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En la primera esquina con el que se suele iniciar el recorrido en la galería Juana de Aizpuru, protegido en una urna de cristal, nos saluda Mulato. Ejemplar único, un pene erecto fiel al tópico de las dimensiones asociadas a según qué peculiaridades étnicas al que se le ha acoplado un dispositivo que hace vibrar el suelo en las inmediaciones. Cual especie en peligro de extinción, el «ejemplar», aislado del exterior, anuncia el tono lúdico de la actual exposición.
Siguiendo con la enumeración de partes pudendas (las vergonzantes según la R.A.E., que en otra de sus acepciones del término excluye a todas aquellas que no sean viriles) encontramos culos prietos, o mejor dicho, cuidadas fotografías de anos al aire, a las que difícilmente se podría calificar de obscenas. No son representaciones provocativas ni mucho menos depravadas, sino que casi diríamos que se las trata con ternura incluso cuando las carnes de las nalgas son oprimidas con propósitos estéticos. Otra fotografía destacada es Un macho más, un torso que sostiene con ambas manos en primer término a un perro canijo que muestra sus diminutos atributos. En incómoda posición de crucificado (patas delanteras en cruz, traseras entrecruzadas) sin duda contingente, ignoramos si el dueño del pobre chucho enseña orgulloso o por el contrario suplica la aprobación del respetable. El título no da muchas pistas. Lo mismo podría hacer referencia a un comentario despectivo (uno más) aunque más probable parece que la demostración formase parte de un ritual de reconocimiento social (es uno más... pero de los nuestros). El pecho al descubierto del macho humano, cuya anatomía apreciamos tan sólo de la barbilla hacia abajo, hasta la parte menos comprometida de las caderas, pertenece a la de un joven sano que oculta lo que pretende que se le vea a su compañero. En contraposición, los brillantes ojos del perrillo, que no parecen entender qué se celebra e inspiran lástima. Forman también parte de la muestra, entre otras muchas obras que no son necesariamente tan explícitas como las anteriores, Un peninsular más, un niño de rasgos castellanos cuyo rostro, sin ser desagradable ni presentar alteración de ánimo particular, contiene algo de inquietante. El mapa de España con Castilla-León al fondo remite, en un primer vistazo superficial, a los escolares del Florido pensil, aunque en realidad nada tenga que ver con ellos. Otros retratos aparentemente más naturales o, en el otro extremo, en el que el uso de accesorios desempeña un papel determinante, conforman un recorrido variopinto que junto a la exposición de objetos, ocupan el espacio expositivo haciendo gala de una irreverencia en ningún caso extralimitada. Con el pene como motivo central, Juan Hidalgo no se olvida de que este elemento estuvo presente en sus comienzos, aunque quizá lo asombroso sea que no nos dé la impresión de que lo veamos de nuevo como uno más. |
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