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¿Cuál
es el punto en que una recurrente imprevisibilidad no se vuelve, en sí,
previsible? ¿Es posible vislumbrar con claridad ese límite sin trasvasarlo,
y palpándolo, transitarlo compulsivamente y construir sobre dicho límite
un propio estilo? Bueno, viéndolo a Chabrol, uno diría, al menos alguien
sí puede hacerlo. Repitiendo fórmulas, y manteniéndose como buen discípulo/émulo
de la escuela inaugurada por Hitchcock, Claude Chabrol transita ese filoso
límite que separa el cliché de la búsqueda, lo trillado de lo novedoso.
Y lo curioso es que en este caso el trillado se produce por autoreferencia,
y no por andar caminos gastados (gastadísimos) dentro del género. Viene
dado, por trillar su recurso más particular: un manejo singular de la dicotomía
obviedad/sorpresa. En un género como es el del suspenso, al que contadas
veces (parecen) adherir las películas de Chabrol, este maniqueísmo se debería
inclinar (dicen las incólumes reglas holywoodenses) hacia lo inesperado,
hacia las acciones menos previstas, hacia los movimientos más insospechados.
Bueno, Chabrol, subvierte dichas normas: hace obvio, explicito lo que debía
ser intrigante. Pero en este proceder genera, soberbialmente, una nueva
intriga, que recala en la imprevisibilidad, en lo sorpresivo e inquietante
que se esconde detrás de lo cotidiano. Naturaliza lo perverso, lo mórbido,
en pos de encontrar en lo `normal´, lo familiar, recintos de sospechas y
elucubraciones.
Así el suspenso no se genera a partir de acciones, sino justamente de esa acción que nunca se lleva a cabo, de esa tensión superficial que crea entre los mundos de la realidad y la apariencia, entre un afuera (previsible, palpable, simple, anodino) y un adentro (complejo, intangible, imprevisible, intenso) No se espera, ansioso, tenso, el golpe final del asesino, sino que se espera que pase algo más, y que no se sabe qué puede ser (porque algo más debería pasar, decimos, pensamos, viejos butaqueros de thrillers yanquis), y es ahí donde se engendra y concentra el mayor coto de intriga. Todo previsible (para generar suspenso) fue mostrado, y ésto en “Gracias por el chocolate” toma un carácter ontológico. La película, su propia constitución se engendran desde lo no dicho, lo no visto, desde fuera de todos los clichés imaginados para una película del género. Y desde fuera digo, porque Chabrol los muestra a todos, en fila, formaditos, peinaditos, ahí están, la loca (asesina), la victima del pasado (con la respectiva secuencia de como y por quién fue asesinada), las víctimas futuras (envueltos en la misma secuencia que remite casi absurdamente a la anterior muerte, los mismos elementos, la misma forma), el nexo (el alter ego de Brian Ferry) que le da (algo) de coherencia a estas muertes. Todo es tan previsible, tan dicho, tan visto, que no se sabe qué esperar: entonces, Chabrol, construye la intriga. Se sabe (se ve) que Isabelle Hupert está loca, se sobreentiende, hasta diría que sobre actúa su insanidad, pero es en ese juego de obviedades, de significancias que por explicitas se vuelven obtusas, en el que se involucra (y nos involucra) Chabrol. Y así, el director, se ríe del género. Muestra lo que ningún trhiller debe mostrar, al menos no de esa manera, al paso, pasivamente, sin congestión, sin adrenalina. Lo muestra, sin más, y sobreviene lo intrigante. Agarra al genero y lo dá vuelta, lo desfunda, lo desnuda. Cuenta todo, desde un comienzo, y la intriga entonces no pasa a ser la historia, sino un algo inasible, una tensión nunca resuelta, una indeterminación y una pasividad, ahora sí, escalofriantes. El suspenso se genera así desde lo inesperado de no encontrar inesperados: lo esperable irremediablemente sucede.
En esta tensión (o en ésta perturbadora falta de ella) nos introduce Chabrol. Pero ese andar, digo, por aquel límite, obviedad/sorpresa, evidencia/sospecha, puede volverse en sí, un recorrido, que de tan imprevisible, se vuelva redundante. Es decir, si uno siempre está esperando el juego (anti-género) del director, este recurso se vuelve previsible, perdiendo eficacia, y así lo esencial del género (como si esto le importara mucho...) Y ahí encontramos otro de los puntos relevantes en el cine de Chabrol. Al tipo, no le importa ceñirse a un género, ni le interesa tensionar al espectador. Como buen padre (de la nouvelle vague) solo le preocupa dar buenas lecciones a sus hijos (nouvelle vaguitos) . En este sentido, solo quiere relatar historias, sencillas, llanas, cotidianas, de seres humanos (imperfectos, relativos) en circunstancias no menos indeterminadas, nunca concretas, resueltas, formando un todo complejo, obtuso, indefinido, intangible. En suma, lo único que parecería desear mostrar, es la condición humana en todo su esplendor, es decir, en toda su futilidad. Esa insoportable (e indomable) levedad (cuanto mucho) del ser. Utiliza el suspenso (o la falta de él), quizá por ser la mejor forma de mostrar lo errante, lo inestanco, lo suspendido del ser. No más que por eso. |
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