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[...] En algún sentido, y haciendo gala, una vez más, de su imbatible sentido de los efectos de lo hipertextual y lo transversal, Badiola ha erigido en Barcelona una poderosa metaescultura a partir de la reordenación radical y de la reestructuración de algunas de sus piezas más significativas de los últimos diez años. Dadas las impresionantes dimensiones del conjunto, pues, Malas formas se nos aparece no sólo como un importante ejercicio de posible cuestionamiento de la figura del autor (...), sino también como la compleja edificación (...) de un gran espacio público en el interior de las salas del museo, un inmenso escenario transitable donde las inacabables metaficciones del site, las narrativas visuales, las interferencias imagínicas y sonoras, y las múltiples saturaciones de informaciones provenientes de decenas de campos y esferas de la producción cultural contemporánea no hacen otra cosa que pugnar por establecer la cartografía rizómica y babélica de un efecto que podríamos denominar interlingua, es decir, por constituirse como ámbitos de experiencia de mundo a partir de los engranajes tridimensionales de unas enormes, novedosas y efectistas —pero, sin duda alguna, muy efectivas— maquinarias de intensificación de sentido. |
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[ ... ] Si las superficies acabadas y el falso techo translúcido desatan el deseo y la imaginación en el espectador es precisamente por la ausencia visible del cuerpo de los propios artistas. Excluyen su cuerpo e incluyen el del espectador. En este nuevo museo que se ha incrustado como un meteorito en el techo de la Sala Montcada, algo va mal con el “arte”, con sus obras supuestamente en cajas herméticamente cerradas y un desorden inadecuado para un museo de arte contemporáneo. Una mancha lechosa contamina la institución. Quizás se trate simplemente de una especia de “Ley de Murphy” aplicada al arte o al museo. En cualquier caso, la réplica del techo prototípico por excelencia de los Kunstverein alemanes, legado de un modernismo tardío, funciona como una pantalla de proyección del deseo inalcanzable y la melancolía de una utopía estética irresuelta. En Elmgreen & Dragset la matriz generadora es tanto analítica como subversiva. |
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[...] Quizás por que siempre la obra de Badiola se presenta desde esa particular voluntad de suerte ante empresas que no tienen cómoda conclusión, justo en el quiebro de una modernidad permanentemente a la deriva y la inmanencia posmoderna de un pathos condensado e insoportable. Quizás, sólo quizás por que parece que Badiola siempre se guarda un secreto (con una sinceridad tan rotunda que su obra despierta inocentes analogías en más de alguno de nuestros artistas más jóvenes), que el espectador reconoce subrepticiamente en todas, todas sus narraciones y que establece un idéntico modelo de extrañamiento. Esa autoridad se muestra, se impone en nuestra conciencia a través de una historia densa, difícilmente amortiguable, inquientante, como un arpegio sordo. Porque Badiola siempre tiene otra historia. |
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Love
con y sin dinero., Laura Martín y Blas,
Oriol Font. Sala Montcada. Barcelona.
Love con y sin dinero es, sin embargo, una historia de medias tintas donde lo sucedido se mueve dentro de una normalidad que puede ser percibida como trivial. Este vivir lo cotidiano y la banalidad como experiencia común se muestra desde una óptica construida por la sucesión de espacios vacíos que abren al espectador el camino para una posible construcción de sentidos, que parte de lo personal para dirigirse a espacios de socialización. La percepción de esta cotidianidad común, fuera de su espacio natural, puede resultar completamente banal y redundante. Habría pues una necesidad de introducir el hecho diferencial dentro de la cotidianidad para que ésta sea percibida de forma diferente a como se da normalmente. Lo real cuestionado por medio de interactividades afectivas sería una llamada de atención a la atención; una puesta en cuestión mediante la muestra. La construcción a partir de la banalidad puede surgir de un encantamiento por lo real entendido como el que Marguerite Duras desarrolla en su vida y obra. Es decir, el despliegue de unos acontecimientos que se difuminan en sus límites y barreras para crear una experiencia global en la cual la ficción llega a ser realidad para la autora, no como imposición, sino como consecuencia de una asimilación del hecho de la escritura como extensión de la vida. De hecho, en este film la frontera entre lo real y la ficción es muy difusa. Hay una construcción de ficción a partir de lo real, pero esa ficción ¿no es ya ella misma realidad?. |
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Mulholland Drive y, por extensión, Hollywood, son lugares de los sueños incumplidos, donde las aspiraciones se ven malogradas e inducen al crimen y a la autodestrucción. Bajo la estela de desencanto subyace, no obstante, la sensación de que algo sobrenatural se escapa a nuestro entendimiento, una fuerza superior responsable de desencadenar todo mal. La enigmática caja azul cuyo contenido desconocemos o la aparición repetida pero inconexa del mendigo dejan un margen para el desconcierto. Aunque, como ha expresado Le Cain: "En Lynch no se trata de entender de un modo convencional, sino de ser capaz de ver a través del ciego trauma emocional de la revelación que ha transformado el mundo en fragmentos de apariencia de suelo que reflejan oblicuamente la realidad de la situación". |
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Sobre
Hedwig and the angry inch, Sebastian Russo.
Engendrada bajo la aureola de la santa trinidad David Bowie-Lou Reed-Iggy Pop, Mitchell da vida a una especie de Marlene Dietrich pos moderna. Y de su historia, de su vida, de su búsqueda, da cuenta la película. Nacida varoncito en Berlín oriental el mismo día que se instaura el muro, la vida de Hedwig se presenta como una farsa metafórica de separaciones y desgarramientos, que consiguen cuajar solo desde la decadencia y la extrema sensibilidad. Adolescente, se enamora de un morrudo sargento nortamericano, que la incita a extirpar quirúrgicamente sus genitales para poder casarse, y abandonar Alemania. Pero la operación no salió del todo bien, y Hedwig queda con una pulgada de "carne enfadada" (el angry inch del titulo), tal cuál vocifera en uno de sus salvajes punkies de franqueza explicita. En su anhelado territorio norteamericano, recorre los tugurios más insospechados con una banda polimorfa de glam rock, convirtiéndose en el show habitual de una cadena de marisquerías (sí, restaurantes de mariscos). Sin dinero, e "internacionalmente ignorada", como se presenta en sus grotescos espectáculos, Hedwig no esconde un rencor corrosivo hacia un ex amante al cual enseño todo sobre el rock, y ahora triunfa con sus canciones, negando abusivamente el plagio. |
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