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El mismo que talla el timón en tiempo de trabajo
cuando se declara la guerra es el que talla la madera convirtiéndola en
lanza: afortunadamente, quizá virtud, su actuar coherente en una situación
u otra, consiste no tanto en que esas condicionantes puntuales que lo
obligan a ello sean idóneas para ejercitar su oficio, sino que, incuestionablemente,
ese hombre sabe tallar.
La
tentativa de conceptualizar el diseño como actividad específica, de resolver
ante la creciente industria el problema entonces planteado entre la utilitariedad
del objeto y su cuerpo estético, del “abajo el arte, viva la técnica”,
o la orientación del fervor experimental en sentido de actividad práctica,
de llevar el arte y su práctica a la vida, se torna insinuación insistente
en la primera década del pasado siglo XX, y toma carácter de radicalidad
cuando Rodchenko, en 1920, proclama el famoso Programa del grupo productivista;
sin embargo, aún así, en cuanto la enunciación de su práctica es indicada
a través de la palabra arte, por vincularse genérica y funcionalmente
con su contenido, el término diseño todavía no es usado, prefiriéndose
antes las denominaciones “arte industrial” y “construcción artística”,
derivadas al parecer del lenguaje constructivista que resolvían en parte
el “gran experimento” de: en lugar de llevar el arte hacia la vida, se
crearía culturalmente dentro de la vida misma. Fue la vanguardia rusa
—los padres del diseño, por tanto—, la única entonces, en comprender la
formulación hecha después por Harold Rosenberg:
Durante más de un siglo los movimientos artísticos radicales han
estado demandando le “desacralización” del arte y la disolución de todas
las barreras entre el arte y la vida. Tales esfuerzos están destinados
a fallar en tanto la palabra “arte” continúe refiriéndose a una categoría
especial de objetos.1
De aquellos planteamientos y actitudes sólo
dos cosas nos diferencian: primero, el desborde técnico y mediático erigido
condicionante límite de los usos y prácticas, y segundo, la no problematización
de tal desborde, por tanto una más que complaciente imparcialidad ante
el perfil que como estamentos absolutizadores de poderes los define. Sin
embargo, esas dos diferencias parecen no ser, de conjunto, la distinción
definitiva y legitima que nos aleja del fracaso eminente de cumplir con
la función esclarecedora que por contemporaneidad nos corresponde en ésta
‘comunidad de comunicaciones’; parecen no serlo —y aquí enfilo el sentido
hacia la ordenación estratégica y enunciativa de lo mostrado en el EACC—
en tanto el envoltorio supuesto, dicho “nueva forma de comunicación”,
o “visual”, continua refiriéndose a objetos categóricamente especiales,
por tanto de acotaciones artísticas. Referido, entonces, que bloquea descuidadamente
el cuerpo o impronta comunicacional, devenida, de modelo de reciprocidad
comunicativa, de transformación significativa de la subjetividad del opinar
y del querer, en entidad ficticiamente normalizadora de enunciaciones
pretendidas como legitimas representaciones de un universal. Lo presentado
no siempre se erige en (y como) representatividad activa de lo que la
literatura pretende conferir.
Nada de premuras anticipatorias. ¡Hum!
¡Hum! ¡Hum!... no es la expresión de ningún pensamiento, y sí la guturización
teatralizada, y reflejo, de un estado de incertidumbre creciente, y quizás,
cosa más que triste, de peligrosa perversión. Pensemos —pues nuestros
abuelos en estado de menos lujuria, cosas así nos legaron—, que la buena
mirada del ojo quieto y paciente, es sólo con la aurora cuando
hace suyo el conocimiento de la buena mañana, de su luminaria primera
como certeza del transcurrir posible, y así del andar prudente e inequívoco.
La
impronta técnica, tecnológica (tal vez de ella, la verborrea trasvasada,
la sacralización del made in mimético, por igual de segunda mano,
la cuasimetaimpronta porque simula ser o referirse a protos
inexistentes), aprehendida (como si así fuera) en un tiempo supuesto
real, y aprendida letra por letra massmediaticamente, no significa, no
debería significarse —interpretarse significado o dárselo al hecho— necesariamente
como marcha-designio único, o enfilado ciego, hacia el ajuste técnico-constructivo
de la producción de artículos hasta hoy resueltos desde una maquinal artesanía,
o en tal caso, y más (pensando en los tres niveles de constitutividad
en los que, desde éste mundo primero, se ha divido a un único conjunto
de viva culturalidad) desde la literalidad de lo artesanal. Como propia,
entiéndase, a cada situación técnica o desborde revolucionariamente
tecnológico, le es recíproco un estado de artesanalidad —de principio
oculto bajo la mística secreteada de su carácter estratégico: militar,
político, científico o económico—, que concluye convirtiéndose, tras su
colectivización progresiva y no “socialización”, en contratecnología,
y a ultranza, en sucedáneo mercantilizado y empobrecido (aunque necesitado)
del inicial estamento que como superación universal le permite instituirse
como posible. “El caracol viene, pero, ¿cuándo llegará?”, afirma
primero y luego nos siembra de dudas, un antiquísimo proverbio ruso, del
que jamás, como evidencia el tiempo que corre, ninguna campaña publicitaria
haría suyo como slogan; como menos lo harían, en letras gigantescas
y tubos de neón o a través del más exigente sistema de efectos especiales,
de ese otro del refranero tibetano, que dice, aún siendo milenario y cual
si tajante se refiriera a la actualidad, que “los corderos tienen la
gentileza de mamar de rodillas”. De ingenuidad, así por tanto,
debería calificarse cualquier esfuerzo comprensivo en torno a la santa
relación difusiva tecnología-massmedia, o diseño-comunicación,
a la contenida tarea explicativa de hacer accesible (por práctico y estético)
lo difundido, pues “... nunca implica —tal como afirma Gerardo
Mosquera— una transformación (y añado, de índole solidariamente
humana) a ese fin de lo difundido”2, por cuanto el destinatario global no constituye el criterio
que rige su distinción conceptual. Nada nos ordena u obliga a olvidarnos
de la pluma egipcia como símbolo de precisión para pesar las almas,
ni que el recorrido del dardo hasta la diana, de la unidad dardo, es su
sucesividad parabolizada y numerable, o de que en las letras figuradas
en el tablero Ifá de la santería afroamericana, es legible lo mismo el
nacimiento (bi) que la muerte (ikú). Criptizada, gaussianizada
de palabra y figura —comunicación e información, expuestos
y dispuestos como sinónimos de saber, modernidad, e incluso, imparcialidad—,
la elementalidad técnica, su ser adecuativo común, gana territorios de
alejamientos (pensado entonces, estrategia espacializadora, de desarraigo
abrupto y pérdida de los vínculos primarios de valoración) ante el
supuesto —pues por derivación, la retahíla y avalancha de nuevas herramientas
técnicas nos abocan a ello—, de la comprensión de tal ‘impronta’ como
el sentido de una práctica supratécnica establecida, por pretendida
—la idea de diseño decidida como totalitarización posible—, como correspondiente,
primero, con la época y dimensión de la idea de conocimiento que se cree
de ella tenemos, y luego, como cultivo (o cultivadora) de unos nuevos
productos, también de valor, cuya re-fundación y utilidad en apariencia
la abarcan: el objeto tradicional, en posesión de una tipología (incluso
estética) adaptable, es asumido por la nueva industria globalizante
(y el término industria, hoy más que nunca, supone mas que una unidad
con las prácticas del diseño, un matrimonio de conveniencias) por su maleabilidad
reelaborativa, por su seguir siendo —sofisticada ligereza— casi lo mismo
para un igual uso.
De
diseño(s), o como dice pronto, en las primeras líneas, su comisario Paco
Bascuñan, mucho antes de redondear su texto con las citas de Raffaele
Simone, Juli Capella e Ignacio Ramoné, de “un recorrido por las nuevas
formas de comunicación de lo que, hasta hace poco, hemos entendido como
diseño”3, va UN MÓVIL EN LA PATERA, DISEÑANDO EL SIGLO
XXI; de la contrastación esclarecedora de esas nuevas formas de comunicación
en tanto son ciertas, y para ello toma apoyo en obras de Kyle Cooper-Imaginary
Forces,Droog Design, Alberto Martínez, Martín Ruiz de Azua, Hector
Serrano, Snowcrash y Tomato, diseñadores unos, provenientes de una formación
“analógica”, y otros, formados íntegramente en eso que Raffaele
Simone a definido como “Tercera Fase”; de reelaboraciones, en unos casos
constatables, interactividad, reminiscencias cinéticas, video instalación,
intervenciones y objetos de especificidades artísticas.
“En principio —dice un amigo, sirviéndose del personaje principal
de su novela DE ESPALDA A LA LUNA, publicada hace unos pocos meses en
La Habana— una sucesión de vibraciones..., después, tres pitidos
o alguna melodía hiriente; entonces advertimos que alguien nos solicitaba
atención, nos procuraba telefónicamente”.
Ikikan kuin inché igbo4
No puede haber redefinición ni recorrido, si antes no ha
habido, no se ha producido, una aprobación definitiva, una cultural
definición, entendida entonces como superación respetuosa, y no por
ello menos arriesgada, de lo antecedido. En ocasiones —al margen de lo
diseñado con mayúscula, por tanto de la actitud diseño y de sus innumerables
acepciones—, parece entenderse como principio definitivo, y definidor,
de la estructura como tal construida, el devenir pronto, supuesto,
de su estetización, de esa impronta posible, como funcionalidad necesaria.
La sola intencionalidad, cual evidente falta de sucesión en la cadena
del acontecimiento, se antepone a la constructividad práctica de la cosa,
y por tanto a su uso; a esa exactitud-pluma, exacta pluma,
que ha de hacer nítido, funcional y bello, su cuerpo objetual y estar
pretendido, y que como símbolo de la precisión sirvió a los antiguos egipcios
para en los platillos de la balanza, entre otras muchas cosas de carácter
práctico, pesar las almas.
1Harold Rosenberg: The de-definitión of art,
Chicago, The University of Chicago Press, 1983.
2 Gerardo Mosquera: El diseño se definió en Octubre,
Ciudad de la Habana, Ed. Arte y Literatura, 1989.
3 Paco Bascuñan: Un móvil en la patera: Diseñando
el siglo XXI, Castelló, Espai D’Art Contemporani de Castelló, 2001.
4 “Un solo palo no hace monte”, Refrán en lengua
Lucumí usado comúnmente por los más viejos Olorichas o sacerdotes de
la santería afroamericana
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