"Mi secreto está en otra parte"
J. Baudrillard
Hacer desaparecer a los otros. Olvidar, extraerlos
de nuestra mirada, de nuestros deseos. Casi es afortunado arrojarse a
otra afirmación baudrillardiana. ¿Pero, merece de veras, cualquier suerte
de ritual; tanto derroche de negación? Hay algo de cierto sin embargo,
en este decurso fatal. Allí donde no hay lugar para la seducción
(el espejo, nuestro deseo como mirada hacia el otro, objeto de
atracción sumergida o muerte final de Narciso) se impone el significante.
El deseo es entonces y sólo entonces “esa instancia literal o cúantica
que produce imágenes para disolverlas insaciablemente” (Luis Castro).
Otra promesa flotando en un becomig infinito, como añadiría Derrida:
“otro performativo”. Convencerse de esta maniobra inercial no implica
sin embargo anular la representación, estrangularla, diluirla; más bien
añade otra perspectiva para un nueva (otra) inmersión en una potencial
ideología del secreto que impone no obstante sus límites, sus contornos
apenas apreciables. Por que sin duda está dinamica nos afecta desde múltiples
registros, pero probablemente son más insoportables aquellos que conforman
lo visual y lo “lingüísticamente simbólico” y quizás el mirón -el
que mira-, el espectador o el voyeur sean sólo agentes materiales
del secreto de la representación, justo en el interior de la densidad
de nuestro imaginario.
La
pianiste (Michael Haneke, 2001) es, en este sentido, una película
sobre la mirada, sobre las imágenes de la mirada: los cuerpos (la crudeza
del dolor físico, la imposición de una belleza fuera de la ciencia de
la estética ), las propias imágenes (las ensoñaciones de una mujer interpretada
magistralmente por una Isabelle Huppert realmente arrebatadora), el lenguaje
del deseo (la música, todavía inocente, todavía música...). Todo
entonces es arrojado a un territorio de silencios, de secretos, de íntimos
encubrimientos que no son retribuidos desde cualquier patología o síntoma,
sino más bien desde la propia fuerza estatuaria del deseo: una potencia
que excéntricamente solo reproduce una simultaneización de representaciones
cada cual más alejada de una centralidad (la del propio sujeto) que es
constantemente amenazada por la mirada del otro, por un desgarro de la
inmediatez entre el Yo y su doble. De ahí que la narración lejos de imponer
una sobria y desgarradora lectura sobre los límites de lo normativo, propone
estancias en las que las imágenes arrojan al sujeto a una ruptura entre
el ser y el parecer. Inéditos intervalos de la glaciación contemporánea.
Un itinerario de desintegraciones calculadas y efectivas que nos arroja
a otra nueva versión del dolor, a la aterradora corporalidad del silencio,
del no-decir o del no-poder-decir. Parece como si la representación no
alcanzase, no lograse rozar apenas esa difusa frontera del aparecer, instalada
en esa tersura ensimismada del secreto que no nos devuelve la mirada,
sino que la arrebata, sin más solución que la imposibilidad ya nefasta
de no alcanzar el estatuto de lo real. Erika sueña constantemente con
un último acontecimiento, pero desde el cuerpo del deseo, desde el espesor
mismo de su (nuestro) imaginario, desde un lugar de vertiginosa alteridad
que convierte a la realidad en network destramado, infinito; en
una promesa de elusión sin escape, en un increíble, cálido secreto: aquel
que se esconde desde la soledad más descarnada y autoconsciente. El deseo
se impone entonces como ese especio intersticial entre la ilusión y lo
real, recreando ad infinitum representaciones de mayor inmunidad
lanzadas hacia un no-ahora absoluto y fractal.
No
hay pues tiempo para el consuelo, para las palabras. Haneke incita desde
un nuevo pronunciamiento sobre las formas de dolor contemporáneo, una
reflexión sobre los límites entre lo que decimos y lo que ocultamos, entre
la condicionalidad de lo posible y la materialidad de las apariencias.
No hay espejo. Efectivamente, nuestro secreto está ya en otra parte. Disponiendo
egos mutilados por la densidad de unas imágenes que ya no se consumen
en nuestra percepción sino que emergen bajo una fuerte presión ontológica
más allá del cuerpo de nuestro imaginario.
Con la tesis flaubertina de crear una “novela sobre nada” la narración
de este último siglo asumió un impulso moderno que Haneke parodia en el
ensimismamiento de una mirada extravíada por ese vacío que rodea al objeto
del deseo, esa imposibilidad de alezeia ininterrumpida. Más que
alineación, es torsión especular, incapacidad de mimesis; más que silencio
es melodía persuasiva que impide la mirada. Todas las ventanas de Viena
simulan una extraña pantalla “que mortifica la visión” (N. Bryson), todas
las sonatas de Schumann dibujan un extraño, aterrador universo borroso
que arrastra los residuos una actualidad imposible, una inscripción metonímica
ilegible en el espacio de la representación.
|