Con
una impresionante selección retrospectiva del americano Raymond Pettibon
(su primera monográfica en España: casi 1000 dibujos sobre papel, varios
murales realizados ex-profeso para los espacios del museo, piezas de vídeo,
además de diversos materiales de archivo (música, libros, notas,
papeles, discos, objetos) configuradores de una cierta ambientación
cartográfica de los reiterados ámbitos de experiencia e intereses del artista,
el Macba acaba de iniciar lo que parece que va a constituir una especie
de trimestre de las subculturas populares y las visualidades contemporáneas,
ya que a lo largo de los próximos meses, además de la ya citada exposición
y de las consiguientes actividades periféricas, se presenta una muestra
retrospectiva de los últimos diez años del trabajo de Txomin Badiola, en
marzo, así como un ambicioso proyecto, Procés Sònic, ya en mayo,
y a cargo de Christine van Aasche, dedicado a mostrar las cada vez mayores
y estrechas relaciones y los fructíferos intercambios existentes entre prácticas
artísticas visuales y espacios de creación sonora en la escena cultural
internacional.
Debiendo
confesar, ya de entrada, una total entrega y una irrenunciable devoción
hacia su trabajo, no por ello debemos dejar de señalar que la obra de
Raymond Pettibon puede aparecer como tremendamente locuaz y eficaz
para quienes de una manera directa o indirecta participan de los múltiples
estratos del contexto cultural y cronológico del artista pero que, sin
embargo, en algunos momentos, puede mostrarse también como terriblemente
muda y encriptada para otros a quienes la lejanía vital de una experiencia
específica les impide reconocer, aun agazapados en la apabullante e imparable
avalancha de las poderosas imágenes que constituyen el conjunto del trabajo
de este artista (casi la única manera posible, a mi juicio, de ver y leer
su obra con una amplitud ciertamente totalizadora y sin dejarse llevar,
por tanto, por la evidente facilidad receptiva de un repertorio figural
más o menos afortunado, reducido en ocasiones sólo a su mera existencia
formal y visual), la más que innegable iconicidad y significación cultural
de tanto héroe, villano, cowboy, mito, starlette, asesino, zorra, músico,
hippie, visionario, yonqui, deportista, fulana, agorero, y personajes
de toda ralea que estructuran los dibujos y que capturan la mirada deambulante
y algo desbordada del espectador (lector), unos centenares de dibujos
cuyos diversos conjuntos y bloques, distribuidos y agrupados en esta muestra
por el propio artista, se nos aparecen a menudo a modo de raras novelas
de pared, fragmentos de folletines de aventuras y de intriga escritos
e ilustrados sobre los muros (en el más puro estilo Pulp Fiction),
casi la pervivencia de unos graffitis reconvertidos aquí en escrituras
más lineales y con una vocación mucho más narrativa, una suerte de nuevos
relatos contemporáneos, en fin, que siguen reclamando la atención sobre
los estatutos cambiantes y en permanente modificación de las imágenes
contemporáneas. Y de lo contemporáneo.
Dada la extrema conexión e interdependencia entre lo que es su trabajo
y lo que constituyen sus ámbitos de mundo y de vida, acaso podríamos hablar
de su obra en términos de una cierta politización de la experiencia y
de su representación, por una parte, y haciendo un especial hincapié en
la responsabilidad y la coherencia personales que ese tipo de posiciones
y de toma de partido comportan: aunque no por ello, por otra parte, deberíamos
dejar pasar la posibilidad de relacionarnos y aproximarnos a estos trabajos
en base a postulados que fijan sus cimientos en terrenos de un extremo
eurocentrismo, con códigos comprensibles sólo desde ópticas occidentales,
urbanas, capitalistas, y propias de sociedades avanzadas, por lo que también
en nuestro contexto más inmediato tal vez algunas de sus formulaciones
podrían aparecérsenos, en primera instancia, como tremendamente americanas
(y, más concretamente, características de un cierto modus operandi propio
de la costa Oeste y de su tradición contracultural), pudiendo con ello
mantener notablemente vigentes cuestiones acerca de cómo una mirada articulada
en torno a la actualización de lo exótico sigue instalada en multitud
de procesos de lectura, recepción y consideración de prácticas artísticas
vinculadas a contextos específicos, ya sean éstos de cariz geográfico,
racial, identitario, cultural o ya meramente instrumental.
Con
todo ello, la obra de Raymond Pettibon configura un intensísimo itinerario
a lo largo de los momentos más significativos que han jalonado y ampliado
los territorios y las experiencias de la contracultura y de las subculturas
populares y de consumo en los ámbitos de producción capitalista occidental,
y no sólo permitiendo sino directamente propiciando la contaminación y
el contagio de las esferas tradicionales de la alta cultura por parte
de otros modos y maneras pertenecientes a la cultura de masas y a los
medios de significación e impacto populares: el punk, los comics, la ilustración,
la música, el rock, las bajas culturas, las drogas, los media, la tv,
las revistas, los grupos de protesta, las tendencias juveniles, los estratos
del consumismo, la esfera de lo diario y cotidiano, la violencia, el sexo,
o los movimientos de liberación, y no acercando propuestas antagónicas
sino integrando las unas dentro de las otras, lo cual reafirma la oportunidad
de una muestra de estas características en un contexto artístico como
el de Barcelona, donde las distintas escenas que operan en el ámbito cultural
avanzado (creadores, públicos, escenarios, publicaciones, acontecimientos)
muestran un grado progresivamente más intensificado de interacción, de
trasvases y de fusión.
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