Notas desde Venecia
Ana Martínez-Collado
Bienal de Venecia 2001. Platea de la Humanidad.
Julio-Sept 2001

Laura Horelli

Hay trabajos que -ausentes dramatismo estereotipado- sorprenden por su eficacia política. En este caso Laura Horelli hace suyo el lema de “La indignidad de tomar la palabra del otro”, y presenta una instalación con un escueto e impoluto mapa político del mundo en el cual los países con mujeres presidentes son marcados en gris. Ante la vasta imagen de estados mundiales éstos sólo aparecen como unas minúsculas manchas.

La investigación de Horelli también se desarrolla visualmente a través de seis collages de las imágenes de prensa más habituales de estas presidentas mujeres. Las conclusiones a las que llegamos son que, de hecho, las mujeres presidentas están localizadas en países marginales respecto a los centros de poder mundial, que en casi todos los casos hay una vinculación familiar respecto al poder, y finalmente que existe una uniformidad en su propia representación a pesar de las diferencias culturales y étnicas. La uniformidad de sus hábitos –buena presencia, mediana edad, vestidas con un similar  traje de chaqueta- insiste en la imposición inequívoca entre el poder y la representación.

Este trabajo sobrio mantiene una deuda con los procedimientos artísticos conceptuales de los años 70, y desde una perspectiva social crítica señala la posibilidad –y la necesidad- de hacer un arte comprometido con los presupuestos de ese supuestamente tan innecesario y desprestigiado feminismo contemporáneo. El poder y seriedad de la imagen pone en evidencia cualquier frívola discusión.

Charles Sandison

La atracción y seducción de la tecnología muchas veces son cuestionadas por su vaciedad de sentido, y su inevitable concesión al espectáculo. “Living Rooms” es una obra textual generada por ordenador. En esta instalación Charles Sandison nos introduce es un espacio oscuro en el cual son proyectadas distintas palabras que hablan de la constitución de nuestra propia existencia –male, female, child, mother, father, old, dead, ...- que en su propio movimiento reaccionan al entrar en contacto con otras, contando sus propias historias, viviendo sus propias vidas.

Como si fuera una metáfora de la temporalidad de la experiencia vital estas palabras al final de su recorrido y su evolución ingresan finalmente en una cadena para ser de nuevos expulsadas a la itinerancia del existir. Podríamos hablar incluso de esta obra como de una experimentación -en el espacio virtual- de los límites y vicisitudes del cuerpo en el tiempo y espacio. Incluso como de un interfaz en el que, como observadores, estamos invitados a contemplar y a identificarnos con el transcurrir de los ritmos biológicos a través de una interpretación que se produce en la yuxtaposición entre el discurso de los media y la teoría del psicoanálisis.

Tiong Ang

Tal vez no hay nada más difícil de soportar que la mirada de un niño. Sus ojos nos preguntan más allá de lo que pueden comprender, y de lo que nosotros les podemos explicar. ¿Cómo podemos justificar un mundo como el nuestro? ¿Qué les podemos enseñar?

Tal vez Tiong Ang lo sabía cuando intentado evitar lo imposible se situó en la pared del fondo de una clase de niños indios para intentar filmarlos. Inmediatamente, como  escribe se dio cuenta de que la posición era la equivocada. Ninguno de ellos fue capaz de mirar en otra posición. Mientras tanto ellos miraban, tal vez soñaban, y al tiempo repetían la lección en inglés. La profesora imperturbable repetía, y miraba sin parpadear los dibujos de la pared del fondo.

Finalmente, después de unos desesperados momentos, como Tiong Ang confiesa fue capaz, recuperando un cierto coraje, de dirigir la cámara hacia ellos antes de abandonar la habitación.

A través de este video, “School”, nosotros participamos del mismo desconcierto de la artista, la infinitud de la mirada de los niños nos abisma. Y las preguntas quedan de nuevo pendientes.

John Pilson

Unos de los trabajos más interesantes en la utilización del vídeo con un carácter narrativo –y también premiados- en la Bienal de Venecia son los del norteamericano John Pilson. Fruto de sus estudios en el programa fotográfico de Yale, y de su posterior trabajo como empleado en Manhattan, John Pilson convierte el tema del trabajo, y del espacio de trabajo, en el leit motiv de sus producciones, sumándose así a una reflexión más amplia sobre las condiciones de vida del sujeto en nuestra sociedad capitalista.

Enajenados de nosotros mismos, perdidos de lo que fuimos, y de nuestro futuro, hasta cierto punto absurdos, y por supuesto cómicos, una irrisión inclemente parece el modo adecuado para descubrir nuestra realidad como individuos trabajadores. Su objetivo, como él mismo describe, es "no tanto “subvertir” el espacio de la oficina como “abusar” de él”.

Fulminando en cierto punto diferencias entre fotografía, cine, y video John Pilson nos presenta aquí dos piezas, Mr Pickup (2001) y la su más reciente trabajo Á La Claire Fontaine. En la primera dentro de una tradición cinematográfica de cine cómico, Pilson innova respecto a otras producciones anteriores y mantiene una cámara fija observando a un abogado en su oficina que emplea una media hora en tratar –no lográndolo en repetidas ocasiones- de colocar unos documentos imprescindibles para una importante reunión en una cartera. El silencio de la pieza sólo es excepcionalmente interrumpido por los ruidos ocasionales de la oficina, teléfonos, papeles cayéndose en el suelo, y ocasionales tarareos del empleado –Can’t somebody help me, Jesús, y Oh, the Birds-.

En Á La Claire Fontaine –título que pertenece a una tradicional canción infantil francesa- una reflexión más oscura y pesimista parecen invadir las imágenes. En espacios de trabajo vacíos o invadidos por otros personajes a otras horas suceden cosas extrañas. En una de ellas una niña mira a través de los cristales el mundo exterior –una jungla de cristal repetida hasta el infinito como sucesivos espacios del mundo del trabajo-, y juega tal vez con lo único que se puede: el vaho de su aliento en el cristal. Mientras, un recuerdo tal vez, tararea una canción infantil. En otras una extraña y ocultada figura es bombardeada en un pasillo con pelotas de colores de juguetes. En otras la niña se esconde detrás de una gran planta de oficina. En otras parece estar haciendo los deberes.

Ironía, dudas, soledad. Tal vez un deseo de exorcizar el monstruo del gran capital. De hacernos pensar en nuestras vidas, en nuestros espacios vitales. Una voluntad de ironizar sobre el control y la influencia del trabajo y la tecnología en nuestras vidas.

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