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Y la pregunta es: ¿cómo un museo que evidencia detestar así la vanguardia
–el arte contemporáneo- puede organizar una exposición sobre el Minimalismo?
Y la respuesta es: ¡exactamente como lo ha hecho!
Para
empezar, un montaje asesino, que ni el más extremo enemigo del minimalismo
podría haber concebido. Si el minimalismo “respira” a placer en espacios
industriales, amplios y abiertos –donde las “estructuras axiomáticas”
logren hacer sentir su tensión expansiva- el montaje elegido encorseta
cada pieza en una mojigata microcajita blanca, en habitaciones que sólo
sirven para ver pintura DIN-A4 –o esculturas a distancia de peana. La
sucesión de habitáculos cerradísimos hace que el recorrido tenga algo
de procesión de visitas de via crucis, y uno acaba con el cuello torcido
de tanto entrar saliendo –y salir entrando- por el mismo sitio siempre
y mirando cada vez de soslayo para ver la nueva joya que en plan sancta
santorum se coloca en el sagrario de cada capillita. Con semejante
montaje uno desde luego entiende a Rothko o Malevich (de nuevo) pero no
puede por menos que preguntarse qué maldito sentido tienen Ad Reinhardt,
Agnes Martin o Carl André. Así que la conclusión es clara: el único buen
minimalismo fue el suprematismo.
Esta
es una exposición para el gran público, así que entrar en matices al respecto
estaría sobrando. Unas cuantas frases muy genéricas escritas grandilocuentemente
en las paredes-pasillo lo explican todo, reforzando el insigne aparato
pedagógico. Que Lawrence Wiener o Robert Barry hayan alguna vez usado
ese modo de intervenir en las paredes para hacer “obra” (esta vez los
scritti no son obra, salvo que lo sean del montador o el comisario,
o quizás del departamento didáctico) no sólo no arredra –sino que al contrario,
al parecer inspira- para utilizar las paredes con este ilustrativo fin.
Si algunos minimalistas conceptuales lo hicieron, por qué no va a poder
hacerlo un diseñador de interiores “decepcionadamente instruido”, postideológico.
Les daré un por qué, ya que me lo preguntan: porque en el camino, la operación
minimalista que llevó a utilizar la escritura como dispositivo crítico
de producción autocuestionada de obra (obra desmaterializada) queda por
completo desactivada. Y se supone (o se debería suponer) que el objetivo
de un museo no es “desactivar” el sentido de aquello que muestra –pobre
didáctica es ella, si para enseñar qué es o fue el minimalismo previamente
se tiene que asegurar de que su objeto llegue cadáver y falsificado a
las vitrinas.
Pero
no nos engañemos: Es que ése es el objetivo real que ha perseguido esta
exposición –no tanto mostrar como desactivar, o acaso mostrar únicamente
lo previamente desactivado. Tras esa desactivación, el minimalismo queda
en mero estilema, en formalismo vacío de contenidos, en simple gusto,
en volátil y escuálido “aire de los tiempos” –todo lo sólido, dijera alguien,
se desvanece en el aire. Me gustaría, para no pecar de inconcreto en medio
de tanto vaporizar, señalar tres direcciones en las que este “desactivar”
se produce de modo inequívocamente perseguido –resulta improbable tanta
eficacia por puro error.
Primera: la histórica. La primera delimitación que aquí se hace saltar
por los aires es la de un tiempo concreto. Haciéndolo pertenecer a ese
período indelimitable que se designa por “los tiempos” -de los que se
supone es signo- se deslinda al movimiento minimalista de su inscripción
histórica en una época concreta –que es la que da razón de su proyecto
teórico y su práctica específica. Una vez culminada esa operación –y dando
por sentado que la condición minimalista es entonces predicable tanto
de Brancusi como de Andreas Gursky- del minimalismo ya no queda más que
la etiqueta y lo bien poco que ella ya significa (¿el rutilante epigrama
de “menos es más”?).
Segunda: la de la profundidad del campo. O si se quiere la de la especificidad
disciplinar. En ese proceso de desactivación del programa minimalista
la segunda delimitación que se hace saltar es la del “tipo” de objetos
del mundo a que se refiere. De nada sirve la apelación juddiana a que
se hablaba de objetos específicos –es decir, cualquier cosa menos “objetos
de este mundo”-: para los comisarios de la exposición la etiqueta minimalista
puede predicarse con el mismo derecho de una estructura axiomática de
Sol Lewit y de una encimera de cocina con placa-base electrolítica (creo,
de cocinas entiendo poco). Más
Duchamp que el mismo Duchamp, el Reina Sofía convierte así casi cualquier
cosa –sillas, vestiditos, mobiliarios, atrezzo ...- no se sabe si en objeto
específico o quizás en readymade invertido –justamente lo opuesto, pero
en el mundo. Pero en fin, esperar que se comprenda diferencia tan infraleve
–o sea, la que va de la noche al día en el sistema de los objetos- excede
con mucho lo que podría esperarse de la sutileza conceptual de la muestra.
Aquí se trata al contrario de meterlo todo, y a todos, en el mismo saco
–músicos serialistas con arquitectos bauhasianos, diseñadores japoneses
con pintureros de la más varia calaña (incluso Motherwell un mimalista,
¡cosas veredes!)- con tal de que emplee líneas rectas, paletas
monócromas, pocas notas o planos ortogonales.
Y tercera: la de su lenguaje propio, su singularísima operación en relación
a las economías de la representación. Aquí se trata de desactivar el significado
mismo del programa minimalista, su ecuación productiva, su dispositivo
semiológico (que, perdonen, es de lo que iba aquello). De la operación
que quería construir significantes sin referente, signos sin sentido alguno,
no queda ni el rastro. De la tentativa de convertir las condiciones de
la expectación y la exhibición (la propia arquitectura interior del museo)
en el único objeto de su designación vaciada, no queda ni sombra, ni luz
(y Flavin se transfigura en escultor constructivista, o tal vez en electricista–instalador
avant-la-lettre). Y de todas las operaciones deconstruccionistas
del significado y el espacio de la representación no queda ni la memoria.
De resultas, en efecto, ... que el minimalismo fue cualquier cosa menos
momento refinado de un programa de desmantelamiento crítico del signo,
de la representación: todo lo contrario, y como mucho, un escenario de
ésta, un teatrillo de rasgos estilísticos, una cierta desinencia enunciativa,
un énfasis fraseador, una manera más de parlotear difusa en medio de una
"cháchara", la de las neovanguardias, por la que obviamente
se siente muy poco aprecio.
(...)
* El presente texto es un fragmento del artículo
publicado con el mismo título en The
Art Opinion Makers. Reproducido aquí con autorización.
© 2001. The Art Opinion Makers - taom@taom.net
© 2001. Nicolas Bourbaki -nick@taom.net
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