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La
acción recíproca entre sentimiento (precariedad y aspiración) y
memoria (utopía y tal vez su disipación) provee, (más bien genera,
concebida entonces, no como proceso orgánico en la actividad generativa
de saberes, sino, en su caso, como un accesorio de/ y para ocultamiento
rápido y efectivo de producciones de valor: sustitución por
interpretación, contenido por enunciado, compromiso por
solapamiento, consignas por ofertas, dólares por pesos,
etc.) la principal fuente de la sustanciación práctica de muchas de
las nuevas formas de producciones visuales en el contexto plástico de
la Cuba de hoy. Verdad es que una cosa responde a los estímulos de la
otra generando estados de apariencia poética, sustituciones ligeras de
datos memorables que han de repercutir, como novedad, en el ámbito o área
dispersa de lo aprobatorio, bien como reafirmación de una perdida definitiva
o bien como legitimación de lo ausente: del dato borroso o borrado,
o la reposición teatralizada de lo que, por oposición, aparenta no pertenecernos.
Al hablar de VOLUMEN I
-de la exposición, pues ese fue el titulo de aquella
irreverente y desacralizadora, tal vez más simbólica que real, conjunción
de objetos y actitudes en el Centro de Arte Internacional de la Habana,
en diciembre de 1980-, por ejemplo, intelectivamente recordamos
recuerdo a José Bedia, Flavio Garciandia, Rogelio López Marín (Gory) Juan Francisco Elso Padilla, Ruben Torres-Llorca, Jose Manuel Fors, Leandro Soto, Gustavo Perez Monzon, Ricardo Rodriguez Brey, Isarel Leon, y a Tomas Sánchez; y así, a cada uno de
los artistas que constituyeron aquella avanzadilla que proyecto y redimensionó
el arte plástico cubano, por tanto éstos, a su vez, despiertan en nosotros,
en mí, una emoción como igual sucede con las imágenes y las metáforas
que aun siendo registros “reales” o igual “parciales” nos remiten a su
imaginario primario, directa o indirectamente. De Bedia, me sobrevienen
imágenes, entonces posteriores, como su exposición Persistencia del
uso, 1983, o su instalación “El golpe del tiempo”, exhibida
en la Primera Bienal de la Habana, 1984; de Humberto Castro, “La caída
de Ícaro”; de Elso Padilla, su excelente pieza-ensayo sobre la figura
de José Martí y su ideal latinoamericanista; de Flavio, su exposición
“Vereda Tropical”, en la Galería Habana, 1982, que más que reafirmar
la continuidad meritoria de la que tanto se ha hablado de
VOLUMEN I, más bien pone en entredicho el estirado
y ciertamente engreído engolamiento de las modernas prácticas del arte
plástico cubano; o sin ir más lejos, la exposición “Espectador”, 1983,
de Arturo Cuenca en el Museo Nacional de Bellas Artes. De un efecto boomerang,
del problema que la utilización quizá reutilización de la imagen,
de la cita iconográfica que sustituye -aunque aquí reduzco
su valoración al tratamiento consecutivo de su carácter sólo figurativo-,
y que sin querer o queriendo, suscita, es de lo que se trata y de esos
ciertos peligros ya insinuados en “Vereda tropical” por Flavio Garciandía.
En “DE ESTE LADO DEL PUENTE”, exposición tramada en
tres niveles de hacer, en el que todos esos niveles suspenden la versatilidad
de un mismo individuo y, a la vez, cada posibilidad disloca los resortes
unitarios de la definición de proyecto, se me antoja pensar -refiriéndome
a la serie sobre lienzo que da titulo a la muestra y a la instalación
titulada “0.53.7”- en una especie de usurpación
pasional que recrea el mito y a la figura mítica referente, aún corriendo
el peligro de que, como sucede, según Marc Augé, (y aquí parafraseo) las
figuras metafóricas no jueguen otro papel sino el de simples sustituciones
de unas imágenes antecesoras que como primarias, más que primeras, reaparecen
intermitentemente reduciendo los gestos re-figurados a entidades
ilustrativas, las traducciones de los términos intuidos a conceptos imprecisos,
y por tanto, la sustitución de imágenes prestadas, tal vez pre-estadas,
a sus propias referencias: “donde dice digo he dicho, he querido
decir, Diego”. Ocurre, cuasi como un orden legítimo, que
la figura primaria referencial siempre subyace, aun siendo obvio
el carácter, sentido práctico, e incluso sincero, del gesto que da cuerpo
a la figura que anda o ha de andar entre resortes de índole valorativos.
En esto de la práctica artística, la relación tema y discurso, o dirección
proyectual y sentidos enunciativos, casi siempre constituye un problema;
la subordinación de una cosa a la otra, de un minúsculo hallazgo, digamos
que formal, a una disposición de tipo temática, o del espléndido tema
a una estructura a priori definida como una poética legítima, deviene,
pues conocimiento y saber establecen un divorcio inmediato, no en una
disolución unitaria, no en ese “a tiro de ballesta” que proclama
Lezama, en LA CANTIDAD
HECHIZADA, sino en una superposición dislocativa (forzada)
de niveles cuasi desconocidos entre sí, y por tanto, en una cosa
como opositora de la otra. Podría, en este sentido, refiriéndome a los
dos primeros niveles (la serie sobre lienzo y la instalación mencionada),
hablarse de entidades cuyas construcciones se sustentan, sobre todo, en
la simbolización de otras entidades extraídas de unos contextos rápidamente
recordable, por ello, de una posesión identificadora -tal
vez, utilizadas como un recurso para la reafirmación del cuerpo temático,
cosa esta dada en las prácticas abiertamente contenidistas-,
que más que reforzar sus funciones enunciativas, las diluyen como extracciones,
puesto que lo que se supone (o propone) como descubrimiento o poética
práctica, produce un choque entre lo que es, sin más, una vieja
experiencia y lo que podría legítimamente ser un nuevo precepto:
porque esas extracciones me obligan al repaso pronto de un pasado iconográfico
tan consolidado como ciertamente histórico.
En
DE ESTE LADO DEL PUENTE, piezas como
“Meditación sobre el resguardo y la gozadera” y “Meditación
beisbolera”, definen, según mi parecer, el tercer nivel, el estrato
primario, duro y, tal vez, más simple de todas esas miradas que pretenden
dar cuerpo a la exposición. “De un complejo estructural -con
el que en algunos casos hasta de modo desenfadado-
se arma la obra”, nos habla Esterio Segura en uno de los textos contenidos
en el catálogo que acompaña la muestra, y sin querer minimiza el elemento
(tal vez, el gesto) más poderoso en el juego de sus relaciones: el desenfado
irónico de sus hibridaciones y los redescubrimientos temporales y temáticamente
privativos. Digo minimiza, en tanto que, a medida que se empeña más en
conceptuar las captaciones gestuales y su estructuración, abandona de
súbito la presteza ligera de la evocación rápida -simple
por poética, e irónica por cortante-, en pro de una racionalidad
periodísticamente práctica, que dicho a la ligera, es cosa de gavetas
y de archivaciones temporales. “Meditación sobre el resguardo y la
gozadera” y “Meditación beisbolera”, son obras que se complementan
a través de un simple acto de reelaboración simbólica: por un lado, la
figura de Buda (religión o filosofía, tal vez de ahí el dilema interpretativo
del referente fetichizado y de su ausencia lógica) es protección y protegida,
y por ello tal vez descansa inaprensible en una almohada cultural, tan
occidental como ávida de definiciones, como lo es la caribeña y cubana
(quizá en ella queda ilustrada la parábola de aquel hombre que habría
de negarse a ser curado, no sin antes saber el nombre de quién lo había
herido, no sin antes saber a que familia pertenecía, y de que madera estaba
hecho el arco que disparó la flecha que lo había herido, y que al final
moriría); y por otro, la imagen, también de Buda -quizá
asumida como especulación mística, como sobrevaloración de la posible
eternidad de los poderes y de sus ordenanzas, del alejamiento teórico
de la vida inmediata y de la praxis del hombre corriente: que goza, sufre,
asume o maldice, un estar caricaturizado y, aunque doloroso, carnavalesco
de ausencias-, que sustituye, se desdobla o deviene, en una
especie de elegguá1, que abre y cierra los
caminos, o bien, permite o prohíbe el gran ajiaco nacional: el alboroto
y la ética, el alambique y la Heineken, y el militante, el bocú y las
prostitutas más sanas, según alguien dijo, de todo el universo (tanto
el Buda como el elefante, cumplen la misma función en el entorno hogareño
cubano, hacen de Elegguá sustitutorio).
Es DE ESTE LADO
DEL PUENTE, sin duda alguna, un juego expositivo, dentro de un
engranaje de niveles, cuya proximidad y anclajes definitivos ha quedado,
claro está -en tanto, hoy por hoy, esa aproximación es también
una utopía, un recurso de huída y una sustitución (aunque poética) primeramente
práctica-, sólo como un ligero guiño y (quizá como un piropo
dicho a una multitud de obinilewa(s)2, como diría un Iyawó,3) una rápida insinuación.
Agosto 16, en Valencia. 2001
1 ELEGGUÁ: Orisha
primero en el panteón de la santeria cubana y la Regla de Ifá. Tiene
dado, a través de Olofi, el privilegio de ser el primer Santo a quien
se saluda y canta en una ceremonia. Aunque travieso, es el dueño de
todos los caminos, y los abre y cierra a su antojo.
2 OBINIWA: Mujer
bella, según la regla lucumí, de la santería cubana.
2 OBINIWA: Mujer bella, según la regla lucumí, de la santería
cubana.
3 IYAWÓ: Iniciado.
En los rituales de la Santeria, persona que viste de blanco durante
un año, como proceso de purificación tras su iniciación como santero.
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