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"A fronteira localiza o límite"
F. J Pereira
Narremos
el borde, escrutemos sus estructuras; porque quizás nunca como ahora sea
necesario escindir entre muchos y variados modelos de connivencia, el
lugar donde debemos repensar el espacio de nuestro imaginario, dentro
de una modalidad epocal extraordinariamente inestable. Pensar en cierta
necesidad de paradigma –siempre efímero, en fuga permanente- que pueda
superar esta intolerancia procaz a lo obsoleto, esta transformación constante
de pulsos y valores. Quizás allí es donde el arte, la aventura del arte;
pueda acceder a un posible universo de sentido. Y es que dentro de este
proceso lo que emerge sin duda alguna, es la instancia de una nueva racionalidad:
aquella que estatuyen nuestras imágenes. ¿Pues acaso al revisar nuestro
imaginario no pensamos –inoxerablemente de nuevo- en esa manida letanía
de la ubicación de un sujeto de conocimiento y en sus aledaños?
No obviemos entonces que esta circunstancia, más ontológica que metafísica,
más epistemológica que especulativa; se emprende y se debe decidir, no
ya sobre una nueva misión semática, sino sobre una clausura sistémica
sobre el espacio de nuestro imaginario. Y allí es, desde las imágenes,
donde podemos sospechar de una modernidad todavía inconclusa aún en sus
gloriosos estertores, pues surgen y siguen surgiendo voces recelosas que
profetizan incansablemente los estigmas, los venenos, las anomalías de
una categoría (lo real) dinamitada por la poderosa alteridad del universo
de lo virtual. Las
imágenes sin embargo, parecen ya no pertenecernos, es más, disfrutan de
una autonomía autopoiética que se viene ajustando a sus propias condiciones
dentro de un becoming infinito (L. Castro). Y fuera de cualquier
exceso funcionalista, lo que se pone en juego no es la incapacidad de
un sujeto atenazado por los secretos de su imaginación, sino la
escenificación crítica de una visualidad temporalizada (iluminista, moderna)
que obliga a repensar las relaciones de un espacio/tiempo y lo que desde
hace dos siglos hemos querido entender por imaginación, razón, sujeto
o política. De ahí que esta invitación desde el borde se intente detener,
se desee precisamente desde la develación del diagnóstico de una exterioridad
sobredimensionada como efecto de las maquinarias volitivas del capitalismo
de la información, desde un espacio/tiempo imaginario con densidad de
flujo. Con la imprescindible referencia de E. W. Soja se impone entonces
no sólo “la necesidad de un replanteamiento teórico de la materialidad
concreta de las prácticas espaciales capitalistas”, también un ajuste
de las distorsiones de un historicismo anclado en un esclerótico discurso
desespacializador. Nuevas narraciones desde los bordes, los límites. Otros
panópticos.
Este debate que rebasa con creces la autonomía de este texto nos obliga
a levantar cierta estructura fractal y diferida de lenguajes. Una señáletica,
una suerte de mapa: localizadores de inferencias. El trabajo de Fernado
José Pereira (Porto, 1961) se ofrece en este sentido como un hábil network
que se dilata en una compleja multidireccionalidad mandelbrotiana sobre
la naturelza y su construcción cultural. En Fronteiras da Impraticabilidade
(1. Distopias paisagísticas)-(galería Joao Graça, Lisboa) aborda meticulosamente
todo este proceso que hemos venido describiendo, pero la importancia de
este trabajo no radica en la impostura de una tesis más o menos afortunada,
sino en la desestabilización de un marco ontológico que se ha visto desbordado
por la capacidad estetizadora de los media y la inagotable alteridad de
un espacio social gestionado por estructuras post-organizadas (J.
Urry). Precisamente dentro estas cuestiones geopolíticas, F. J. Pereira
explora y recapacita la categoría de frontera fuera de obsesiones
deterministas. Límite y escisión, proposición trágica de inestabilidad
e inhabitabilidad (Serres), la frontera reifica cualquier programa tropológico
para subvertir cualquier tipo de estandarización. Pero si de verdad el
mercado no se detiene ante la potencialidad mercantil de la frontera,
este espacio intersticial; fiduiciario de identidades, territorios o lugares
no escapa a la figura del secreto como representación. Ninguna
afirmación hegeliana logra sostener ya, no la fisicidad de lo natural
sino una exterioridad material que se presenta como promesa de estabilidad
precisamente desde su condición de impracticabilidad, pues allí mismo
se desvela la no-mismeidad del signo por el signo, se establecen nuevos
territorios del aparecer sólo operativos desde la convicción de su naturaleza
catastrófica, desde una potencialidad insurgente fuera del marco temporalizador
del acontecimiento. La ruptura epistemológica con estos modelos idealistas
renueva la confianza depositada en un imaginario que promueve una interioridad
exteriorizada reconstruyendo lo real a través de la omnipotencia del deseo,
estimulando una alteridad ensimismada pero increíblemente fértil. El deseo
tomado entonces como ubi espacializador habita en nuestra relación
con lo natural desde un punto de vista ontológico, pero ya no reducido
a un lichtung alucinado, sino como interface entre lo real
y lo virtual. Donde la frontera exhibe su porosidad, el deseo reproduce
la representación en puro éxtasis, como metáfora de libre circulación,
exilio o promesa de esperanza, como shift que dispara discreccionalmente
una cierta transparencia sobre su función referencial: la de su imposibilidad
(posible) de traducción. La literalidad de su representación es también
opción de fuerza de ley si se detecta: allí donde se diluye establece
una nueva traducción, allí donde se cierra impone su blindaje autorreferencial.
La indefinición del borde no es más que la alegoría de nuestra imaginación,
sumiéndonos en un mantenimiento terminal de un déficit de la diferencia,
en una constante deriva a-dialéctica con la representación. Sólo la porosidad
–no la huella-, el secreto de su materialidad; esconde su redefinición
en el espacio/tiempo de nuestro imaginario contemporáneo, aquella que
certifica la incapacidad de cambio pero que también da cuerpo “a inexistência
de um “outro” que não possa ser reduzido a qualquer uma das figuras do
mesmo” (F. J. Pereira).
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