Mulholland Drive: Hollywood, de David Lynch
Lydia Merás

Mulholland Drive es la sinuosa carretera que une Los Ángeles con las colinas de Hollywood, seductor lugar de origen de los sueños de celuloide. David Lynch ha adoptado este nombre para darle título a su última película, un particular homenaje al cine negro de los cincuenta al que ha añadido los toques turbios e inquietantes que le caracterizan. Con un Hollywood estilizado al máximo como escenario, Mulholland Drive relata la historia de la pérdida de la inocencia de una muchacha en la fábrica de los sueños, el conflicto cíclico de la lucha entre pureza y mal.

La idea partió, como en el caso de Twin Peaks: Fire Walk With Me (Twin Peaks: Fuego camina conmigo, 1993), de una serie que estaba prevista ser emitida por televisión. En este segundo caso no se llevó a cabo pero, a cambio, pudo realizarse el film cuya laberíntica sinopsis trataremos de despejar. Si bien no se trata de una narración lineal ni de coherencia absoluta, contiene el suficiente sentido como para hilar un argumento. El desarrollo de la trama queda lejos de lo que algunos han calificado de castillo en el aire. Maximilian Le Cain (1) ha observado que una interpretación plausible puede realizarse.

Un accidente de tráfico en Mulholland Drive frustra un intento de asesinato. A diferencia de sus captores, la potencial víctima sale ilesa pero, atemorizada, se refugia en el apartamento de una actriz jubilada que cree deshabitado. Al poco aparece Betty (Naomi Watts), la amable sobrina de la dueña de la casa, dispuesta a socorrer a la intrusa que padece una grave amnesia. Resolver el misterio de su identidad se convertirá en un juego que las dos mujeres protagonistas habrán de resolver y en el que implican al espectador, impaciente por recomponer lo sucedido. Sin embargo, los fragmentos de imágenes que presuntamente añaden nuevas pistas, en lugar de desvelar el pasado de Rita -nombre que la amnésica ha tomado prestado de un cartel de Gilda (Vidor, 1940)- narran algo muy diferente. Esquivando el convencional desenlace en el que averiguaríamos la identidad de Rita, lo que Lynch nos muestra es una vía paralela de la realidad en el que se produce un doble desdoblamiento de personalidades a través del cual se descubre la historia de venganza que efectúa una actriz sin éxito llamada Diane sobre su ex amante Camilla. Diane, después de ordenar el asesinato de Camilla Rhodes, fantasea con una versión idealizada de ella misma (la empalagosa Betty) en la que obtiene el éxito profesional que deseaba y recupera el amor de Camilla (Rita en la primera parte).

En el transcurso de las investigaciones tanto el espectador como Betty descubren que ella no es un personaje real sino uno ficticio imaginado por Diane. Es decir, poco a poco las exiguas pesquisas en el complejo rompecabezas propuesto resultan inútiles. El misterio que pretendíamos aclarar es una ilusión bajo la que se oculta otra verdad mucho más insospechada y perversa.

El carácter ingenuo y procedencia de Betty -una población del interior estadounidense que suponemos similar a las que aparecen en numerosos trabajos de David Lynch- acentúan el estereotipo fabricado y difundido por la maquinaria de Hollywood de la ilusionada aspirante a actriz que se aloja en el apartamento de su tía en Hollywood con el sueño de convertirse en una estrella cinematográfica. Pero como queda de manifiesto a lo largo del film, la única manera en la que Diane consigue triunfar es aferrándose a esta ensoñación pasajera en la que adopta a Betty como alter ego. Sin embargo, más temprano que tarde, Diane se verá obligada a enfrentarse con su verdadera existencia. En ella su díscola amante la ha abandonado por el director de cine Adam Kersher (Justin Theroux) que no tarda mucho en convertirla en la protagonista de su última producción mientras su carrera languidece hasta el punto de verse obligada a trabajar de camarera. El amor puro y devoto que Betty había demostrado, patente en el momento en el que renuncia a presentarse a una prueba porque Rita la necesita, no era más que una ilusión con la que Diane quiere compensar su sentimiento de culpa.

Interpretado por una sensual Laura Elena Harring, la fascinación que despierta Camilla Rhodes, que bien pudiera haber posado para Helmut Newton, afecta a todos aquellos que la conocen. Es el prototipo de mujer destructiva, estrella cinematográfica y, dado que la mismísima mafia se ha adueñado del film del que es protagonista, de chica del gángster. Bajo su maligno influjo cualquier arrebato de celos queda justificado e incluso la fracasada campaña de venganza de Diane suscita más compasión y simpatía que reproche. La obsesión que domina a su antigua amante desemboca en dos medidas drásticas: su suicidio y el intento de asesinato de Camilla a manos de unos matones. Precisamente estos dos reprobables actos son el origen de Betty, una versión naïve de la desdeñada Diane que pretende aplacar los remordimientos ante la traición sexual y profesional de Camilla.

Mulholland Drive y, por extensión, Hollywood, son lugares de los sueños incumplidos, donde las aspiraciones se ven malogradas e inducen al crimen y a la autodestrucción. Bajo la estela de desencanto subyace, no obstante, la sensación de que algo sobrenatural se escapa a nuestro entendimiento, una fuerza superior responsable de desencadenar todo mal. La enigmática caja azul cuyo contenido desconocemos o la aparición repetida pero inconexa del mendigo dejan un margen para el desconcierto. Aunque, como ha expresado Le Cain: "En Lynch no se trata de entender de un modo convencional, sino de ser capaz de ver a través del ciego trauma emocional de la revelación que ha transformado el mundo en fragmentos de apariencia de suelo que reflejan oblicuamente la realidad de la situación" (2). Resulta vacua, por tanto la intención de descubrir al asesino o de averiguar el misterio que se oculta. La realidad se presenta de manera incompleta con el propósito de que se pueda extraer una verdad parcial, velada por el sentimiento. Las citas al humor negro de Tarantino y a la estética kitsch televisiva de los años cincuenta estadounidenses no empañan la impresión neo-noir que obtenemos del film que, como reconocerán los aficionados al género negro, retrata la supervivencia en un mundo corrupto condicionado por las pasiones y el ejercicio de la violencia.

Notas:

1. Le Cain, Maximilian: «In Dreams: A review of Mulholland Drive», Senses of Cinema (sensesofcinema.com), marzo-abril, 2002.

2. ibid.

 

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