Huyendo de la objetividad.

Rubén Pardiñas

Doméstico´01*

15 de diciembre de 2001-15 de marzo de 2002 

 

“Cualquier persona al entrar a un museo sabe que va a ver arte. No es que pierda el sentido crítico, pero da la impresión de que cierta parte del cerebro se activa y otra se desactiva, por lo que los objetos son captados con otros ojos”

Frank Larcade [1]

Quizás tenga razón Marcelo Expósito cuando nos invita a derribar los muros del museo [2]. Mis motivaciones para incitar a tal demolición no son, sin embargo, las que él expone a menudo. A mi no me importa demasiado si los museos están al servicio de la identidad burguesa y del capitalismo, aunque sí que sean sitios cada vez más aburridos y desprovistos de atractivo (hablo del contenido, no de los edificios, claro). Por eso me parece oportuno recordar que, de vez en cuando, algunos artistas y comisarios se toman en serio el tema y encuentran alternativas al tedio establecido. Un ejemplo que viene al caso es el del colectivo Arts & Idea, que después de haber trabajado en un local fijo desde 1995 se vio obligado a abandonarlo recientemente debido a la prevista demolición del edificio en que se alojaba. Como irónica despedida, la primera muestra en su nueva etapa la realizaron sobre las ruinas del antiguo local, justo después del derrumbe. Hace unos años, también en México D. F., un grupo de artistas optó por realizar sus intervenciones en casas de particulares. El proyecto se llamó, significativamente, Doméstica y trataba de reflexionar sobre uno de los principales símbolos de la intimidad desde dentro.

Desde el 15 de diciembre un proyecto de espíritu (y nombre) similar al citado anteriormente devuelve el aliento al panorama expositivo madrileño. Se trata de Doméstico 2001, la segunda edición de una propuesta que, cada año y durante tres meses, se apodera de un espacio cotidiano para ofrecer arte contemporáneo. El poder de sugestión que este tipo de “invasiones” posee se aprecia de forma extraordinaria cuando las comparamos con formas exhibición más tradicionales: el público ha podido hacer la prueba hace unos días, experimentado el contacto con lo artístico en dos foros tan opuestos como Doméstico y ARCO. Así, en la multitudinaria feria, entre más de dos mil obras, un visitante avezado podría haber descubierto (con un poco de paciencia) los sugerentes libros de Alicia Martín. Y pensar a continuación que allí, la verdad, no llamaban la atención mucho. No decían demasiado. Pero cualquiera que los haya visto dominando el espacio en una de las aulas de la vieja academia que este año acoge a los “domésticos”, entenderá de inmediato la importancia del entorno en la apreciación de la obra de arte y como determina en gran medida los significados que le podemos atribuir. 

El lugar elegido este año para Doméstico es, como digo, una antigua academia de pilotos abandonada, situada en el primer piso de un típico edificio del barrio de Tirso de Molina. Se trata de un marco evocador y extraordinariamente adecuado. ¿Qué mejor elección para hacer una propuesta común sobre el conocimiento y el aprendizaje a través del arte? La conservación de la estructura en aulas como originalmente fue concebida dice mucho del espíritu pragmático que transmite el proyecto. La muestra tiene, de hecho, una clara vocación didáctica, lo cual se agradece bastante: los artistas elegidos representan bien los distintos discursos y formas del arte contemporáneo, y cualquiera que visite Doméstico se llevará una idea bastante aproximada de en qué consiste el tan citado pluralismo postmoderno. Como nota añadida hay que decir que, en un esfuerzo más de cuestionamiento del sistema del arte, los organizadores han acogido tanto a artistas ya asentados en el circuito de galerías como a otros casi desconocidos.

En Doméstico está presente la preocupación por los límites del soporte artístico en la obra de Maider López, el sentido del humor en la ironía sobre la inteligencia humana de Jorge Barbi y en la tienda de campaña de Tere Recarens, o la vertiente política de Jesús Palomino, cuya instalación integra la marginalidad social dentro de nuestra cotidianidad (incluso estética). El pluralismo actual se aprecia bien en dos acercamientos al paso del tiempo tan distintos  como los de Miguel Lorente y Juan Galdeano, y la instalación de Campanilla ejemplifica como pocas el gusto del artista contemporáneo por lo kitsh y lo macabro. Y, por supuesto, se da cabida a la inevitable pieza en la que el público está invitado a intervenir para que sea continuada, en este caso a través de una reflexión sobre la emigración de Rogelio López Cuenca. Es decir, el mismo tipo de cosas que vemos habitualmente en el  museo o en la galería, pero en un contexto inusual que funciona como avivador de la percepción.

Casi todas las propuestas curatoriales que huyen del museo, la galería, etc. consiguen imprimir valores añadidos a las obras expuestas. Paradójicamente, las piezas pensadas para espacios ajenos al arte obtienen normalmente una cada vez menos inesperada recompensa: el público las acoge con mayor curiosidad que en el espacio aséptico del museo, en el que cualquier obra obtiene de inmediato el salvoconducto hacia el hermetismo contemporáneo y el discurso entorno al arte mismo. En mi opinión, lo más interesante de estas prácticas alternativas es que ponen de manifiesto que, al igual que la tiranía de las grandes productoras americanas no impidió a Hitchcock o a Jonh Ford crear obras maestras del cine, las obras de arte supeditadas a las condiciones de espacios no diseñados para su exhibición puede que rebajen al Arte en cuanto disciplina autónoma (como si esto importase algo hoy en día), pero se enriquecen como instrumento de comunicación. En la memoria de todos están propuestas como la de Christian Boltanski en la iglesia de San Domingos de Bonaval de Santiago, o las vallas publicitarias de González Torres (que recientemente hemos podido ver en Castellón), obras que habrían perdido gran parte de su sentido (o todo) dentro de la asepsia del museo. El centro de producción bilbaíno Consonni ha desarrollado mucho más esta idea, con iniciativas como el programa de televisión El Gran Trueque, obra del artista Matthieu Laurette.

Doméstico es una más a sumar a la lista de prácticas que nos ayudan a cuestionar los marcos de juicio que apriorizamos como objetivos, y que plantean la posibilidad de construir el mundo a partir de la interrelación de subjetividades. Debemos ser conscientes de que el juicio subjetivo está presente también en cualquier muestra de carácter institucional en el centro de arte más importante del mundo. Pero opciones como Doméstico, que se posicionan sin complejos incluso desde el propio contexto expositivo, le llevan bastante ventaja al museo y a la galería, que todavía demasiadas veces pretenden operar como si fueran foros conceptualmente neutros que están más allá del bien y del mal. El hecho de que el interior de todos los museos de arte contemporáneo esté pintado de blanco es sólo un pequeño signo del ingenuo intento por conseguir un estatuto de objetividad que es, en realidad, imposible de alcanzar.



* Doméstico´01. es una exposición colectiva presentada en la C/ Ventura de la Vega, 9, 1º Madrid. Incluía obras de Jorge Barbi, Campanilla, Juan Galdeano, Maider López, Rogelio López Cuenca, Miguel Lorente, Alicia Martín, Jesús Palomino y Tere Recarens.

1 Vianca Visser: “EL ARTE CONTEMPORÁNEO EN SOCIEDAD. Una entrevista con Franck Larcade”, en www.artszin.net/consonni.html

[2]   Marcelo Expósito: “Abajo los muros del museo. El arte como práctica social intramuros”, en Mientras tanto nº 72, Fundación Giulia Adinolfi-Manuel Sacristán, Barcelona, 1998

 

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