, “Sé lo que pasa si saturas el verde o el rojo”. Lo hace en la máquina porque “en la vida real los colores son tan intensos que cuando ves las películas normales siempre te parecen algo desvaídos”. La vida se parece más a una experiencia subjetiva distorsionada de sensaciones que a una supuesta imagen de lo real. Pippilotti Rist es una de las artistas que ha marcado con más fuerza las prácticas artísticas durante los años 90. Sus trabajos se inscriben dentro de un arte narrativo, cuyo tema es la memoria de la experiencia vivida que no es pasado sino que se hace presente. En cierta forma autobiográfico, pero que se sitúa más allá de la mera anécdota personal. Que hace del cuerpo, del deseo, del sexo, de lo fluído, del movimiento, y de la música, su leitmotiv. Y que además, por su estética y los procedimientos elegidos -próximos al llamado “cinema expandido”- nos proporciona un estímulo de frescura e inmediatez.
Comenzamos por saber que allí todo puede ser distinto. En “Ever is over all”, una mujer pasea –se desliza bailando casi como en un musical- por la calle rompiendo alegremente las ventanillas de los coches con una flor. Nadie se extraña. Los niños, los que pasan, un policía la saludan y la sonríen despreocupadamente. Después, en “Sip my Ocean” (1996), una de las piezas más contundentes, nos abre las puertas a toda la seducción del espectáculo al que vamos a asistir. La música regrabada del “Wicked Game” de Chris Isaac, y la proyección doble reflejada en la esquina de la sala, nos atrapa desde lejos en un mundo acuático subterráneo. A través de una mirada “ojo de pez” somos seducidos por escenas marítimas de extremo placer. Se crea una atmósfera psicodélica que coreografía unas imágenes caleidoscópicas, en las que sensualmente vemos caer al fondo del mar diversos objetos domésticos: una tetera, una taza, un viejo elepé, un juguete. Y en las que además un cuerpo de mujer en y sin bikini es visto a través de las olas. Mientras tanto en un loop sigue sonando la música...
… y nosotros sentimos que incluso en ese paraíso subacuático es posible la inquietud.
Pipilotti entra en esa categoría de artistas que señalan el advenimiento de un feminismo "pro-sex", la reapropiación de la moda femenina, el cambio de sentimiento hacia el cuerpo femenino. Una nueva generación de mujeres que señalan una transformación respecto a la anterior. Nancy Spector señalaba que “lejos de ser políticamente correctas, estas instalaciones problematizan la interrogación feminista sobre el placer visual como se ha puesto de manifiesto en el cine”. El viejo argumento del feminismo antiporno –“¿Cómo pueden las mujeres reivindicar la visualidad de su cuerpo, o su sexo, cuando esa visualidad ha sido construida tradicionalmente a la medida del deseo de los hombres?-” ya no vale para esta generación. Ellas exhiben sus propias experiencias, libres de prejuicio. Afirmando su sexo. El resto es el prejuicio de los demás. Un cambio de ambiente. Una sala oscurecida, una visión en principio transversal que le obliga al espectador a desplazarse. Y de nuevo otra imagen “Blue Bodily Letter”, un cuerpo salpicado de piedras preciosas de colores parece soñar con su nacimiento, mientras la situación es captada con una minúscula cámara de vigilancia que vuela sobre sus manos.
En la Bienal de Venecia del 97 Pipilotti presentó dos piezas que siempre me parecieron una forma enigmática de respuesta sobre nuestro presente. En el pabellón italiano una gran instalación recreaba el espacio más íntimo de la construcción del sujeto, una casa, un jardín, proyecciones de vídeo y música que recreaban recuerdos -memorias fragmentadas de experiencia. Y en el Arsenale un extraño mecanismo oculto tras una gran puerta que generaba unas pompas que se disolvían en el aire. En ambos casos la referencia era la caducidad. La importancia de esa narración de la experiencia intrascendente de lo cotidiano combinada inevitablemente con su fugacidad. Una combinación de extremo placer y de inquietud parecen convivir en los trabajos de Pipilotti con absoluta armonía. Puede que algunos se sientan soliviantados ante un espectáculo tan seductor, tan desenfadado, tan próximo a nuestra época. Pero sinceramente poco importa. Es la imagen técnica la que nos atrapa –sexo, sueño, placer, y música-. Pero la narración que ella nos cuenta es la de cómo toda experiencia vivida se diluye, fugaz e inquietante |
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