La estupidez humana (escaparates para pasar el rato).

Roberto García Baena

Viaje a Venecia. Pabellón Español en la Bienal de Venecia.
Ofelias y Ulises. Giudecca. Venecia.

Julio - Septiembre de 2001

Pregunta. ¿Cómo organizó ese trayecto artístico a Venecia?
Respuesta. Ha sido mi contribución anual a la estupidez humana. Estas cosas no son más que un escaparate para pasar el rato. Los grandes eventos culturales no tienen nada que ver con los del pasado. Son citas sociales.
P. O grandes tiendas.
R. Hoy se vende casi todo. Pero esos lugares no son territorio del arte. Todo da igual. Lo importante es que seas un buen publicista para saber vender cuadros como si fueran bonos.

Estrella de Diego, entrevistada por Jesus Mantilla. EL PAIS, 17 Agosto 2001.

Resulta desconcertante el tono frívolo con que la comisaria del Pabellón se refiere a la exposición que ha organizado para representar a nuestro país en la Bienal de Venecia. Bien es cierto que este año la edición ha dejado en su conjunto mucho que desear y que una tormenta de críticas ha cuestionado la visión general aportada por Harald Szeemann. Sin embargo, la Bienal de Venecia es cita obligada para casi todos los especialistas internacionales en arte actual -además de una gran cantidad de espectadores de a pie, que también merecen un respeto- y parecería lógico que el Ministerio de Exteriores, tan empeñado en protagonizar en exclusiva la política cultural española en el extranjero, se tomara estas citas más en serio (aunque sólo fuera porque se financian con dinero del erario público). Si valoramos los resultados de esa política por el grado habitual de presencia de artistas españoles en las grandes citas internacionales, dejando a un lado las frivolidades de sus comisarios, tendríamos en todo caso que seguir puntuándola muy bajo. Toda vez que esa presencia es normalmente muy escasa, si exceptuamos la de un par de artistas que tuvieron a tiempo la lucidez de hacer, o al menos terminar, su carrera fuera (el último ejemplo apabullante es el de Santiago Sierra). Estando esa política cultural en manos del mismo responsable de haber hundido durante años de esfuerzo enconado el prestigio internacional del Reina Sofía como Centro de Arte Contemporáneo, lo cierto es que lo que faltan son motivos para sorprenderse.

Pero centrémonos en la propuesta llevada, abandonando las valoraciones de la política cultural que las impulsa para mejor ocasión. Dos son las exposiciones, y hay un par de rasgos que ambas tienen en común y es de reconocerles. El primero: que intentan plantearse como exposiciones de tesis, temáticas, no limitándose a hacer una lista de preferidos. El segundo: que han elegido trabajar con artistas jóvenes, rompiendo una querencia que tendía a hacer pensar que España tomaba aquella cita no ya como escaparate, sino como mausoleo.

Por lo que a la primera exposición se refiere la tesis es que Venecia es el viaje –el viaje, Venecia, Constantinopla, Estambul, el mundo, ya saben. Una tesis muy de historiador leído que de Marco Polo a Pound, de Proust a Brodsky, sabe que Venecia es la ciudad en la que siempre se recorre el viaje anterior, de otro –y en la que el habitante del mundo se descubre enaltecido en su inherente condición trashumante, viajera. El intento de trasponer esa idea, tan sugerente en sí misma para una novela, al concepto aggiornado de “traducción cultural” –la pirueta es peculiar, reconozcámoslo- fracasa estrepitosamente: el único viaje reescrito allí es el que la comisaria intenta que los artistas materialicen (el suyo: el de sus lecturas). Pero ellos, que se ve que han leido menos Paul Morand o Henry James, no caen en la trampa y se enrrollan únicamente con su viaje propio (un viaje en el que el famoso concepto de “traducción cultural” acaba muy pronto aparcado). El viaje de Ana Laura Aláez es, un poco más, hacia sí misma, como inextricable ombligo del mundo. Aquella enternecedora fase en que Aláez retrataba la frágil condición de la subjetividad, diseminada en los artilugios que la producían como mera superficie, viene cada vez más dejando paso a un ensimismamiento ensoberbecido en que ese constituirse superficial se afirma con la fatuidad de la presunción –“chicas, ha nacido una estrella”. Del borde de la neurosis productiva al ensimismamiento narcisista no hay más que un paso, y la reciente sucesión de instalaciones cuyo motivo constante es el recreamiento onanista y autocomplacido en la visión de sí misma, en permanente bucle, parece haberlo cruzado. En cuanto al viaje de Javier Pérez a esta Venecia-Mundo resulta ser una pura y frágil alegoría: su mapa se transfigura en cúpula inversa de cristal –que allí en Murano lo soplan mucho- que metaforiza el peligro sustancial de un mundo amenazado. Aunque ambas instalaciones tienen muy poco en común, y del viaje a Venecia y lo de la traducción cultural se ven pocos rastros, hay sin embargo algo que indudablemente comparten. Digamos, la teatralidad mantenida del montaje, solemne pero como que muy chic. Para que se hagan una idea: algo a medio camino entre un escenario Bob Wilson y una sucesión de ambientes del Café del Mar.

Por lo que se refiere a la segunda entrega, Ofelias y Ulises, parece guiada por un propósito en principio también interesante: el de aportar elementos para el desmantelamiento de algunos estereotipos de género –probablemente aquellos que tradicionalmente se relacionaban con el orden y los usos amorosos más característicos de la fauna ibérica. Así, estas Ofelias constituirían eventualmente una alternativa crítica a la “mujer-mujer” de Aznar, y en cierta forma los Ulises dejarían muy atrás los hábitos presupuestos tanto al últimamente revalorizado latin-lover como al más tradicional macho carpetobetónico. El caso es que las nuevas Ofelias, sin embargo, se parecen demasiado a las de siempre, y aunque su biología problematice a veces sus cualidades para ello en algún aspecto, lo cierto es que en el nuevo esquematismo amoroso que se propone ellas siguen siendo las pasivas, siempre dispuestas a morirse de amor. Tendidas y añorantes, sus héroes –estos nuevos Ulises- entretanto viajan. Es verdad que su viaje no siempre está movido por el afán guerrero de conquista de nuevos territorios o experiencia, y aquí es donde empieza un poco la confusión: la figura de este nuevo Ulises ilustra lo mismo memorias particulares de estancias estivales en las playas con la family que el problema de la inmigración, con toda la gravedad social que conlleva el tema en nuestro país. Es ahí donde el desenfado general con que la exposición plantea tesis eludiendo plantearlas resulta ya más hiriente. No parece que cuestiones así deban mezclarse en un batiburrillo tan equívoco, en el que no hay forma de saber si se plantean temas políticos, de género, de alcance social o de memoria particular de un grupo de amiguetes.

Si uno contrasta esta actuación con, por ejemplo, la desplegada por Finlandia, entiende bien que entre las razones del escaso reconocimiento que nuestros artistas reciben por parte de la escena internacional se cuenta la muy mala política de promoción cultural que, de modo sistemático, realiza nuestro país en el exterior. Sería bueno ofrecer una visión mejor construida de lo mucho y muy interesante que se está realizando entre nosotros y en qué sentido ello participa de los debates que hoy por hoy estructuran la agenda internacional. Ahora, si la forma en que ello se pretende lograr es apadrinando esta estética vacía y ya un poquito gagá de clubes, travestismos y moderneces impostadas varias, el intento de parecer que se está a la moda no alcanzará para engañar a casi nadie.

Como mucho se habrán montado “escaparates para pasar el rato”, y en ellos únicamente se habrá rendido un tributo más a la aludida estupidez humana. Pero tal vez eso, en efecto, es lo que se pretendía ...

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